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 • HISTORICO

Laos levanta las persianas para Occidente

De a poco este país del sudeste asiático se está abriendo al turismo, pero todavía hay tiempo de conocerlo en su forma más pura




LUANG PRABANG, Laos.- Cuando Pai, un hombre de 88 años que vive en un caserío sin nombre a orillas del Mekong, vio su rostro reflejado en la filmadora último modelo de Chris, un turista norteamericano, se reía y lloraba al mismo tiempo. Miraba su imagen en movimiento y la miraba a Mai, su mujer: en la cámara y a su lado, a su lado y en la cámara. También lo miraba a Chris, como a un hacedor de milagros.
Amanecer en Laos es despertarse en el país de la inocencia y conocer Asia como tal vez fue hace un siglo. Poco cambiaron las procesiones matutinas de los jóvenes monjes rapados, envueltos en telas azafranadas.
Igual que cuando los exploradores franceses anduvieron por estas tierras, hoy también reciben el nuevo día caminando descalzos por los alrededores del vat (templo), aceptan un tributo de arroz de las mujeres que salen a su encuentro y vuelven a sus oraciones y a la vida ascética. Las clases de inglés son un agregado de esta época, un signo de que este país ya empezó a levantar las persianas a Occidente.
El proceso es lento: desde que el comunismo tomó el poder en 1975, Laos permaneció aislado del mundo. Sólo hace doce años abrió sus puertas al turismo y hasta 1998 lo habían visitado 20.000 extranjeros.
Sin embargo, el gobierno facilitó la obtención de la visa, y las campañas para conocer el país más enigmático de la antigua Indochina ya se publicitan en las principales agencias de viajes de Tailandia y en Internet.

La guerra no perdona

Poco cambió el paisaje tropical y montañoso matizado con el dorado sublime de los templos; poco cambió la candidez de sus habitantes, que reciben al forastero con un sabaidee (hola) que surge directo de sus corazones. Poco cambió la naturaleza de este lugar, a pesar de ser el país más bombardeado de la Tierra y uno de los más pobres. Recorriéndolo da la impresión de que la guerra no perdona, pero ellos sí.
Entre 1964 y 1973, Laos fue parte de una contienda casi desconocida para el mundo occidental. Tanto Estados Unidos, como el ejército nordvietnamita apoyado por China actuaron en contravención del Tratado de Ginebra (1962), que reconocía a Laos como territorio neutral. Durante esos años Estados Unidos, gastó 2 millones de dólares por día en bombardear Laos: cada ocho minutos, 24 horas por día. Esta guerra fue tan secreta que el nombre del país desapareció de todas las comunicaciones de los agentes de la CIA; para referirse a Laos se hablaba de El Otro Teatro.
Por su parte, el ejército de Vietnam del Norte también lo invadió: divisiones enteras desplegaban su ingeniería de guerra y tropas de combate en el norte de Laos.
Junto con Vietnam y Camboya, el antiguo reino de Lang Xang o la Tierra del Millón de Elefantes fue un protectorado francés hasta 1954 y el Estado más olvidado de Indochina. Hoy se llama República Democrática Popular Lao y, cada día más, su realidad capitalista recorta la ideología socialista.
La atmósfera romántica, húmeda y sin tiempo que se respira en las calles de Luang Prabang logra que el recuerdo de los días vividos allí esté teñido de una mística deliciosa y arcana que uno pediría para toda la vida.
Fundada en el siglo XIV, la ciudad sirvió como capital hasta 1975, cuando el rey y su familia fueron confinados en una cueva por el nuevo régimen.
La mañana comienza con un café lao, espeso y aromático, en alguno de los muchos guest houses que se abrieron en los últimos años. Aunque uno no sea religioso, es probable que se descubra más de una vez en un vat: descalzo ante una gran imagen de Buda o sentado en un rincón, escuchando los armónicos mantras que se entonan todos los días, a las 4 de la mañana y a las 6 de la tarde.
En Luang Prabang hay cerca de un centenar de templos antiguos, que muestran influencias francesas y asiáticas, y desde hace dos años la ciudad es Patrimonio de la Humanidad.

Las enseñanzas de Buda

En los alrededores de los vat siempre hay un monje a la vista, deseoso de practicar su inglés con los turistas.
Souk Suliyaphone vivía en una aldea remota del Norte, sus hermanos ya se habían casado y cultivaban arroz, igual que sus padres y sus abuelos. Pero él sentía que quería hacer otra cosa. Un día llegó un tío de Luang Prabang y le propuso que se fuera un tiempo a un templo, a meditar. "En esa época yo tenía 15 años y pensé y pensé y pensé... -dijo Souk agarrándose la cabeza entre las manos- hasta que me decidí y vine".
Hace cinco años que está en Vat Mai y ya no es novicio, sino monje y disfruta contándoles a los extranjeros su devoción por Buda y sus enseñanzas: "La comprensión de la no permanencia de las cosas nos revela que ningún objeto físico puede durar. Entender que el cambio es constante nos provoca dukka o sufrimiento. Para eliminarlo, Buda, el Iluminado, nos dice que debemos buscar la corrección en el entendimiento, el pensamiento, el discurso, la conducta corporal, el sustento, el esfuerzo, la atención y la concentración", resumió Souk, con 20 años y la mirada en paz.
De la hora pico y los congestionamientos de tránsito, Laos todavía no se enteró. Hasta en Vientiane, la capital, los autos se cuentan con los dedos de las manos. El resto son motos y tuk tuk, taxi-moto de tres ruedas. Lo máximo que puede pasar es un nudo de bicicletas en una esquina, cerca del mediodía, cuando los chicos salen del colegio. O que las calles se pinten de naranja cuando los monjes van a estudiar inglés. En todo el país, que tiene un tamaño parecido al de Gran Bretaña, hay sólo nueve semáforos y, a decir verdad, parecería que no se necesitan más. Sin embargo, hay planes de instalarlos. Desde julio último, Laos se sumó a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático y hay grandes proyectos en danza. Aunque el boom del turismo todavía no aterrizó, ya está en camino. Por eso el que quiera llegar antes que las cadenas de comida rápida puede ir haciendo las valijas.

Datos útiles

Cómo llegar: el pasaje no es económico, pero una vez allí vivir es muy barato. Como no hay vuelos directos, es preciso tocar algún destino europeo, Sudáfrica o Malasia. Desde ahí se vuela a Bangkok. El precio de ese pasaje es de 1300 dólares, en temporada baja. La conexión a Vientiane, la capital, cuesta 100 la ida. Luang Prabang está a 390 kilómetros de Vientiane, algo así como 12 horas en ómnibus.
Visa: la mejor opción es sacarla en Bangkok, en una agencia de viajes de Khao San Road. Se necesita el pasaporte y 2 fotos. La visa por 15 días cuesta 20 dólares y tarda dos días. El mismo trámite express tiene un recargo de siete dólares. No es aconsejable llegar a la frontera sin visa porque obtenerla cuesta el doble. Sólo en Vientiane es posible tramitar una extensión.
Por Carolina Reymúndez
Para La Nación

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