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Márgara Alonso en Europa


Créditos: Ohlalá



El primer viaje a Europa de Márgara Alonso tuvo algo de vuelta a la infancia: lo que iba viendo le recordaba esas tardes que pasaba sumergida en los tomos llenos de reyes, palacios y ruinas de la colección Tesoros de la juventud . "Todo lo que veía por primera vez me parecía entonces un recuerdo, algo de alguna manera conocido, una impresión que me hizo disfrutar el viaje doblemente."
Luego hubo otros viajes europeos, también texto mediante. En 1986, hizo una gira con el elenco del Teatro General San Martín en la que representaron obras de Schiller y de Discépolo; y en 1994 estuvo en Barcelona con una obra de Beckett y un elenco que incluía a Alfredo Alcón, Horacio Roca y Osvaldo Bonet.
En estos días, Márgara A. ensaya Rompiendo códigos , una obra dirigida por Alejandro Maci que se estrenará a fines del actual en el Paseo La Plaza y que está basada en la vida de Alan Turing, el matemático británico que inventó la computadora y que tuvo un papel decisivo en el desciframiento de los códigos de guerra nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Viajes con mi tía

"Siempre pienso que aquel primer viaje funcionó para mí como una especie de iniciación, un clic que me abrió la puerta para que los otros surgieran como parte de una misma serie. Muchas veces me pasa: estoy concentrada en una dirección y las cosas empiezan a ocurrir, a sucederse."
Entonces, Márgara A. viajaba con su tía, y el periplo tenía ese espíritu abarcativo que suelen tener los primeros viajes a Europa: Londres, Roma, Madrid, París, y las ciudades siguen. Amsterdam. "Amsterdam fue claramente mi favorita. Una de esos lugares donde uno intuye que puede quedarse a vivir tranquilamente aunque nunca pueda terminar de aclarar de dónde viene esa certeza.
"Me acuerdo ahí de una escena que me quedó grabada casi como si la hubiera visto en una película. Era enero, nevaba; mi tía y yo caminábamos igual y nuestra única concesión era detenernos a intervalos regulares para tomar algo caliente en algún café. "En uno de esos lugares, mientras tomaba un chocolate caliente, miré hacia la ventana, que era enorme y daba a la calle, y vi a un hombre que tocaba un vals de Strauss en un organito, con la nieve que caía del otro lado del ventanal. Me pareció tan escenográfico, como si en realidad yo estuviera protagonizando una película, y ése fue un sentimiento que me acompaño durante todo el viaje: momentos inesperados en los que algo se despegaba y lindaba claramente con la ficción."
Otras veces el intercambio entre los dos mundos era distinto: lo visto formaría parte de una ficción posterior. En Versalles, después de la visita de rigor, Márgara A. y su tía fueron a tomar un café a un bar que no tenía ya nada que ver con el palacio.
"Nos atendió una mujer con un peinado que me dejó subyugada: una especie de casquete de pelo natural que terminaba en un efecto de canasta llena de rulos, algo terriblemente ostentoso. Años más tarde, cuando me tocó hacer de dueña de un prostíbulo en una obra de Jorge Amado, se me apareció en la mente ese peinado tan majestuoso y me di el gusto de llevarlo en escena.
"Versalles, por otra parte, fue otro de mis encuentros con los Tesoros de la juventud: yo veía esos jardines, esos salones, y se me aparecían todas las historias e intrigas que había leído de chica, no podía ver una imagen fija, todo se convertía rápidamente en una escena en la que estaba ocurriendo algo que yo había leído hacía tanto tiempo. Es curioso, porque de más está decir que yo no había vuelto a pensar en esos libros durante años."
Lo mismo le pasó en Monte Cassino, al sur de la región del Lacio, donde en el año 529 San Benito fundó uno de sus monasterios. "Ahí, mientras comía en una plácida noche de invierno, me asaltaban las páginas en las que había leído cómo hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial los aliados habían bombardeado la abadía donde se refugiaban las tropas alemanas." Ahí, a Italia, llegaron en tren. "Fue uno de los trayectos más impresionantes de todo mi viaje: desde Viena hasta Venecia, la mayor parte del tiempo con nieve, y esas montanas inmensas todo el tiempo ahí. Después, a la noche, cuando apareció la luna, cobraron una dimensión distinta, por momentos amenazante."
Londres fue otra ciudad de encuentros felices, porque Márgara A. declara su anglofilia. Un sentimiento que viene del teatro inglés, en parte. "Yo me había prometido no ir a ver teatro, quería hacer un viaje más típico, más desligado de mi trabajo. En Londres no pude resistirme, y me acuerdo que fui a ver una representación de Evita que me gustó mucho. Cuando terminó, una mujer me miró a los ojos y me preguntó: ¿Fue así?" A la Torre de Londres, al Buckingham Palace y al Museo Británico, Márgara A. sumó la estada en el pub inglés. "Cuando me cansé de ensayar fórmulas para pedir una cerveza en medio de ese bullicio, de toda esa gente que llegaba y hablaba en un idioma que no se parecía a nada de lo que yo podía balbucear, me relajé y me dediqué a una actividad igualmente placentera: mirar. Hay mucho para ver en un pub inglés."
Durante el viaje hubo también ese tipo de anécdotas que no pueden dejar de sorprender a ningún americano del Sur, hecho a otros rigores: al salir de una de las grandes tiendas de Londres, Márgara A. y su tía fueron interceptadas por un guarda que venía a devolverles una plata de más que ellas habían pagado en una de sus compras.
Luego, en un teatro de Zurich donde Márgara A. había ido a ver L"elissir d"amore, de Donizetti, fue interceptada durante el intervalo por un vecino de cazuela. Quería disculparse porque durante el primer acto no había tenido más remedio que toser un par de veces.

Estadas ibéricas

"España es, de todos los países europeos, el que tengo más asociado a mi trabajo. Y Barcelona creo que es, de todas las ciudades españolas, la que más he disfrutado. Estar ahí cuarenta días con el elenco de Final de partida, de Beckett, fue algo increíblemente feliz. Esas pocas veces en que se puede combinar un viaje con un trabajo en el que uno está a gusto es algo difícil de igualar.
"Estuvimos trabajando en el Teatro Liure, que es el que podría llamarse el teatro de vanguardia, de Barcelona, un lugar bellísimo. Cada noche, después de la función, nos íbamos a comer a un restaurante que quedaba a la vuelta y preparaba unos platos deliciosos.
"Cuando teníamos algún tiempo libre, salíamos de recorrido. Con Horacio Roca fuimos a conocer Badalona, un lugar muy próximo a Barcelona con un mar de un azul increíble, y otro día tomamos un tren que en unos cuarenta minutos nos dejó en Argentona, un pueblo lindísimo que baja desde las montañas hasta el Mediterráneo. Otro día fui con Osvaldo Bonet a ver la sardana, un baile popular que todos los domingos convoca a los que sepan bailarlo frente a la catedral de Barcelona. El resto de la gente va a mirarlo." Márgara A. cuenta que también solía ir muchas veces a la parte antigua de la ciudad y era sobre todo ahí, mientras miraba a una persona cantar por algo de plata y notaba que en realidad estaba frente a un cantante de ópera profesional, donde España más le hacía sentir que lo visto formaba parte de alguna ficción.

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por Redacción OHLALÁ!


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