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Pídale diez deseos a Recife

En la Venecia de Brasil, dicen que al pasar bajo un puente se puede pedir que algo ocurra. Aquí, sugerencias para disfrutar de la capital de Pernambuco; arte, historia y vida de playa


Créditos: Ohlalá



RECIFE.- Conceder deseos es un viejo truco para atraer a turistas. Una fuente, una estatua, una cascada, pueden convertirse en lugares de congregación para visitantes esperanzados en busca del milagro, quizás a cambio, como mucho, de una moneda.
En el caso de esta ciudad de puerto y playa tras una barrera de arrecifes, la cuarta en importancia en Brasil (capital del estado de Pernambuco, con un millón y medio de habitantes), la cosa es así: hay que pedir el deseo en cuestión al pasar por debajo de un puente y gritar al mismo tiempo. La buena noticia es que en Recife hay unos cuarenta puentes, así que las posibilidades de que los sueños se realicen son claramente mayores que, digamos, en una ciudad con una única fuente de poderes sobrenaturales saturada de monedas y encargos en lista de espera.
Milagrosa o no, a Recife la llaman la Venecia de Brasil por su irregular trazado de ríos, islas y puentes. Y aunque la verdad es que nadie podría confundirla jamás con su supuesta doble italiana, esta ciudad sí es un fundamental polo cultural del nordeste brasileño con mucho para ver y experimentar.
Fundada en 1537, disputada por holandeses y portugueses, Recife probablemente no pueda garantizarle a nadie salud, dinero ni amor, pero, seguro, sí puede cumplirle estos diez deseos.
1. Bucear entre naufragios. Recife se jacta de ser la Capital del Buceo de Naufragios. Frente a sus playas hay más de veinte embarcaciones hundidas en una especie de parque temático para los adeptos a este tipo de buceo con algo de arqueología. Algunas de ellas fueron sumergidas intencionalmente justo para eso, para ser exploradas, de acuerdo con el Proyecto Mar, una iniciativa para formar arrecifes artificiales y también para incentivar el turismo.
2. Comprar y comprar. Ir de compras es algo cada vez más parecido en todos lados. Por eso, cuando se puede, vale la pena aprovechar para hacerlo en un lugar distinto, como la Casa de la Cultura de Pernambuco, de Recife, que tiene la particularidad de ocupar una antigua cárcel. Las celdas ahora son pequeños locales de artesanías, muchos de los cuales conservan sus rejas. Salvo la 106, de unos 2 x 3 metros, que se mantuvo intacta, hasta con las escrituras en las paredes dejadas por sus ocupantes originales. En los pisos superiores tienen sede el Centro Pernambucano de Diseño y, entre otras cosas, una sala donde aprender a bailar forró ( Para principiantes y tímidos , según el cartel).
Otro buen lugar para gastar reales en castañas de Cajú (13 el kilo) es el Mercado de São José, del siglo XIX. Típico centro de abastecimiento del nordeste brasileño, es generoso en olores, colores, sabores y personajes, que venden, compran o simplemente deambulan entre la pesca del día, la santería, las hierbas medicinales y los sombreros. 3. Comer bien. En plena reivindicación histórica de la gastronomía nordestina, Recife es un estratégico lugar para probar bolo de rolo o souza leão , especialmente en julio, durante el festival gastronómico Recife Sabor. No faltan restaurantes para elegir en la capital pernambucana, pero para empezar se puede recomendar Parraxaxá, que a la muy buena cocina típica le suma un contexto histórico y folklórico. Su nombre viene del grito de batalla de los cangaceiros , antiguos bandoleros cuya imagen se ve por todas partes en Recife, fácilmente identificables por sus grandes sombreros de ala. La ambientación también es típica del sertão (interior nordestino), incluyendo una cerca de troncos con cáscara de huevo en las puntas para repeler el mal de ojo.
4. Navegar. Si a Recife le dicen la Venecia de Brasil parece obvio que habrá que conocerla desde el agua. Los catamaranes hacen un city tour acuático bastante oportuno (si es de noche, mejor), incluso para los fóbicos a este tipo de paseos turísticos, para ver la ciudad desde una perspectiva distinta, pero esencial en la vida y la cultural locales. Así, en vueltas de poco menos de una hora por unos 20 reales por los ríos Capiraribe y Beberibe se pasa debajo de varios puentes (justamente la oportunidad de pedir deseos) cuya historia es también la historia de Recife. Como el puente Mauricio de Nassau, entre el Recife Antiguo y Santo Antônio, que recuerda al gobernador holandés que en el siglo XVII modernizó Recife.
5. Caminar por la arena. Recife tiene dos grandes playas: Boa Viagem y Pina. Son, claro, típicas playas urbanas brasileñas, con todo lo que esto implica (además, con nada sutiles carteles que advierten sobre la presencia de tiburones). Los que buscan la arena ideal no dudan en recorrer 60 kilómetros al sur hasta Porto de Galinhas, célebre modelo de playa pequeña con puerto de pescadores y posadas bien preservada. Unos 20 kilómetros de costa, piscinas naturales y conciencia ecológica.
6. Conocer la cultura. Recife es la Capital Multicultural de Brasil. Con origen portuario, cosmopolita, de los dominios holandeses y portugueses la ciudad conserva fuertes, iglesias y una arquitectura colonial diversa. La actividad artística, de la plástica a la música, es intensa e influyente a nivel nacional, con numerosos museos y galerías de arte. Con sus ocho pólos de animação , el Carnaval es uno de los más populares y participativos del país.
7. Escuchar buena música. El frevo es la música del Carnaval de Recife. Suena hasta junto a la cinta de equipajes en el aeropuerto. También el forró se escucha por todas partes en todas sus versiones, de la tradicional a la moderna, más o menos inspiradas. Lo tocan grupos de covers en bares y se escucha también en unas bicicletas con parlantes que circulan por ahí.
Pero la capital pernambucana genera música más interesante y contemporánea. Mezclando ritmos locales, como maracatu y ciranda, con hip hop, electrónica y otros géneros, artistas como Chico Science (impulsor del movimiento Mangue Beat, fallecido en 1997), Nação Zumbi, Mombojó y DJ Dolores han logrado que se hable de Recife como el polo más creativo de la música brasileña actual. Algunos de estos nuevos sonidos se aprecian de cerca durante el festival Abril Pro Rock.
8. Visitar a Brennand. Hay artistas que trabajan en su casa. A otros se los puede ver en su atelier. El escultor pernambucano Francisco Brennand, en cambio, tiene una fábrica completa para hacer lo que le gusta. A 15 kilómetros del centro de Recife, es la planta de cerámicas de su familia, que él continúa utilizando como tal, aunque mayormente parece que funciona como un gran museo (o templo) con cientos de obras propias en un marco monumental. Con la fertilidad como gran tema, Brennand, 79 años y todo tipo de anécdotas sobre su excentricidad, creó un mundo privado que vale la pena explorar. Si no quiere ir hasta la fábrica puede conocer su trabajo frente a la costanera del Barrio Recife, en el puerto, donde se colocó un obelisco suyo, de diez metros, en conmemoración de los 350 años de la reconquista portuguesa de la ciudad.
9. Acercarse a la literatura de cordel. Importada de Portugal, la literatura de cordel goza de buena salud en el nordeste brasileño, de Salvador a Maranhão. Es toda una industria editorial alternativa y popular que difunde pequeños libros en prosa o verso, usualmente romances que vienen de la tradición oral, ficciones más actuales o relatos pseudoperiodísticos. Estiman que se llevan editados unos 100 mil títulos, pero es imposible calcular la cantidad de ejemplares vendidos.
En Recife, en particular, la literatura de cordel se puede encontrar en el mercado de São José, en el Pátio de São Pedro y también por las calles en general, a precio negociable con el librero (que suele cargar un exhibidor con su stock justamente colgado de cordeles), pero que no debería superar los 3 reales. Para quien no lee portugués, el mismo formato y el diseño de tapa (normalmente, grabados) son motivos suficientes para volver a casa con un souvenir de cordel.
10. Irse de Recife. Pero no para volver a casa. De la capital de Pernambuco despegan los aviones a Fernando de Noronha, el codiciado archipiélago a 545 kilómetros y una hora y media de vuelo de la costa. Un paraíso del ecoturismo y el buceo.

Olinda, la que hace honor a su nombre

Iglesias barrocas y Carnaval en las calles
RECIFE.- Calles de adoquines donde no entran grandes vehículos, pequeñas iglesias, talleres de artistas con las puertas abiertas, músicos en las esquinas. El centro histórico de Olinda contrasta bastante con el transitado Recife turístico, a pesar de tratarse de dos ciudades, más que vecinas, casi siamesas.
Fundada en 1535 por el portugués Duarte Coelho Pereira, rica gracias a la caña de azúcar, Olinda fue capital de Pernambuco hasta un siglo después, cuando los holandeses la quemaron. Hoy Recife es la gran urbe y Olinda es una ciudad dormitorio, y un atractivo turístico por su colorido casco histórico (la Unesco lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad) y el Carnaval.
Por ejemplo, el Carnaval es famoso y muy distinto del de Río de Janeiro. En Olinda, la fiesta es callejera y abierta a todos. Los espacios VIP son básicamente las antiguas casas que se pueden alquilar (desde 2000 reales la semana, en esos días) para descansar después de bailar frevo todo el día.

Artesanías y sabores

La ciudad se despliega sobre una serie de colinas, por lo que sus calles suben y bajan, y en las partes altas, como junto a la iglesia de São Salvador do Mundo, se tiene una vista panorámica de Recife, sus playas y sus edificios, a no más de 7 kilómetros de los tejados coloniales de Olinda.
Las iglesias componen un circuito aparte. Hay unas veinte sólo en la zona antigua, la mayoría de estilo barroco y de los siglos XVI y XVII, como la de São Salvador, la de la Misericórdia y el monasterio de São Bento.
Todo un sector de Olinda, también en torno de la iglesia de São Salvador, es un shopping de artesanías, donde se venden dos collares por 10 reales, miniaturas en cerámica por dos y casitas en madera, casi coleccionables, con los vivos colores de Olinda por sólo una moneda.
Tanta caminata, compra y turismo sacro amerita una parada gastronómica. En la Rua do Amparo está uno de los restaurantes más interesantes del nordeste brasileño: Oficina do Sabor. Si la comida fuera pésima, igual valdría la pena: la vista desde la terraza del fondo revela una Olinda íntima que hace honor a su nombre. De todos modos, el trabajo del premiado chef Cesar Santos es contundente, empezando por unas calabazas rellenas con camarones o langosta y leche de coco... Tanto la Oficina como otros locales integran una promoción por la que pidiendo cierto ítem (unos 50 reales, para dos personas) del menú, el cliente se lleva a casa el plato.

Datos útiles

Cómo llegar

Con escala en San Pablo o Río de Janeiro, el pasaje Buenos Aires-Recife, ida y vuelta, cuesta desde 400 dólares más tasas.

Alojamiento

Frente al mar, el Recife Palace Hotel, cinco estrellas, ofrece paquetes de fin de semana desde 340 reales, con dos noches y desayuno.

Para hacer

Buceo de naufragios: mapa de barcos hundidos en Recife y más información en www.projetomar.com.ar .
Shopping cultural en Recife: Casa de la Cultura, Rua Floriano Peixoto s/n, Santo Antonio. Todos los días, de 9 a 19. Mercado de San José: Placa Don Vital s/n, San José. Lunes a sábado, de 6 a 18; domingo, hasta el mediodía.
Oficina Brennand: abre de lunes a viernes, de 8 a 17.

Dónde comer

Recife: Parraxaxá. Rua Baltazar Pereira 32. Tel. (81) 3463-7874. www.parraxaxa.com.br
Olinda: Oficina do Sabor. Rua do Amparo 335. Tel. (81) 3429-3331. www.oficinadosabor.com

Mas información

Comité Visite Brasil, embajada del Brasil en Buenos Aires.
Cerrito 1350, entrepiso
E-mail: turismo@embrasil.org.ar

En Internet

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por Redacción OHLALÁ!


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