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 • HISTORICO

La playa que dejó de ser secreta: Praia do Rosa

A 80 km de Florianópolis, esta pequeña bahía que durante años se mantuvo resguardada del turismo logró crecer con conciencia ecológica, sofisticación y el ambiente distendido de siempre




Están las dos caras de la anécdota. Por un lado, la de Neco Agrifoglio, el primero en abrir una posada en Praia do Rosa, cuando en aquellas playas vírgenes sólo se levantaban molinos de mandioca y ranchos de pescadores. Bastaba con que clavara un cartel indicando cómo llegar al lugar, dice, para que ese mismo cartel desapareciera como por arte de magia. “Estaba totalmente descolocado. Furioso también; no sabía quién ni por qué me los sacaban”, recuerda el dueño de Fazenda Verde, cuyas 17 cabañas le pisan los talones al mar.
"Neco siempre supo que éramos nosotros. ¿Quién otro si no?", se defiende Babela, del otro lado del ring.
Por nosotros, la dueña de Morada dos Bouganvilles alude a aquel grupo de hippies, surfistas y soñadores de Porto Alegre que, a mediados de los 70, descubrieron su propia tierra prometida aquí, a unos 80 km de Florianópolis.
"Hicimos un pacto de silencio. Esta playa sería nuestro secreto." Así, durante un par de años no se dijo ni una palabra de esta bahía oculta, de sus olas perfectas, de sus morros de vegetación espesa, de sus lagunas escondidas. "Por eso le arrancábamos los carteles a Neco, lógico."
Pero ¿cuánto podía durar el misterio? Porque la historia se repite en Brasil y en casi todo el mundo: jóvenes aventureros, los mismos que arman fogones en la playa, que cantan bossa nova bajo las estrellas, que viven sin luz ni agua, terminan abriendo posadas, restaurantes, caminos y, en definitiva, convirtiéndose en punta de lanza de la industria turística del lugar.
Los surfistas son, desde siempre, el público más fiel de Rosa

Los surfistas son, desde siempre, el público más fiel de Rosa

Claro que muchos de ellos estaban lejos de ser surfistas maconheros e improvisados. La mayoría tenía estudios y profesión, empezando por ellas: Suzana (propietaria de la posada Solar Mirador) es dentista; Regina (dueña de Regina Guest House y del restaurante Bistró), profesora universitaria e ingeniera, o la misma Babela es abogada, por nombrar algunas de las autodenominadas "mujeres poderosas" de Rosa.
Fueron también muchos los argentinos que hicieron de éste su lugar en el mundo. Como Enrique Litman, que llegó de casualidad en 1968, en un carro tirado por bueyes, pero recién se instaló a fines de los 80 con su mujer y cinco hijos (en rigor, los últimos dos nacieron aquí).
Y todos, absolutamente todos, compartían una misma visión: que Praia do Rosa creciera, sí, pero sin estridencias, sin contaminar, sin perder su esencia de pueblo sencillo y tropical. Nada de edificar a lo loco como Camboriú, por ejemplo, donde la vista al mar quedó tapada por torres de cemento.
El resultado está a la vista: hay unas cien posadas desparramadas en lo alto de un morro, sobre una laguna, a la vuelta de cada curva, en los caminos que suben y bajan y vuelven a subir. Desde las más simples hasta las más chic (aunque sean 5 estrellas, el estilo es siempre el de "rústico sofisticado"; jamás se verá lujo ostentoso), estas posadas apenas se distinguen entre la arboleda frondosa y el hecho, fundamental, de que ninguna construcción puede superar los 7 metros y medio de altura (a partir del nivel de la calle).
Aquí, las reglas son claras y estrictas, y la conciencia medioambiental, cada vez más fuerte. Por ejemplo, la basura se recicla, la zonificación está bien delimitada, no hay edificios pegados al mar (no hay edificios, punto) y las construcciones no pueden ocupar más del 20% de un terreno, de modo de conservar la vegetación autóctona (aunque parezca increíble, hoy día hay más árboles que hace 30 años, cuando las plantaciones de mandioca habían arrasado con la mata atlántica).
Mucho de esto se logró gracias al esfuerzo de un grupo de propietarios de posadas, Pousadas do Rosa Asociadas (Proa), que paga de su bolsillo lo que la municipalidad no hace o hace con una lentitud demoledora.

Turismo multicolor

Si bien para esta época de Reveillon (Año Nuevo) las estrechas calles de tierra se saturan de autos –casi todos de patente brasileña– y el centro, de apenas cuatro cuadras, parece salir de control, el resto del año todo vuelve a la normalidad.
La campaña para mantener la playa limpia se lanzó en 2011

La campaña para mantener la playa limpia se lanzó en 2011

Lógicamente, enero y febrero son los meses de temporada alta (hay que recordar que en estas latitudes del Sur, no hace calor durante todo el año). Lo que más se ve son argentinos, uruguayos y brasileños, muchos de éstos de ciudades sin mar como Porto Alegre, Minas Gerais o Curitiba. También, cariocas y paulistas que huyen de las multitudes de verano.
"Buzios, por ejemplo, ya no es lo que era", decreta Richar Alva, argentino, 58 años, y el primer productor de cerveza artesanal (Terra Nova) de Praia do Rosa, donde vive hace 12 años. "Buzios está muy mudado [cambiado]. En los 80, por ejemplo, uno podía tomar un baño de sol pelado [desnudo], ahora no. En cambio aquí, la tranquilidad es absoluta."
La tranquilidad, justamente, atrae a un número importante de familias, además del clásico público joven y surfero. Una de las últimas medidas tendientes a garantizar "la paz" fue decretar el cierre, a las 2.30 de la mañana, de bares y boliches.
"Está bueno, la noche arranca antes y la gente incluso puede comer algo en el bar", dice Luciano Menu Marque, otro de los argentinos que llegó a Praia do Rosa con una tabla de surf bajo el brazo, se enamoró del lugar, colgó los estudios en la UBA y abrió Beleza Pura Cosmic Bar, uno de los pocos locales nocturnos con música en vivo, un cosmos dibujado en el techo, frases célebres en las paredes y objetos varios de decoración, desde un buda hasta una remera de fútbol autografiada.
El resto del año, el turismo que llega a estas costas es más bien internacional, europeo en su mayoría, aunque también tan diverso y multicolor que han venido visitantes de China, la India, Estonia y hasta Chechenia.
Desde las vistas panorámicas, que aparecen cada vez que se voltea la cabeza, hasta las posadas con hidromasajes climatizados o la excelente gastronomía, no faltan las razones para venir fuera de temporada, sobre todo desde que The New York Times le dedicó una extensa página a Praia do Rosa, hace un año.
De todos modos, el avistaje de ballenas es el imán principal del turismo entre junio y noviembre, cuando los gigantes marinos llegan a esta bahía (considerada una de las diez más lindas del mundo) para aparearse, reproducirse y amamantar a sus crías (ver aparte).
"Turismo hay durante todo el año, cosa que antes era más difícil", comenta Neco. "Ahora tengo todo vendido hasta el 15 de febrero, 80% a argentinos", agrega.
No hace falta aclarar que ya no necesita colocar más carteles de orientación. Porque, mal que les pese a algunos, hace tiempo que Praia do Rosa dejó de ser el secreto mejor guardado del sur de Brasil.

El regreso de la ballena franca

Hubo un tiempo en que en Praia do Rosa no se podía dormir de noche, cuentan los viejos pescadores, de tanto ruido que hacían las ballenas. Pero a partir de 1973, cuando en las costas del municipio de Imbituba (donde está Praia do Rosa) se cazó el último ejemplar, el silencio fue total.
La depredación había sido brutal. Desde canoas a remo, se cazaba la ballena con arpones y se la remataba incluso con dinamita, crías primero y madres después. No era difícil: la ballena franca debe su nombre a que es francamente ideal para cazar (right whale, en inglés, porque es la ballena "correcta" para atrapar). Dócil, lenta, se acerca a las costas, su cuerpo muerto flota en el agua y es sumamente rendidora: de un solo ejemplar se extraían 7000 litros de aceite, utilizado tanto para iluminar como para la construcción (mezclado con arena, formaba un cemento resistente). También sus barbas o placas de queratina, en lugar de dientes, se usaban para corsets, resortes de reloj y...ballenitas de los cuellos de camisa.
No fue hasta 1988 cuando estos nobles mamíferos empezaron a volver, lentamente. "Un día de agosto de ese año, mi mujer miraba el mar por la ventana y de pronto me dice: «¡Un maremoto!»", recuerda entre risas Enrique Litman, presidente del Instituto Baleia Franca, una ONG dedicada a proteger la especie en estas costas y velar por la recuperación de su población.
Vistas insuperables desde el morro

Vistas insuperables desde el morro

No era ningún maremoto, por supuesto, sino una ballena que daba saltos y expulsaba chorros de agua. En la actualidad, se calcula que llegan entre unos 200 y 300 ejemplares por año a estas costas, para procrear y amamantar a sus crías en aguas cálidas.
"Cada año hay más ballenas, que se ven ahí nomás de la costa. En un día llegué a contar 24 juntas, incluso una albina", cuenta Gabriela Godinho, una bióloga de 26 años que acompaña a turistas en los paseos embarcados de avistamiento.
De hecho, siempre hay un biólogo en el paseo para explicar la importancia de la preservación de la especie, responder dudas y contar algunas curiosidades. Por ejemplo, que las callosidades de la cabeza son en realidad montones de crustáceos cuya dimensión y forma varían de una ballena a otra, algo así como una huella digital. Que la ballena franca tiene una cría cada tres años, o que sólo come krill, alimento que se encuentra únicamente en las gélidas aguas de la Antártida. Por eso, durante su larga estada en Brasil no come nada, a pesar de la intensa actividad que desarrolla en estas aguas, para deleite de turistas y locales por igual.

Érase una vez...

Aunque podría pensarse que el color de sus atardeceres inspiró su nombre, lo cierto es que esta bahía de 3 km se llama así en honor a un pescador local, Dorvino Manoel da Rosa, que solía hospedar a los primeros surfistas que llegaron al lugar. Aunque no se sabe a ciencia cierta qué fue de la vida de don Dorvino, otros pescadores llegaron a cambiar sus terrenos en el morro por un auto e incluso una vaca.

Datos útiles

Cómo llegar
  • En avión por Aerolíneas Argentinas, Gol o Tam a Florianópolis, a partir de US$ 500. De allí son 80 km hasta Praia do Rosa (se puede tomar un ómnibus a Garopaba, y desde allí un taxi hasta Praia do Rosa). En auto: por la BR 101, la autopista del Mercosur, hasta el km 273. En la rotonda de Garopaba, seguir las indicaciones hasta P. do Rosa (10 km).
Dónde dormir
  • Fazenda Verde. Cabañas frente al mar; 5600 reales la semana en enero, o 380 por día en temporada baja; www.fazendaverde.com.br
  • Hospedaria das Brisas. A 400 m del mar, 360 reales por día en enero, una suite para dos personas, y 429 para cuatro; www.hospedariadasbrisas.com.br
  • Morada dos Bouganvilles.www. pousadaboungaville.com.br
  • Villa Buena Vista. www.villabuenavista.com.br
  • Regina Guest House. Funciona en una antigua molienda de mandioca; www.reginagh.com.br
  • Pousada Vida Sol e Mar. www.vidasolemar.com.br
  • Pousada Remora. www.pousadaremora.com.br
  • Dónde comer Los sabores de prácticamente todos los rincones del mundo están aquí, en este pequeño enclave. Sapore di Pasta; Tigre asiático, fusión de comida tailandesa, indonesia y japonesa; Fuxicos, platos brasileños con un toque español, Refugio do Pescador, los mejores pescados y mariscos, Bistró, cocina francesa (y chef uruguayo) en ambiente íntimo; Urucum, recetas de culturas indígenas, negra y portuguesa.
  • Qué hacer Clases de surf, cabalgatas, paseos en barco, windsurf y kitesurf en la laguna de Ibiraqueira. También se puede caminar hasta playas vecinas: Ouvidor, Vermelha, Praia do Luz...
  • Turismo sustentable ACIM Núcleo de Turismo Sustentável da Praia do Rosa . Creado en 2009, agrupa a diferentes empresas del sector turístico con el objetivo de hacer de Praia do Rosa un destino sustentable, y que los habitantes locales participen en la industria turística. www.praiadorosa.imb.br

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