
Créditos: Ohlalá
Subí al ómnibus como el Quijote a su caballo Rocinante y dejé atrás la verde Galicia para enfilar hacia la dorada meseta castellana. Iba encandilado por el paisaje, igual que un goloso en la vidriera de una confitería (bollería, en España). De autopista en autopista, a cual mejor, superamos las montañas del Norte para bajar y luego volver a trepar hacia Castilla-León.
Comencé a ver los árboles de Encina cuyo fruto alimenta los cerdos que luego se transformarán en jamón. El más rico del mundo, con perdón del italiano de Parma.
En las dehesas, un campo acotado, aunque aquí no se ven alambrados, se crían los animales de pura raza, que nada tienen de chanchos, porque sólo se alimentan de bellotas y hierbas. Por eso su precio es tan alto. Una pieza de cuatro jotas reserva (la J de Jabugo marca su nivel de calidad como las estrellas en un hotel) puede costar más de 300 euros por kilo.
Porcinos de Guijuelo
Llegaba a Salamanca y su población de 150 mil habitantes por la Ruta de la Plata, que también integra los Caminos a Santiago. En las tierras de los productores porcinos de Guijuelo, con denominación de origen.
Cruzando el río Tormes, el mismo del pícaro Lazarillo, desembarcamos al borde de la zona antigua. Lo mismo que en otras ciudades de origen medieval, lo mejor está en los viejos barrios peatonales, donde los autos no pueden entrar.
Era noche de fiesta por la patrona, la Virgen de la Vega. La Plaza Mayor en piedra, obra de Churriguera del siglo XVIII, está considerada una de las más bellas de España y tiene un típico torito en la veleta.
Las mesas habituales se habían desplazado para hacer lugar a un escenario para los músicos de rock. Y a la vuelta, justo frente a la Casa de las Conchas, así conocida por sus 300 vieiras por la Orden de Santiago, se improvisaron tiendas para servir cerveza y tapas con los parlantes a rabiar.
Todo atestado de chicos y chicas con ganas de divertirse. Se dice que no hay nada como ser estudiante en Salamanca. Seguramente Manuel Belgrano, que se recibió de bachiller en leyes, pensaría lo mismo. Porque los próceres sonreían a pesar del bronce. Y correría con su capa en el pequeño claustro que da al jardín. Una enorme placa (y hay muy pocas colocadas en esas paredes venerables) recuerda su paso.
Muy cerca está el aula de fray Luis de León (1528/1591), al que le costó cinco años de cárcel traducir el Cantar de los Cantares. Se imagina a los inquisidores al leer que los pechos son como palomas... Volvió del encierro y dijo: "Como decíamos ayer", retomando la lección en el mismo punto en que la había dejado cuando fue acusado por traducir del latín al castellano un texto sagrado.
Estudiantes y terrazas
Hay mucho para ver en Salamanca. Siguiendo por la doble catedral, porque están juntas, la pequeña románica con su retablo del siglo XV y la nueva renacentista que es imponente.
Pero me copé con la estudiantina que transformó las cabinas telefónicas en una pegatina de papeles ofreciendo alojamientos, por la buena onda que contagia.
En las terrazas de la avenida de Zamora o la Rua Antigua, todos disfrutan del fin del verano en la noche larga. Y por supuesto incentivada a la hora de comer. Pedí sólo un bocadillo de jamón serrano (que es más económico que el ibérico).
La ración entera, un solo plato, salía 17 euros, lo mismo que un menú completo con entrante (sopa de ajo), principal (chafaina, arroz con trocitos de chorizo) y leche frita de postre con una copa de vino de la casa, propina e IVA incluido.
A la hora de descansar, para luego seguir viaje, pensaba que había disfrutado de una excepción por aquello de lo que natura no da, Salamanca no presta. Porque había recibido demasiado.
Por Horacio de Dios
Para LA NACION
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