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 • HISTORICO

Lectores de viaje




Comentario

Por Gustavo Adolfo De Paoli
He leído el artículo del 6 de julio último en la sección No se pierdan, escrito por el Sr. Eduardo Protto titulado Saint Malo, cuna de corsarios.
Interesante artículo en el que cuenta que -además de ser una zona pintoresca con su ciudadela amurallada- era antiguamente una zona de temidos marinos y corsarios.
Al respecto puedo agregar completando dicho artículo para recordar a los lectores, y en lo que nos toca como argentinos, que del puerto de Saint Malo partieron los marinos que colonizaron a partir de 1764 las islas Malvinas, al mando de Louis Antoine de Bougainville.
Precisamente partió de Saint Malo el 8 de septiembre de 1763 arribando a las islas el 2 de febrero de 1764, estableciendo un puerto que denominaría Fuerte y Población Puerto San Luis, luego Puerto de la Anunciación y posteriormente, Puerto Soledad.
Bougainville, ante la reivindicación de los derechos de España, se retiró de las islas tres años después.
Esta breve introducción histórica nos lleva al nombre de las islas, pues primeramente eran conocidas en francés Malouins o Malouines, nombres que se les aplicaba a los oriundos de Saint Malo. Ello derivó en el vocablo Maluinas, que es el término más usado en los documentos del siglo XVIII, derivando en la actual denominación Malvinas.

Las ruinas de Villa Epecuén

Durante un fin de semana largo de Carnaval tomé el único micro con dirección hacia la ciudad de Carhué, a 500 kilómetros de Capital. Al llegar a la terminal de Carhué se ven los restos de lo que alguna vez fue la estación de tren y que hoy ha sido reciclada y transformada en estación de micros.
Camino hacia el centro de la ciudad -que más bien a esas horas de la mañana se asemeja a un pueblo fantasma- en busca de alguna bicicleta para poder llegar hasta las ruinas de Epecuén (a unos 7 kilómetros), a orillas de la laguna que se desbordó en 1985.
Ya con una rústica bicicleta alquilada en la Municipalidad emprendo el viaje hacia las ruinas.
Lo primero que se divisa en el horizonte es la laguna salada Epecuén, la misma que le dio la vida y se la quitó a la villa hace casi 30 años, con la trágica inundación que arrasó con todo el pueblo.
A la entrada de la laguna, los restos de un Cristo en la cruz, obra del arquitecto Salamone, y a unos metros un cementerio abandonado y destruido. Esculturas funerarias destruidas, bóvedas abiertas, cruces por el suelo y algunas fotografías antiguas de personas enterradas allí son algunas de las cosas que se pueden apreciar.
De camino nuevamente hacia las ruinas del pueblo mi bicicleta empieza a sufrir por la ruta de tierra y mi piel se empieza a quemar por el sol del verano. Se pueden ver los primeros árboles pelados y muertos por la sal; el paisaje es realmente desolador, un bosque completamente arruinado.
Puedo ver el primer edificio en el horizonte, una joya de la arquitectura argentina: el Matadero, construido también por el arquitecto Salamone.
En el mismo sitio donde se encuentra el Matadero se ven los restos de una zona de descanso, una pista de automovilismo medio sepultada en el barro detrás del Matadero y juegos para niños con una cadena meneándose a la brisa del verano de lo que alguna vez formó parte de una hamaca.
Siguiendo el camino hacia el centro de la villa con un sol abrasador y un manto de moscas en mi espalda (fruto del calor y el barro), mi bicicleta ya no aguanta el terreno accidentado y tengo que emprender lo que queda del viaje caminando.
Unos kilómetros más adelante, luego de inspeccionar la zona de restos de botellas y lo que alguna vez fueron casas, entro por una calle destruida y la imagen que veo es impresionante: hierros retorcidos de luces de neón y palos de luz, restos de casas todavía en pie pero sin techo, restos de veredas... En fin, una imagen apocalíptica de lo que alguna vez fue un importante balneario de aguas termales.
Dentro de las casas se ven algunos elementos de cocina, camas enterradas en el barro y cosas que los pobladores no han podido rescatar. El centro del pueblo es aún más impresionante, ya que hay restos de automóviles de la época, lo que alguna vez fue una pileta, una escuela, la avenida principal y calles aledañas, todo un pueblo que quedó sumergido bajos las aguas saladas de la laguna. Con el paso de los años, a medida que las aguas fueron bajando se dejó paso a las ruinas que hoy se pueden visitar y quedan como testigo de la devastación causada por una inundación y la falta de previsión para evitar este tipo de desastres.

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