
Créditos: Ohlalá
Aterrizar en el aeropuerto Menara es iniciar la ruta del asombro.
Asiáticos y europeos por todos lados beneficiados por el ventajoso cambio monetario. Detrás de altas murallas están las Medinas (mercado) y ahí se muestra la Marrakech verdadera, milenaria, tumultuosa, frenética, ágil y original con todo su contenido comercial-productivo, desde las artesanías de cuero, maderas trabajadas por habilidosos ebanistas, variados frutos, farmacias con medicinas alternativas hasta efectivos talleres metalúrgicos que -a golpes de martillo- labran todo tipo de utensilios hogareños. Músicos populares junto a los encantadores de monos y serpientes. Las mujeres con la cara cubierta, cientos de motocicletas esquivando camellos, vendedores de agua. Al atardecer surgen los narradores callejeros, verdaderos cuentistas recrean la imaginación con el aplauso popular. A lo lejos y silenciosas caminan las mujeres, y las que no saben leer ni escribir dicen que sólo se expresan a través del tejido.
Me deslumbra el cuadro del pintor Abrihim y la joven poesía de Raduan Curia.
Bereber son los originarios, allá en las montañas del Atlas dominan todo desde el valle de Ourika donde funciona una cooperativa de mujeres (integrada por viudas y solteras, las más desprotegidas). Ahí trabajan y se administran más allá de las arraigadas y cuestionadas leyes patriarcales.
Por rutas y sendas están las mujeres árboles (llevan la leña acuesta).
Abunda el laurel con flores blancas y azules en el inmenso valle con sus laderas de balcones y terrazas de cultivo. Las casas perfuman la tarde con el té de menta.
Saludan al pasar. Esa sonrisa de ancianos y niños muestra el encanto de un pueblo y reemplaza ciertamente cualquier barrera idiomática.
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