
Créditos: Ohlalá
Estuve en Nueva York en noviembre de 2001, poco después del atentado a las Torres Gemelas y me sentí parte de la generación del 11 de Septiembre.
Conmovía hasta las lágrimas, acompañando la indignación por el golpe del terror, la fotografía del capellán de bomberos, el padre Michael F. Judge, transportado en una silla en medio del humo y el horror, con la cabeza volcada sobre el costado derecho. Su funeral fue el primero y el más importante de la sucesión a la que debió asistir el alcalde Rudolph W. Giuliani, que lo despidió diciendo: "Fue un santo, un hombre maravilloso". Juan Pablo II aceptó su casco, el presidente de Francia le concedió la Legión de Honor y Nueva York le dio su nombre al tramo de una calle.
Visité su iglesia entonces, en el 144 West de la calle 32, entre las 6» y 7» avenidas, a la vuelta de Macy´s y a metros de la estación Pennsylvania y el Madison Square Garden. En ese momento hasta surgió una página en Internet con su biografía y su lucha no sólo por los bomberos, sino por todos los marginados, desde los pobres hasta los alcohólicos, sin olvidar los enfermos de sida.
La vida continúa
A fines de 2001, a pocas cuadras de las ruinas del World Trade Center, ya abrían los teatros. La vida seguía. Se mezclaban las risas de Broadway con el drama que continuaba en torno del llamado Ground Zero y los socorristas que tenían su refugio en la iglesia de St. Paul.
En cada viaje comprobé la recuperación de la zona. Primero, el subterráneo, sistema nervioso de la ciudad. Al mismo tiempo, Tribeca, donde Robert De Niro tiene su escuela de cine y varios restaurantes. Luego, el propio Wall Street, no sólo con sus finanzas, sino con sus tiendas, porque allí están las pichinchas, en Century 21 o Syms, para conveniencia de ejecutivos y turistas. Se construyeron hoteles nuevos, como el Ritz Carlton, y museos tan singulares como el de los Rascacielos. Toda el área desde Chambers Street hasta la punta de la isla se puso espléndida con el Battery Park cubierto por tulipanes. El Lower Manhattan está de última moda no sólo a la hora de hacer negocios, sino de pasear, comer, divertirse o dormir.
Volveré y seré dólar
No es la primera vez que Nueva York sale adelante. Allí comenzó la colonización europea con Giovanni da Verrazano (hoy el puente en que se inicia la maratón), Esteban Gómez y Henry Hudson. Los holandeses crearon un fuerte en 1625 y su pared, Wall Street. Luego los desplazaron los ingleses. En la lucha por la independencia George Washington sufrió una derrota inicialmente. Se conserva la Fraunces Tavern, de 1762, donde el general se despidió de sus oficiales prometiendo volver. Y lo hizo para jurar allí como el primer presidente de los Estados Unidos de América.
La Estatua de la Libertad vuelve a visitarse y a su lado, en la isla de Ellis, hay un impresionante museo dedicado a los millones de extranjeros que llegaron buscando pan, trabajo y esperanza. Igual que aquí, en nuestro Hotel de Inmigrantes.
Ahora se está discutiendo la construcción de las nuevas Torres en el lugar que ocupo el WTC. Mientras tanto la Gran Manzana, sin olvidar, avanza. Recuerda a sus héroes, policías y bomberos, pero más que placas crea becas para que los huérfanos estudien. Brotan parques, escuelas y hay una camioneta para pasear gratis por todo el Downtown hasta el South Street Seapoort. En el 25 de Broad Street, entre Beaver y Exchange, funciona un centro privado de información interactivo para conocer todos los datos que uno necesite sobre el barrio. Porque en este lugar comenzó Nueva York y nunca se detuvo.
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