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Malapascua, nada mal

Por Ezequiel Ringler


Créditos: Ohlalá



Hacía dos meses que viajaba por Asia y quería descansar un poco de la intensidad del viaje, del trajín diario de conocer, absorber, degustar y sentir tantas cosas. Por eso me busqué una isla entre las 17.000 que tienen las Filipinas para jugar a ser Robinson Crusoe y dejar el mundo por unos días.
Mandé un mail a mi gente, diciéndoles que durante unos días no iban a tener noticias mías, que me iba a Malapascua, isla cercana a Cebú, de sólo unos pocos kilómetros cuadrados.
Llegué allí en un bote que transportaba provisiones y ahí mismo, el dueño del bote me ubicó en una cabaña, sin luz eléctrica, con agua potable de un tanque de lluvia y un balcón hermoso con vista al mar.
Mi rutina diaria robinsonesca comenzó a armarse sola. Me levantaba al amanecer con el sonido de los pescadores y sus familias golpeando las redes para quitar miles de pequeños pescados. Después de un chapuzón en el mar cristalino salía a caminar dentro de la isla, recorriendo sus senderos de tierra rodeados de altas palmeras y densa vegetación, chicos que salían a mi encuentro gritándome ¡Joe, Joe! (sobrenombre habitual que les dan los filipinos a los occidentales, herencia de las tropas estadounidenses con base en las Filipinas). Me sentía un poco como los exploradores del Pacífico del siglo XVIII, como Cook, como Fletcher Christian del Bounty, recibiendo sus sonrisas inocentes llenas de alegría.
De la caminata llegaba siempre, de un modo u otro, a lo de una señora -no recuerdo su nombre, aunque creo que nunca lo llegué a saber- que me cocinaba el desayuno-almuerzo en el patio de su casa. Terminada la comilona, cuando el sol estaba alto, una lectura en el balcón y a dormir la siesta, escuchando sólo el sonido del mar y el movimiento que el viento les daba a las hojas de palmera.
A la tarde, otro chapuzón y a seguir caminando por la isla, recogiendo por sus playas caracoles increíbles, estrellas de mar y erizos.
A la noche, iluminado sólo por la luna, llegaba a lo de mi amiga a cenar a la luz de la vela.
Cuando volvía a la cabaña pasaba horas mirando el horizonte y el reflejo de la luna en el mar, y después me tiraba en la arena blanca a tomar luna .
Esos fueron mis días de Robinson Crusoe. Cuando volví a la mal llamada civilización, me acuerdo que mandé un mail con el título ¿Por qué el mundo no puede ser Malapascua? Todavía no encontré la respuesta.

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