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 • HISTORICO

Lo opuesto a la soledad




Lo opuesto a la soledad

Lo opuesto a la soledad

El viernes, mientras caminaba desde la estación de tren hacia lo de mi hermana, me encontré vagando por el barrio de mi abuela; ella dejó este mundo hace poco más de un año. Me detuve frente a su casa, que ahora ya no es suya y que ya no se parece en nada a ese lugar donde compartimos incontables momentos de la infancia, adolescencia y juventud. Hoy la fachada de ese hogar es linda, diferente, moderna. Hoy ese espacio está construyendo nuevos recuerdos compartidos y se siente bien que así sea.
Apenas unos días antes, mami me había acercado un libro llamado “The Opposite of Loneliness” (Lo opuesto a la soledad). “No tenemos una palabra para lo opuesto a la soledad, pero si la tuviéramos, podría decir que eso es lo que quiero para mi vida”, dice al comienzo. Y estas palabras tan simples y, al mismo tiempo, tan profundas, me acompañaron en ese camino del último viernes a la tarde por el barrio de mi abuela.
Para lo que sigue les dejo este tema, que es más que una canción, es un instante en el mundo, un determinado presente. Un momento mágico, espontáneo y compartido de un artista que admiro.
Esa mañana había estado buscando en el diccionario la palabra opuesta a la soledad. Soledad, que no es lo mismo que estar solo y que en este contexto refiere a un estado emocional, a sentirse solo. “Acompañamiento”, “Aglomeración”, “Amparo”, “Comunicación”, “Concurrencia”, decía. Ninguna era el antónimo de soledad, ninguna transmitía la sensación de sentir la compañía, la sensación de sentirse contenido en la vida. Es que sentirse solo es una emoción, un sentimiento que puede experimentarse aun en una habitación llena de personas, aun en pareja y creo que muy pocas veces con grandes amigos. Al parecer, es cierto que nos hace falta una palabra opuesta a ese sentimiento.
Hubo, sin embargo, un término dentro de la lista de antónimos que me llamó la atención: “Alegría”. Decía que lo opuesto a sentirse solo es también alegría. Por ahí podía andar la cosa.
La verdad es que no sé cuál es la palabra opuesta a la soledad, pero lo que sí creo es que esa sensación se instala definitivamente en nuestras vidas cuando nos entregamos con todo el cuerpo y el alma al compartir. Esa frase de ese otro libro/película “Hacia rutas salvajes”, esa que dice que la felicidad es solo real cuando es compartida, considero que no es una frase hecha. Cuando compartimos descubrimos que nuestras vidas pueden ser dispares, pero que las emociones no lo son. Las emociones son universales y al expresarlas algo mágico sucede: descubrimos que somos una multitud de personas, que somos un equipo y que estamos juntos en ese lugar llamado Tierra, juntos en este desafío llamado Vida.
Salir al mundo

Salir al mundo

El viernes, a medida que me acercaba a lo de mi hermana, que es un ser que con su sola existencia me hace entender que aunque esté perdida en el país más remoto de este planeta, jamás voy a estar sola, recordé algo que alguna vez me contó José cuando supo acerca de mi costumbre a la cual llamo “un ritual para llenarnos de amor”. Me contó acerca de dos hermanas canadienses que conoció en Quequén, un lugar precioso de nuestra costa. Ellas tenían otro ritual que cumplían hacía años, todos los días y sin excusas. Lo cierto es que no necesitaban excusas porque ese ritual les hacía bien:
Cada noche se llamaban por teléfono y se contaban tres cosas buenas que les había pasado ese día. “A veces crees que no podés rescatar ni medio acontecimiento agradable”, le dijeron, “pero de pronto, cuando escuchás a alguien a quien querés del otro lado, te das cuenta que ya tenés por lo menos uno. Y así, de pronto, descubrís que cada día –aun el peor-, tiene sus cosas para estar agradecido.”
Este último viernes recordé especialmente estas palabras. Las recordé porque a diferencia de anotar lindos momentos y atesorarlos en un frasco, a diferencia de este mismo instante en el cual escribo y en el cual agradezco el aroma a tierra mojada que acaba de dejar la lluvia, ese ritual, la diferencia que tiene, es que es un ritual compartido. Es un ritual que no solo te hace apreciar lo maravilloso de la vida cada día, sino que también te hace sentir lo opuesto a la soledad.
“Estamos en esto juntos. Hagamos que algo pase en este mundo”. Termina diciendo el primer ensayo del libro que me regaló mami.
La intimidad

La intimidad

En este 2016 me sentí y me estoy sintiendo muy afortunada porque fue un año compartido. Hoy tampoco hay preguntas. Hoy de nuevo hay deseos; en especial uno. Deseo que para estos días que vienen entendamos que somos miles de personas en este mundo, en el mismo presente, y que estamos juntos en esta vida; deseo que aprendamos el valor de compartir y que cada uno pueda vivir este fin de año con la sensación opuesta a la soledad.
Beso,
Cari

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