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 • HISTORICO

Lectores de viaje

Una selección con las mejores historias del año para leer y recordar




Regreso al palacio del Nonno

Por Gonzalo Bermudez
La puerta tan buscada conecta un pasadizo que mi nonno (Angelo) y tío (Gianni) usaban para bajar corriendo del castillo que cuidaban y pedir ayuda cuando se acercaban los alemanes en plena Segunda Guerra Mundial. Adentro, el lujo. También, la pobreza de mi familia. A mi nonno Angelo, hermano mayor, los alemanes lo hacían trabajar todo el día metido en el río Isarco, de deshielo, con los troncos que tiraban de las plantaciones y los bosques más septentrionales. Metido en las aguas gélidas le apuntaban con un fusil para que no abandonara sus deberes, y sólo le daban un tazón de caldo por día como paga. Gianni asistía a la escuela y como todos, también era obligado a recibir escarmiento en el mismo patio donde los alemanes colgaban a los que asesinaban.
El castillo, que desde hace unos cuantos años es privado, fue comprado por un coleccionista europeo que invitó en 2001 a Gianni con vino argentino cuando volvió a su tierra natal después de muchos años
(...). Chiusa es tan hermosa que teñirla de toda la tragedia de antaño no significó una tarea sencilla. Aun así, le escribí a mi nonno las razones de mi visita.

Donde los pensamientos se oyen

Por Mike Karplus
Faltan 2 km y desaparece el refugio, pero sabemos dónde está. Pasos. No se termina más. Mucho frío. Los 1500 metros finales. Caminamos, es desesperante. Nos separa una loma de no más de 150 m de altura. Nunca nos sentamos. Los hombros sienten el peso de las mochilas. Mil metros. Queda la incógnita sobre si el refugio estará abierto o cerrado con candado, para evitar los desmanes del pasado. Llevo una hoja de sierra, por si acaso. Es un doble o nada. No nos quedan fuerzas para armar un vivac, carpa y muralla protectora.
Faltan 500 m. Pasos. El entrenamiento no fue suficiente: una hora y media en Buenos Aires con bici y fierros no se comparan con 11 horas y 1000 m de desnivel. Nos equivocamos.
Es una batalla mental. El cuerpo hace rato que dejó de responder y funciona en automático. Es interminable. Lo único que quiero es llegar, meterme en mi bolsa de dormir y tiritar tranquilo a la espera de que algún alma caritativa derrita nieve y me prepare una taza de té. Cien metros, no podemos hacerlos sin una parada más. Pero llegamos. Claramente, el mayor esfuerzo de nuestras vidas. Sin duda, el mejor lugar en el mundo.
El paisaje urbano se iba transformando cuando entraba la noche en millares de bombitas que iluminaban la vida de Djemma. A lo largo del viaje por Marruecos conocí muchas ciudades y otras medinas, pero nada fue igual a sentirme una vecina y no una turista en ese mundo musulmán de la medina de Marrakech.

En camello por el desierto

Por Ricardo Pedro Villarrea
No voy a escribir sobre las medinas de Marruecos, las casbah (fortalezas), los grandes palacios, las mezquitas ni los fabulosos comercios callejeros, aquellos donde se mezclan los idiomas, las vestimentas y ese vertiginoso andar en el prorrateo, que nunca pude aprender. Tampoco me extenderé sobre la película Casablanca porque a saber de guías marroquíes, la película se hizo en Hollywood.
(...) El fuerte viento y la arena hicieron desistir a muchos, pero igualmente más de 25 personas integramos la caravana. Sin riendas, pero con una barra fija para sostenernos, comenzamos a montar, aferrándonos firmemente cuando el animal se levantó sobre sus manos. Fue rápido y traumático, pero más aún cuando se alzó sobre sus patas con un impulso que tendía a llevarnos hacia adelante.
Ya estaba la caravana en marcha. Dos viajeros desertaron a medio camino, ante el bamboleo que nos obligaba a sujetarnos con fuerza. Así es el andar, hunden sus vasos en la arena suelta en un paso poco uniforme, mientras el jinete desde muy alto lucha por el equilibrio, sin estribos y con las piernas muy abiertas por el ancho lomo. Fue una hora de marcha entre dunas y sin otro horizonte que la arena. Hasta que llegamos a una carpa bereber, donde brindamos.

Nepal, cordial y mística

Por Mariano Ignacio Sánchez
Mis primeras nociones sobre Katmandú fueron bastante triviales. Al nombre lo relacionaba con un punto en el itinerario aéreo de Indiana Jones en Los cazadores del arca perdida o los sugerentes versos de una canción de Fito Páez. Con el tiempo, su historia, su mística y sus habitantes hicieron que fuera un punto obligado de visita en el largo viaje que emprendí a Oriente recorriendo la India, Nepal, Tailandia y China.
(...) En la plaza Durbar -corazón del viejo Katmandú- uno puede permanecer horas sentado en las escalinatas del templo Maju Deval (Shiva) viendo pasar los transeúntes, las nubes que se escurren en el omnipresente Himalaya o la vida misma.
(...) Tras recorrer doscientos kilómetros se llega al lago Pokara, una villa de descanso donde no logré animarme a aceptar los masajes de pie que varios nativos me ofrecieron por una cantidad risible de rupias. Ya en el pueblo, un cartel me paraliza: British Gurkhas Pokhara . En efecto, tales mercenarios tienen allí una sede de entrenamiento, alojamiento y hasta caja de jubilaciones. Sonrientes, de civil y desprovistos de sus célebres cuchillos, nada parecen tener que ver con las feroces unidades que irrumpieran en Malvinas el siglo pasado.
Katmandú es una ciudad inolvidable -como muchas- y mágica -como pocas-. Esa categoría de ensueño que comparte con San Petersburgo, Beirut, Asís, Ciudad del Cabo, Ushuaia, Dubrovnik -y no demasiadas más- hace que sea una escala relevante e imperdible en cualquier viaje al continente asiático.
Envíe sus relatos del viaje, fotos, consultas, sugerencias y búsquedas de compañeros de ruta al Suplemento Turismo, diario LA NACION, vía e-mail a turismo@lanacion.com.ar. Para una óptima recepción y oublicación del material, los textos deben ser unos 3000 caracteres y las fotos, de hasta 3MB.

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