
Créditos: Ohlalá
La montaña está calma. Allá abajo todo se ve muy estático: los lagos, los picos nevados, el Lanín. Yo también estoy tranquilo. No pienso en nada. Inhalo y exhalo. Y allá voy, rumbo al cañadón. El hombro derecho es el timón. Por suerte, anoche cayó un buen paquetón y toda la superficie está suave. Muy suave. La nieve polvo me da la sensación de estar flotando, de ir sobre el agua, con un andar silencioso, cómodo. Como si no tuviera piernas ni brazos; como si no existiera el suelo.Llego al cañadón.
Voy surcando la "u" de lado a lado, como un péndulo, buceando ese instante de gravedad cero en el final de cada pared. Hasta que llego a la rampa que más me gusta. Me siento frente a ella del otro lado del pipe con la tabla perpendicular a la pendiente. Y me mando. En la cuenta regresiva, cada vez más vertiginosa, visualizo el movimiento que va a hacer mi cuerpo. Y vuelo. En medio del rodeo 540, veo el paisaje hecho un sinfín de líneas y manchas blancas, verdes y azules que giran y giran, aunque la mirada busca el landing. Caigo de switch en sentido contrario al que venía, amortiguando el impacto con las piernas. Es el premio mayor. No hay palabras para describirlo. Y eso es todo. v
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