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Mil templos y una frase

Por Marina González


Créditos: Ohlalá



Peregrinos, mayormente de la India, y bidones. Muchos bidones para llevar a casa el agua sagrada. Una velita para mí, otra para Guille. Las apoyamos en el agua y se reunieron con las demás velitas, con los demás deseos. Estábamos por ver nuestro primer amanecer en el Ganges.
La gente se bañaba, oraba y cremaba a sus muertos. Veíamos el ceremonial desde nuestra canoa mientras el aire nos susurraba: "No necesitas un espejo, mírate a ti mismo en tu propio silencio". Varanasi, ciudad de la luz. Seguimos por tren a Satna y de ahí en auto, con el caos vial ardiendo a 43°C, hasta Khajuraho; hasta el complejo de templos de la dinastía Chandela, cuyas paredes están revestidas de magníficas reliquias y esculturas, con escenas de la vida cotidiana, incluyendo las lecciones de cama, o Kamasutra.
Jehangir Mahal. Eso fue yendo hacia Orccha. Un palacio que tardó veintidós años en ser construido para usarse tan sólo un día: el de la visita del emperador Jehangir, en honor a quien fue edificado.
"Hola, hola, Coca-Cola?" Sí, también en castellano nos hablaban. Cualquier cosa por vender. Cualquier cuento con tal de enamorar. Como el de Agra, el de la ciudad del amor: un emperador y una princesa que se enamoran, se casan y tienen trece hijos. Ella, embarazada del 14°, en su afán por seguir a su marido pierde la vida dando a luz. Entonces él decide inmortalizar su amor por ella en el mejor mármol de Oriente. Así fue como se levantó el Taj Mahal, palacio del paraíso.
Los dioses más importantes del hinduismo son Brahma, Vishnú y Shivá. Sin embargo, existen infinidad de deidades. No sólo en las novelas de la tele, sino también en la calle, los niños suelen ser llamados con el nombre de alguna divinidad y así sus padres recuerdan el poder de los dioses en la vida cotidiana.
Los camellos se empezaban a sumar al tránsito a medida que nos adentrábamos en el estado de Rajasthán. Llegamos a Jaipur, la ciudad rosa. Allí fuimos en elefante hasta el Fuerte Amber y visitamos fantásticos palacios de maharajás pasados. Y el del actual también.
Regresando hacia Uttar Pradesh, también en Delhi, los hombres van abrazados y las mujeres todas de colores. Ambos llevan la frente por lo general pintada de rojo, para la suerte, y se suben de a tres por moto. Después de mil templos salpicados de cúrcuma, comino y coriandro, de infinidad de pollos tandori y de mucha miseria en lentejuelas, perfumada con incienso y jengibre, y con los tímpanos hipnotizados de tanto picante, me guardé del portal de una escuela pública la última frase del viaje: "Primero merécetelo, luego deséalo".

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