
Créditos: Ohlalá
"Elemental, Watson", podría responder Sherlock Holmes ante la fiebre que despiertan las fantasías de El Código Da Vinci entre los turistas en París. A él le pasó lo mismo. El 221 b de Baker Street en Londres se convirtió en la dirección más famosa del mundo (aunque nunca existió fuera de las novelas de sir Arthur Conan Doyle, entre 1881 y 1904). Esta casa victoriana, otrora habitada por gente real que nada tenía que ver con ningún detective, tiene la placa azul que reserva la ciudad de Londres para sus personalidades.
Y dio lugar a una gran empresa creadora del museo (6 libras la entrada), un restaurante anexo ambientado en la misma época y todo tipo de artículos para los visitantes que llegan a la estación Baker del subterráneo en un barrio bohemio donde florecen los anticuarios. Por supuesto que también tiene su Web, aunque en los finales del siglo XIX apenas tenían teléfono.
Tampoco existió Superman. Lo que no impide que sean constantes las visitas al edificio de la calle 42, entre las avenidas Segunda y Tercera en Nueva York, para ver el globo terráqueo gigantesco en el vestíbulo del diario Daily News. Fue el que tomaron como modelo los dibujantes para el Daily Planet en el que trabajaban Clark Kent y Lois, en la esquina de la calle 5 y Concord, en la ciudad de Metropolis.
El hombre de la S en el pecho mantiene su fama y el negocio consiguiente, desde su aparición en las historietas en 1938. No se eclipsó su imagen en cine con la muerte el año último de Christopher Reeve. Hasta tal punto que el diario Chicago Tribune hace una encuesta para elegir quién es más importante: ¿Batman o Superman?
Salvando las distancias, porque la obra de Dan Brown es reciente, la promoción del Código... es apabullante y contagiosa. Unos dicen que es un Harry Porter para grandes y otros lo califican de irrespetuosa fantasía anticatólica. Ya se prepara la película con Russell Crowe mientras se vendieron 30 millones de ejemplares traducidos a 30 idiomas.
Pasear como detective
El principal escenario es nada menos que París. Lo que por sí solo vale un best seller. Y gira en torno de conjeturas sobre señales astronómicas, objetos con significados ocultos y las telas de Leonardo da Vinci, fascinante de por sí.
Largarse a buscar claves se transformó en un hobby al paso. Los que se animaron a leer las 527 páginas siguen las huellas de Robert Langdon y Sophia persiguiendo las 135 señales que recorren ciertas calles para marcar el primer meridiano de la Tierra entre el Sacre Coeur y el antiguo observatorio de París detrás del Jardin de Luxembourg.
Y pasean como detectives new age por muchos lugares, incluyendo el Palais Royal y sus pasajes. Un laberinto que apasionaba a Colette (que vivía allí) y Julio Cortázar, que lo usó en sus cuentos. En las veredas frente a la Comédie-Française sacan fotografías de la placa de bronce de Arago con las indicaciones del N y el S. Según el autor es un dato fundamental de la supuesta Rose Line. Algunos especialistas aseguran que esa línea no existió. Lo cierto es que el astrónomo Dominique François Arago asistió a la construcción del Observatorio de París, en 1672.
En el Louvre todo son conjeturas, desde la pequeña base de un metro sobre la que se asienta el vértice de la pirámide invertida de la entrada de Pei hasta La Gioconda que ahora está en su nueva sala.
Es más sugestivo el recorrido de la iglesia de St-Sulpice, frente al domicilio de Catherine Deneuve, y la primera sucursal de Yves St-Laurent en la Rive Gauche. En el templo que contiene grandes frescos de Eugène Delacroix hay objetos que según la novela tienen significado esotérico. En su historia tiene hitos reales, porque fue en su pila donde bautizaron a Baudelaire, y en el altar se consagró el matrimonio de Victor Hugo. Un cartel advierte a los fieles que nada tienen que ver con la supuesta Line Rose.
Mientras tanto está en auge otra manera de recorrer París que tiene defensores y críticos, pero que a pocos resulta indiferente.
Por Horacio de Dios
Para LA NACION
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