

Son ellas, en la mayoría de los casos, las que se preparan leyendo y subrayando guías, y hablando con los que volvieron de afuera para obtener presupuestos. Investigan sin dispersarse en Internet. Los e-mails que recibo, aunque tengan la dirección del marido, suelen estar escritos por las señoras, las hijas o las nietas. Con su habilidad para hacer varias cosas a la vez, lo que aprenden con su oficio de madres o abuelas, encuentran tiempo para ocuparse de todo. Siguen un camino crítico, cerrando etapas hasta culminar con el armado de las valijas. Se les complica un poco por los distintos criterios para el bolso de mano, que es siempre un tema aparte.
Hay prioridades claras: la atención en los hoteles, el silencio para descansar bien, la limpieza general y de los baños en particular. Les interesa más la comodidad del cuarto que la grandiosidad del lobby. En la familia tipo hay una clara división de responsabilidades en lo que no tiene precio y en lo que se puede pagar con tarjeta, que para eso está el marido. A menos que tenga el plástico auxiliar. En ese caso hará sus propios números, porque las cuentas claras conservan la amistad, más entre los esposos de ahora.
En grupo, pueden compartir un departamento y fijar los límites de privacidad. A la hora de comprar, comprenden que lo mejor es manejarse cada una por su cuenta y por la noche mostrarse recíprocamente sus hallazgos o probárselos sin pudor.
Viajar por cuenta propia es una buena opción; preparar su menú sin que nadie la apure cuando se detiene a mirar vidrieras, se queda demasiado en un museo o revuelve toda una tienda de lujo, sin comprar nada. Porque lo único que quería era sentirse bailando por un sueño.
Por Horacio de Dios
almadevalija@gmail.com
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