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 • HISTORICO

Las murallas del tiempo tienen el sello maltés

La pequeña isla del Mediterráneo es un tesoro de historia




LA VALLETTA (El País, de Madrid).- Si hubiese que buscar el lugar con mayor condensación de vestigios históricos por kilómetro cuadrado, el archipiélago maltés se llevaría la palma. Fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, aragoneses, caballeros de la Orden de San Juan, franceses e ingleses, no resistieron a sus encantos. Fueron los dueños, por más o menos tiempo, de estas tres diminutas islas, apenas 93 kilómetros al sur de Sicilia.
Todos ellos dejaron unas huellas que los malteses, sin resentimientos históricos, han sabido mezclar, agitar y servir a sus nuevos visitantes, los turistas.
El resultado es tan peculiar que puede provocar un agradable colapso sensitivo: ciudades de esencia mediterránea y arquitectura árabe, con reminiscencias británicas, como cabinas de teléfono rojas, farolitos de comisaría azules y destartalados ómnibus Bedford.
Pero lo más llamativo del paisaje maltés es su característico cromatismo. Y es que la naturaleza ha teñido casi todas las construcciones de un suave y cálido color vainilla. El mismo que, en conjunción con el sol y el azul del mar, tornasolea las murallas para producir los destellos que han atraído a tantos viajeros.
En Malta todo parece estar en escala. La isla más grande, que presta su nombre al archipiélago, apenas tiene 25 kilómetros de Norte a Sur y 17 de Este a Oeste.
El doble que Gozo, la mediana. Y Comino, la más pequeña, cuenta sólo con ocho habitantes. Mdina, situada en el centro de la isla de Malta, invita a perderse, vagando desde sus estrechas y ensombrecidas callejuelas hasta amplias y soleadas plazas.
Cualquier itinerario desemboca casi por fuerza en Bastion Square, un mirador natural. Desde allí llama la atención la enorme cúpula dorada de Santa María de Mosta, sólo menor que las de San Pedro del Vaticano y Santa Sofía de Estambul. No muy lejos de Mdina, a pocos metros de una villa romana, la vegetación cubre la estación de tren a la que, durante la fugaz existencia del ferrocarril en la isla, llegaban los pasajeros desde La Valletta, la ciudad que desde 1571 es la capital maltesa. Desde entonces, la urbe no ha visto alterada su estructura original.
De apenas un kilómetro de largo y 600 metros de ancho, ocho calles la recorren en línea recta. La arteria principal es la animada Triq ir-Repubblika, donde se sitúa el emblemático café Cordina. Diez callejuelas perpendiculares se unen como afluentes, todas ellas adornadas por galerías acristaladas. Las cuestas imposibles y miles de endiablados escalones delatan el pasado orográfico de La Valetta, construida sobre la cima del monte Sceberras.
De ello se quejó en su día lord Byron, que aseguró que la capital maltesa es "una ciudad construida por y para caballeros". Otro romántico ilustre, sir Walter Scott, se refirió a ella como una urbe "espléndida, casi un sueño". No sólo por su arquitectura, sino también por la espectacularidad del entorno. El mejor sitio para comprobarlo son los Upper Barrakka Gardens, desde donde se ve el Mediterráneo.
Desde estos balcones se aprecia cómo La Valetta divide la isla. Hacia el Oriente, la tranquilidad y las tres ciudades -Vittoriosa, Senglea y Cospicua-, elegidas por muchos artistas en los años setenta como lugar de retiro. Al Sur, en el puerto del pueblecito pesquero de Marsaxlokk, se congregan decenas de luzzus: chalanas de tradición fenicia, pintadas de vivos colores y adornadas en la proa con una representación de los ojos de Osiris. A pocos kilómetros se sitúa el hipogeo de Tarxien, Hagar Qim y Mnajdra, los templos megalíticos más antiguos del mundo junto con los de Ggantija, en la isla de Gozo.
En la costa noroccidental maltesa sobresalen la bulliciosa Sliema y las turísticas Bugibba, San Giljan y Paceville; esta última sólo despierta por la noche, ante la avalancha de jóvenes ávidos de música y diversión que invaden bares, terrazas, pubs y discotecas.
No muy lejos, en la bahía donde naufragó el apóstol san Pablo, se suceden los hoteles que buscan arrimarse a la playa preferida por los turistas, la de Mellieha. Los malteses, por contra, se suelen ir de vacaciones a Gozo buscando un poco de paz. Y muchos la encuentran en la cala de Ramla Bay, donde, según cuenta la leyenda, la ninfa Calipso retuvo a Ulises durante siete años.

Datos útiles

Cómo llegar: el pasaje aéreo de ida y vuelta a Malta cuesta alrededor de 1000 dólares, con tasas e impuestos.
Datos básicos: el archipiélago de Malta está formado por tres islas: Malta, Gozo y Comino.
  • La población total es de 370.000 habitantes.
  • Prefijo telefónico: 00 356.
  • Moneda: lira maltesa.
Más información: Oficina de Turismo de Malta, Viamonte 783, 1er piso; 4325-0778. Atención de lunes a viernes, de 10 a 13.
En Internet:

Conejo con ajo al vino, un sabor salvaje

Las especialidades de Malta, una novedad
De la misma forma que la identidad de sus habitantes, la cocina maltesa está influida por los sabores de las diversas culturas que dominaron la isla durante seis milenios de historia.
Si bien todos los restaurantes sirven comida internacional, especialmente italiana y francesa, vale la pena probar los manjares malteses.

La sopa de las viudas

Se destaca el guiso de conejo o stuffat tal-fenek , o el conejo con ajo al vino, que tiene un sabor salvaje y novedoso para los paladares no acostumbrados. El precio de los platos oscila entre 5 y 12 dólares por persona.
Otra comida típica y muy casera es la sopa de las viudas, hecha con vegetales, huevos, fideos y queso: ideal para darle calor al invierno.
Como es una isla, el pescado fresco es un clásico de la dieta local: bueno y barato. El lampuki, de carne blanca y firme, se sirve con vegetales y cuesta alrededor de cuatro dólares.
La gran variedad de pizzas y spaghetti con las salsas más variadas marcan la presencia cercana de Italia.
El café Cordina, en el centro de La Vallette, es ideal para la tertulia de la tarde. Se acompaña el capuchino con los pastizzi, bocados de origen turco con masa de hojaldre rellena de ricotta y queso. Cuestan 1 dólar.
Para comer los mariscos más frescos, el restaurante Ta Gabriel es la opción más deliciosa y abundante.
Héctor Barca

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