
Es difícil creer que un lugar tan bonito entre Salvador de Bahía e Ilheus haya sobrevivido casi intacto con playas desiertas, con un mar intensamente verde de un lado y una hilera de palmeras del otro. Es la península de Maraú.
En busca de las playas más lindas de Brasil encontré Taipu de Fora, donde se encuentran las piscinas naturales, principal atracción de la península. Simple y maravillosamente, cuando la marea baja, todos los días, sobresale una barrera de corales y adentro quedan atrapados peces de todos los colores que fácilmente pueden apreciarse haciendo snorkel.
El vehículo oficial para ir de lado a lado son las jardineras, especie de minicolectivos sin ventanas. También hay taxis-motos. O sencillamente, uno puede llegar en auto, ya que la ruta está excelente a pesar de ser de tierra los últimos 50 km.
Imperdible, alquilar un cuatriciclo y conocer la península recorriendo los caminos que se presentan entre la vegetación y las vistas paradisíacas del mar. Eso sí, está prohibido ir por la playa, ya que intentan preservar este lugar increíble. Durante el paseo se puede conocer la inmensa laguna de Cassange, otro paisaje para tarjeta postal.
Una salida clásica y adorable para grandes, chicos y hasta mascotas, si les gusta nadar, es ir en barco por las islas. Los catamaranes salen temprano y pasan todo el día navegando por las aguas tranquilas de la bahía de Camamú, parando para que los visitantes naden en diferentes puntos. Infaltable, comer langosta fresca a la manteca en las isla de Sapinho.
Los barcos retornan al final de la tarde al puerto de Barra Grande. Ahí uno puede parar para ver una puesta de sol deslumbrante que enciende los ojos casi hasta emocionarse.
Lo mejor es llegar por el aeropuerto internacional de Ilheus, ya que es el más próximo. En el camino de vuelta hacia allí recomiendo pasar por la Ceplac, entidad que ayuda a quienes quieren cultivar cacao y dentro de sus instalaciones se encuentra una reserva de bichos perezosos con quienes uno puede tener contacto y conocer más sobre ellos. La visita es gratuita. En ese lugar, una bióloga los ayuda a recuperarse y a reinsertarlos en el medio ambiente. En esa misma ruta, otra gran atracción es hacer un vuelo de parapente sobre el mar.
En fin, nada de estrés, mucho contacto con la naturaleza y baños de mar con temperaturas más que agradables. Para quien quiere tranquilidad, buena comida, fotos envidiables y, por qué no, volverse a enamorar.
Al atardecer, cientos de puestos de artesanos locales se disponen sobre la calle principal con sus productos, cual abanico de colores, ofreciendo un espectáculo único a nuestros sentidos. A las 22, la ciudad se apaga para dar lugar al descanso. La jornada, como vimos, comienza al alba.
Una ciudad que no deja de sorprender y enamorar al turista.
Mariana Benedetti
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