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 • HISTORICO

La lujuria del color en el pincel de Paul Gauguin

Abandonó las sombras de un París que lo atormentaba desde el punto de vista artístico y social y se transformó en un amante de las tierras remotas




Abril de 1903. Paul Gauguin, el hombre que había sido perseguido por los trópicos, por la lujuria colorida que representaban esas tierras para un acomodado hombre de negocios de fines de siglo XIX en París, agonizaba en una cama de las islas Marquesas.
Juntaba fuerzas para escribirle una carta a su amigo Charles Morice. "La obra de un hombre es una explicación de sí mismo", le decía, y como para afirmar aún más esa definición, agregaba: "Decididamente, el salvaje es mejor que nosotros. Te equivocaste aquella vez que dijiste que yo no soy un salvaje. Sí que lo soy..."
Semanas después moría en ese paraíso real, el paraíso que había imaginado, el paraíso al que había sido arrastrado desde chico, el paraíso que no le habían creído.
Habían pasado 12 años. Gauguin había adquirido la rebeldía contumaz de su abuela Flora Tristán, socialista, romántica y escritora.
Atormentado, y en abierta ruptura con una "civilización organizada para el crimen", que desdeñaba los valores del espíritu y se rendía degradada y servil ante todas las formas de éxito fácil, cómodo e intrascendente, se alejaba de París, rumbo a la luz violenta de los trópicos, al desparpajo de los colores, a enfrentarse a una naturaleza lujuriosa para la cual ya mostraba un perfil salvaje de pelos largos y rasgos leoninos, desaliñado, munido de un rifle inútil para la paz que lo esperaba en esas tierras conquistadas por los franceses poco antes.

Espontánea

Más allá de los avatares que sufrió, Gauguin encontró en la Polinesia, en las distintas islas que recorrió y habitó, el lugar ideal para ir afirmando su pasión por la pintura. "Aquí -decía en una de sus tantas cartas-, la poesía se crea de manera espontánea y lo que se necesita es liberar los sueños mientras se pinta".
El artista se interna en la maraña de la selva, de la pureza de los colores que aún hoy sorprenden, pero también entra en el sentimiento de aquellos hombres que no estaban del todo acostumbrados a ver gente blanca, de rasgos europeos.
Y entonces evocará los secretos olvidados de la raza indígena y en sus obras maestras quedará plasmado el mito remoto de Tahití.
En Noa Noa (Tierra fragante), el libro en que dejó plasmada su primera estada en las islas y que está ilustrado con dibujos suyos, Gauguin se entrega al goce de las impresiones que le ofrecen la belleza natural y su tranquilidad. Pero en el libro también lanza sus dardos inflamados contra la sociedad de la cual provenía.
Tal vez había logrado exaltar la belleza y recuperar su tranquilidad porque en su desenfrenado interés por hallar lo realmente salvaje había encontrado a una familia que le había ofrecido como vahiné (mujer) a Tehura, una niña de 14 años que lo introdujo en las creencias olvidadas de los nativos y en sus costumbres ancestrales. "No sé bien cómo hace ella para relacionar a Jesús con Taaroa en su creencia -dice Gauguin-. Creo que le rinde culto a ambos".

La revelación y el temor

El mundo sentimental de los individuos de su entorno no era aquella mezcla de instinto y superstición que él le había atribuido. Vivían en Mataiea, a menos de 50 kilómetros de Papeete. En una oportunidad, el artista se ausentó por un día y volvió, ya de noche, a su casa. Prendió un fósforo para llegar a su cama, entonces la vio: "...estaba inmóvil, desnuda, acostada sobre el vientre. Los ojos desmesuradamente abiertos por el miedo. Tehura me miraba y parecía no reconocerme".
Allí el hombre supo de la profunda discrepancia que existía entre ambas culturas. El objeto corriente en manos del europeo había desatado en ella temores elementales. La niña nativa estaba mirando, en su incomprensión, el supuesto espíritu del hombre con el cual vivía.
A través de su relato él lo explicaba: "Los terrores de Tehura me contagiaban, me parecía que una luminosidad fosforescente emanaba de sus ojos de mirada fija. ¿Quién sabe qué era yo para ella en ese momento? Quizá me tomaba con mi rostro inquieto por alguno de los demonios o de los espectros, de los tupapaús , cuyas leyendas llenan las noches sin sueño de la gente de su raza".
Su interés antropológico queda reflejado en varias de sus obras, como ser La malhumorada , pero en los cuadro de su época inicial en la Polinesia trata de describir fielmente el medio ambiente que lo rodea.
"Por lo que a mí respecta, en cada país necesito un período de desarrollo; siempre tengo que estudiar primero a fondo la esencia de las plantas, de los árboles, de la variopinta naturaleza, que es ciertamente tan caprichosa y tan rica en formas y que no se quiere dejar conocer ni entregarse", dice.
Desea explicar cada una de sus pinceladas desenfrenadas, transmitir en Europa la necesidad de buscar otros horizontes, tal como él lo hizo.
"Al aire libre, y sin embargo en la intimidad, junto con los umbrosos árboles y el murmullo de voces femeninas en un gigantesco palacio que ha sido decorado por la misma naturaleza". Todos sus modelos se acomodan en sus obras al recatado colorido de su entorno.

La naturaleza asexuada

En su relato, el artista destaca respecto de un nativo: "Con la suave gracia animal de su figura andrógina, iba caminando delante de mí. Me parecía ver encarnado en él, palpitante y vivo, todo el esplendor de la flora que había a mi derredor. ¿Era acaso un ser humano el que iba ahí, delante de mí? ¿Era el infantil compañero, en quien lo sencillo y complicado de su naturaleza se atraían a un mismo tiempo? ¿No era más bien la selva misma, la selva viva, asexual y seductora?"

El primer adiós

Gauguin no dejó espacio sin investigar, sin revolver, enriqueciéndose.
Con el primer adiós, después de muchas desventuras, hizo un balance: "Adiós tierra hospitalaria, tierra encantadora, patria de la libertad y de la belleza. Si, los salvajes, esos ignorantes, han enseñado mucho a las viejas sociedades civilizadas, mucho en cuanto a conocimientos y en cuanto al arte de ser dichosos. Dos años más viejo y, no obstante, rejuvenecido en veinte años, me marcho de aquí; más salvaje que cuando vine y, sin embargo, más sabio..."
Bruno Kremer

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