
Créditos: Ohlalá
La ruta es serpenteante y poco transitada, con algunas tranqueras a la vera del camino y diversidad de ganado. El que ama la vida campestre está en su salsa en esta zona, cercana al viejo puerto de Montevideo.
Mi amigo Sergio Toloza practica un ritual conmigo: cada vez que voy con mi familia de vacaciones a Uruguay, él ya ha descubierto algún lugar especial donde llevarnos. Conoce mis gustos y mi paladar. Y llevarme a lugares poco frecuentes, así como complacerme con un asado y un buen tinto se convirtió en parte esencial de su agenda anual
Después de cargar los termos y aprovisionarnos para la consabida mateada, salimos temprano para el lugar de este año, de nombre más enigmático que nunca: Laguna de los Cuervos. Hacía rato que Toloza venía hablando de este sitio, preparando el terreno.
Hicimos un tramo breve hasta salir de Lagomar ya que la casa de mi amigo está a una cuadra de esta playa, atravesando la ruta costanera, no muy lejos de la barra de Carrasco. Nos internamos en Pando y, luego de un trayecto, pasamos por Solís de Mataojo. Hasta que llegamos a Minas y de allí a Laguna de los Cuervos.
La ruta a este increíble lugar tenía una sorpresa adicional. A los quince minutos de avanzar en nuestra Ducato apareció, de golpe, una masa rocosa de enormes dimensiones en medio de la llanura, como si fuera un inmenso flan petrificado. Aunque estábamos a 300 metros, parecía que uno podía tocarla sacando la mano por la ventanilla. Estupefacto, por un momento imaginé al pueblo del antiguo Israel al pie del monte Sinaí aguardando las leyes de Jehová en las manos de su profeta Moisés.
Rocas, río, animales
Esta obra divina se llama Cerro Arequita. Ni bien la dejamos atrás, a unos diez minutos apareció una segunda masa rocosa, tal vez un poco más alargada. La vegetación abundante la hacía completamente diferente de la primera, aunque el color de la piedra fuera el mismo. De hecho, tenía vegetación rala hasta en la cima; arbustos, pequeños arbolitos y verdes pastos.
Me llamó la atención descubrir cuando subimos estiércol de ciervos, cabras y probablemente burros salvajes. Al caminar en lo más elevado de este cerro se veía que ciertos trechos descendían gradualmente entre las rocas y la fronda, del lado opuesto, hacia el río que atraviesa el camping local. Es perfectamente razonable pensar que estos animales ascienden por allí hasta la cima.
Mi sorpresa mayúscula fueron las enormes sombras que pasaron sobre mi cabeza en aquellas alturas. Cuando vi los cuervos planeando asombrosamente, oteando todo, la gran llanura parcelada en una inmensidad de colores a causa de las plantaciones, el verdor del valle hacia adelante, hacia el camino de regreso, los animales, el bosque de ombúes, espinillos y coronillas, y los turistas entrando y saliendo de entre las ramas, entonces supe por qué le habían dado ese nombre al lugar: da la sensación de que los cuervos vigilaran el cerro como si fueran sus propietarios.
En mi balsa...
Para cruzar el río, el dueño del camping fabricó una balsa con tambores y una plataforma de madera con un sistema de cuerdas y roldanas. Muy pintoresco y artesanal, siendo él mismo o un ayudante quienes se encargan de transportar a los visitantes por sólo un peso argentinos por persona.
Durante la subida al cerro, uno se encuentra en un ambiente casi selvático, a no ser por la picada que conduce a la cima y por las flechitas indicatorias pintadas en algunas piedras y troncos. A propósito de troncos, en este trayecto uno se topa a unos metros del caminito con un ombú antiquísimo que brotó y creció encima de una roca enorme. Las raíces del árbol han cubierto casi por completo la piedra, como un pulpo.
El camping tiene un recorrido de entre 200 y 300 metros, bordeando un recodo del río que en verano permite nadar, ya que es tranquilo como el uruguayo más somnoliento.
Algunos árboles tienen cartelitos anunciando que datan de más de dos siglos y medio.
Lo único que puede atemorizar a algún visitante desprevenido es la sorpresiva presencia de lagartos de buen tamaño, pero completamente inofensivos, al punto de haber anidado en los huecos de los añejos ombúes.
Por Huadi
De la Redacción de LA NACION
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