
Créditos: Ohlalá
BELO HORIZONTE.- La pareja está feliz y ella, con su vestido de novia, posa sonriente frente al lago de Pampulha, de 18 kilómetros de perímetro, que en una de sus tantas curvas deja ver la silueta inconfundible de la iglesia de San Francisco de Asís. Un proyecto de Oscar Niemeyer que tuvo sus detractores por su osada arquitectura. Es más, quince años pasaron desde su construcción para que se permitiera, en 1959, oficiar misa en el templo, que desafía la ley de gravedad y luce magníficos azulejos pintados por Cándido Portinari.
Pampulha, una de las postales más buscadas de esta ciudad, también conserva otros edificios del creador de Brasilia, como el Museo de Arte y la Casa de Baile. Desde allí hay casi diez kilómetros hasta el centro, al que se llega por amplias avenidas, en suaves pendientes, entre mucho verde.
Es que Belo Horizonte (1897) fue la primera ciudad moderna planificada de Brasil. Tiene dos parques públicos muy grandes, casi dos millones de árboles, más de 13 museos y un transporte público ordenado. Todo ayuda para que sea una de las ciudades con mejor calidad de América latina.
Edificios con estilo
Basta con ir a la plaza Libertad, donde se ofrecen conciertos de música clásica, mientras los artesanos trabajan en la pérgola a la vista de todos, para advertir la diversidad de estilos arquitectónicos: neoclásico, art déco, posmodernismo y más. Allí unas cuarenta palmeras altísimas compiten con ese mosaico de edificaciones y forman una calle que lleva al Palacio Libertad, antigua morada del gobernador.
Un lugar pintoresco es el Mercado Central, de 14.000 metros cuadrados, donde hay de todo. Verduras y frutas de todos los colores, carnes, dulces y los tradicionales quesos blancos, de fama nacional. Son 480 locales, que emplean a 14.000 personas, donde no falta la cachaça, elaborada en varias destilerías importantes, que conservan el encanto de lo artesanal. Los pasillos llevan a locales de electrodomésticos, artesanías y flores, hasta que, para sorpresa de muchos, comienzan a escucharse ladridos de perros y el trinar de los pájaros, entre carteles que ofrecen iguanas, cabritos y patos.
Pero si un domingo lo encuentra en esta ciudad, capital de Minas Gerais, una visita obligada es la feria de la avenida Alfonso Pena. Son varias cuadras y un sinfín de puestos, que por momentos se hace difícil recorrerlos por la gran convocatoria. Pero vale el esfuerzo.
El primer sector es la perdición de las mujeres. Calzado para todos los gustos, desde sandalias hasta botas de cuero. Siguen carteras, remeras, camisas y, más adelante, accesorios, cinturones y vinchas. Y cuando las piernas dicen basta es posible retomar el aliento en algunos de los bares de la feria, mientras grupos de capoeira exhiben destrezas al ritmo de los tambores. No faltan las artesanías, los muebles pequeños y las pinturas, junto a las rejas del Parque Municipal.
Contacto con el verde
Sin embargo, a 100 kilómetros comienza la aventura. Si bien resulta imposible competir con las playas ondulantes de Río de Janeiro, a unos 450 kilómetros, irresistibles para los argentinos, Belo Horizonte tiene lo suyo en materia de naturaleza y se hace fuerte en la Serra do Cipó.
Ya en las afueras de la ciudad, mientras se avanza por la ruta MG 010, las obras del futuro centro administrativo de la ciudad, proyectado por Niemeyer y que se inaugurará en 2010, da inequívocas señales de pujanza. Y en poco tiempo aparecen los condominios y barrios cerrados, y un pequeño tramo de la Estrada Real, transitada en el siglo XVIII por los bandeirantes, con sus cargas de oro y piedras preciosas que hicieron prosperar a Ouro Preto. Por último, en el destino final, las posadas, elegidas por muchos belohorizontinos para pasar los fines de semana.
La oferta es, más o menos, la misma: cabañas con jardines coloridos y espectaculares vistas a las sierras, donde habitan 1600 especies de flores. Por algo muchos llaman a esta región el Jardín Botánico de Brasil. Hoy, el pintoresco centro de la Sierra do Cipó, a la vera de la MG 010, no tiene mucho para ofrecer: una docena de locales, entre restaurantes, artesanías y hasta un ciber.
Sin embargo, por el turismo, el poblado, de unos 1500 habitantes, crece desde hace unos años. Es que hasta aquí llegan visitantes no sólo con ganas de contemplar el paisaje. Grande Pedreira, muy cerca del centro, es un conjunto de paredones de hasta 280 metros, que parecen cortados con navaja. Casi un paraíso para los amantes del rapel, la escalada y la tirolesa.
No obstante, el Parque Nacional do Cipó, de 33.800 hectáreas surcadas por arroyos, ríos y caminos entre la mata, es el objetivo. Entonces vale la pena emprender la marcha hasta la cascada da Farofa, una de las 50 que deslumbran en la región, en un programa que puede llevar todo el día.
El salto tiene 240 metros en varios niveles y está a siete kilómetros del acceso al parque. Hay que avanzar por un camino de tierra, que sorprende con tramos de arenas blancas como las de Copacabana, sumado a una vegetación de serranía: arbustos bajos y árboles adaptados al clima seco, que se van agrupando cada vez con más fuerza a medida que se acerca el salto.
Pero antes hay que subirse los pantalones hasta la rodilla para cruzar tres ríos y arroyos, que en verano crecen tanto por las lluvias que ya no se los puede sortear. Es parte de una aventura que también puede hacerse a caballo o en bicicleta, y pone un toque de color con esas mariposas de enormes alas celestes o amarillas que se animan a rozar a la visita.
Pero la flora da la nota de color y para todos los gustos: hay orquídeas, bromelias y un sinfín de especies, incluidas algunas con fama de poder curativo, como la carqueja, promocionada como buena contra la caspa y para el hígado.
El último tramo, en una vegetación bien cerrada, transcurre entre enormes raíces que hacen de improvisados escalones y llevan al pie de la cascada, que se abre entre el verde. Esperan enormes bloques de piedra que invitan a la contemplación. Otros optan por zambullirse en esa pileta natural, tallada con manos de artista, antes de volver a la ciudad.
Por Julio Céliz
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Datos útiles
Cómo llegar
En avión, por Tam, desde 625 dólares, con impuestos incluidos. El aeropuerto internacional Tancredo Neves está a 40 kilómetros del centro. Un remis cuesta unos 60 reales. También parten ómnibus ejecutivos, por 16. Un real, 1,773 pesos, aproximadamente.
Lugares
Iglesia de San Francisco de Asís. Entrada: 2 reales. Misa, domingo, a las 10.30. Fue restaurada en 2005. Barrio Pampulha. Mercado Central. De lunes a sábado, de 7 a 18. Domingo y feriados, de 7 a 13. Los fines de semana es visitado por 500.000 personas. Hay un puesto de información turística. Avenida Augusto de Lima 744.
Parque Nacional da Serra do Cipó. Entrada: 3 reales. De 9 a 17. Se recomienda llevar ropa liviana, gorro, repelente para mosquitos y agua potable.
Excursiones
Cachoeira Grande. Se hacen paseos de unas horas en canoas canadienses hasta una playa de arenas blancas.
Hacienda Santa Cruz do Cipó. Fue la primera de la región, se mantiene original desde 1892 y desde entonces pertenece a la misma familia. Conserva la casa principal, el molino, la capilla y los cuartos de los 60 esclavos que trabajaban en el lugar. Abastecía de aceite de ricino a Ouro Preto, donde se usaba para el alumbrado público.
Dónde comer
En Belo Horizonte, Xapuri. Comida mineira. Una delicia para después de la sobremesa, la cachaça Aurea Custódio. Artesanías. En Mandacarú 260, Pampulha.
En Serra do Cipó, Parador Nacional. Cálido, excelente menú y buena música. Su dueño, de apellido Di Laurentis, es un italiano apasionado por los vinos chilenos, con una interesante cava acorde con sus gustos. Calle Orquídeas, s/número, cerca de la iglesia de Santa Teresita.
Dónde dormir
Rancho do Cipó. Cabañas con inmejorable vista a las sierras. Sauna, tenis y piscina. La habitación doble, los viernes y fin de semana, 130 reales.
Internet
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