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Metrocable, el contraste colombiano




De: Leandro Uría

Para: turismo@lanacion.com.ar

Asunto: El orgullo paisa
Charles Zapata me espera en la Dirección de Tránsito de la alcaldía local a las nueve de la mañana. El lugar, con vista a estacionamientos que albergan autos en infracción y montañas de restos retorcidos de motocicletas, es de lo más insólito para iniciar un viaje por Medellín, la ciudad famosa por sus altísimos índices de violencia (en 1991 fue la más violenta del mundo), en dramática y sostenida baja en los últimos años.
Para llegar tardé una hora desde el aeropuerto, en el que pude ver un hermoso paisaje de montañas y verdes valles, mientras el calor empezaba a hacerse sentir. El es joven, simpático, tiene unos 30 años y, por lo que se puede ver, goza de bastante aceptación entre las teenagers paisas, que lo recuerdan por su pasado de disc jockey de videos en la TV local y lo saludan permanentemente por la calle. Pienso que es una suerte tener un guía popular en una ciudad como ésta, aunque inmediatamente me distiendo y me concentro sólo en lo que hay que ver.
Charles me explica que ésta es una ciudad de contrastes. Por ejemplo, la pobreza se hace sentir con fuerza, pero existe gente mucho más rica de lo que uno puede imaginar. Además, es la capital colombiana de la moda, y la anorexia amenaza la salud de algunas jóvenes consideradas las más bellas de Colombia, mientras las características estatuas de obesos del escultor Fernando Botero presiden la Plaza Mayor. Y las casas de las barriadas pobres, algunas de ladrillo a la vista y con un simple agujero en lugar de ventana, crecen desordenadamente en la parte alta de la ciudad, pero eso tampoco impide que Medellín sea la orgullosa capital colombiana del diseño.
En la parte alta, el sector más pobre y más peligroso, es donde late más fuerte el corazón de Medellín y es hacia donde vamos. Para llegar, viajamos en el futurista metro de la ciudad, la envidia de otras urbes colombianas. Sin ir más lejos, Bogotá, la capital, carece de un medio de transporte de este tipo.
El metro va sobre la superficie y ofrece inmejorables vistas de la ciudad. Lo único que las puede mejorar viene enseguida y es la sorpresa mayor de esta visita: el metrocable, un teleférico en el que se puede viajar con el mismo ticket del metro y que conecta a Santo Domingo, un barrio pobre de la parte alta de la ciudad, con el centro.
Lo curioso del flamante metrocable es que parece salido de un exclusivo resort europeo de deportes de invierno y hoy permite a Medellín ofrecer un rostro más amable a visitantes y locales. Tanto, que los paisas no dudan en hablar con los extranjeros durante el plácido viaje de 2000 metros, más aún si detectan el acento argentino que suena "rico" a sus oídos.
El impacto del metrocable fue tal, que hoy crecen las tiendas alrededor de sus estaciones y permitió integrar a los habitantes de zonas degradadas. Tan exitoso fue, que existe un proyecto para hacer otro próximamente.
El escritor Fernando Vallejo cuenta en su libro La virgen de los sicarios, que mientras más se sube acá, más se puede apreciar su decadencia. La Alcaldía de Medellín apuesta a que esta descripción ajustada sólo sirva en breve para la literatura.


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por Redacción OHLALÁ!

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