

La Europa que conocimos ya pasó y la nueva está en borrador. De chicos bastaban los dedos de una mano para contar los países que nos eran familiares. Por sangre y los títulos de los diarios. Se peleaban esos pocos y hablamos de la Guerra Mundial porque tenía que intervenir Estados Unidos.
Ocurrió lo mismo con la Segunda y apenas se sumaban otros participantes: Japón, China y las prolongaciones bélicas en las colonias.
Luego de las masacres donde sufrían y morían más pobladores civiles que los soldados, un grupo de visionarios decidió apostar a la paz y formaron primero la Comunidad basándose en la economía. Por la plata bailamos todos.
Luego comprendieron que con la Europa chica no bastaba y fueron ampliando el club con reglas muy severas de cumplimiento obligatorio. Pertenecer no sólo tenía privilegios, sino ventajas y fueron sumando estrellas a sus banderas con la pasión acumulativa de Boca.
Por eso se fue pasando paulatinamente, pero a un ritmo creciente de los 6 fundadores iniciales a los 27 de hoy. Dejando de lado las marchas militares para cantar juntos la Oda a la Alegría, de Beethoven, sobre un poema de Schiller. Son todos los que están, pero no están todos los que son. Apenas la mitad de los países europeos forma parte de la Unión. Algunos porque prefieren mantener su independencia (Islandia, Suiza, etcétera.)
Y el proceso siguió con sus más y sus menos. La caída de la Cortina de Hierro multiplicó los aspirantes y el conflicto de los Balcanes, con sus heridas aún abiertas, los redujo. Con temas complejos como el futuro de Rusia para elegir entre su parte europea o asiática. O Turquía, que ya forma parte de la OTAN, aunque sólo el 3% de su territorio esté en Europa, mientras el 97% está en Asia cruzando un puente sobre el Bósforo. Tan estrecho que mide 32 kilómetros, menos que el Río de la Plata, que tiene 48 km en su parte más ancha.
Esta columna parece una asignatura pendiente de un secundario actualizado porque es un prólogo conveniente para hablar de oportunidades de viajar. Disfrutando más y gastando menos. Porque conocer es ver.
El catálogo se amplió y cuando aumenta la oferta se beneficia el consumidor. Que debe superar la rutina de lo habitual y entrar en lo diferente. Incluso es fácil confundirse, y hablo en primera persona. Hay Estados que tienen nombres parecidos y son muy distintos: Eslovenia, Eslovaquia, Estonia. Empiezan con la misma letra y están muy alejados en el espacio, aunque sean mayoritariamente católicos y tengan una raíz eslava común.
Si únicamente vemos los noticieros de TV no podremos contestar las preguntas simples como saber por qué la caída de los imperios Austro-Húngaro y Otomano al final de la Guerra del 14 modifica un mapa que todavía no se ha consolidado. En el último Mundial, el equipo de Serbia-Montenegro comenzó con una sola camiseta y terminó con dos países.
Al turista le interesa la paz y no la guerra, sin olvidarse de los buenos precios. Y esto se da en Europa. Lugares como Croacia y Eslovenia son destinos en alza, aunque todavía recuerdan el drama de la desmembración de los seis países que formaban la ex Yugoslavia. Si bien Croacia todavía no pudo ingresar en la Unión Europea, la atracción de sus playas sobre el Adriático, comparables con las de Grecia, seduce a muchos viajeros. Lo mismo que Eslovenia, con una capital de un nombre difícil de pronunciar para nosotros (Lujbljana), que físicamente está más cerca de Italia, Austria o Hungría que de Bosnia-Herzegovina o Kosovo.
Cosas para pensar y sacar cuentas, porque una cosa es el euro y otras las monedas anteriores que todavía están vigentes.
Por Horacio de Dios
almadevalija@gmail.com
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