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 • HISTORICO

Piriápolis, el balneario del porvenir

Fundada por el visionario Francisco Piria, la ciudad que encandiló con su esplendor, hoy seduce con playas, cerros e historia




PIRIAPOLIS.- Cuando supe quiénes anduvieron por aquí en otros tiempos le comenté a Agustina, mi esposa, que si los antiguos habitantes de esta pequeña bahía regresaran a la vida se sorprenderían de lo que un alquimista lleno de ideas revolucionarias pergeñó mucho más tarde con ella.
Charrúas y guaraníes dejaron vestigios de su presencia y buen gusto mucho antes de que los ojos perspicaces de Francisco Piria se dirigieran hacia estas latitudes. En una zona de 25 km de costa, con altísimos pinares y las playas más variadas, está enclavada la apacible ciudad de Piriápolis, famosa por un cerro a la vera de la playa y aguas color esmeralda.
Piria, nacido en Montevideo, fue un notable visionario que comenzó su actividad como vendedor al menudeo, pero su olfato comercial lo llevó a ser un industrial y hábil martillero y fraccionador de tierras. No obstante, en 1890, Piria fijó toda su atención hacia el norte cercano, en aquella bahía adornada con magníficos cerros. Pensó en una ciudad turística, un gigantesco hotel y un pequeño puerto. Hombre de vuelo muy alto, desde allí, como un águila, vio cosas que para ese entonces sólo alguien despierto y entendido podía observar. Cuando fundó el balneario de Piriápolis, lo bautizó El Balneario del Porvenir.
Piria fue iniciado a corta edad en los recovecos de la alquimia por un monje jesuita, su propio tío. Esta afirmación puede rastrearse en el diseño de la breve ciudad; el formato y lineamiento demuestran que conocía el marco geométrico con precisión de relojero.
Existen fotos que atestiguan el progreso de la ciudad, la visita de turistas que llegaban en barco y eran transportados en tren hasta el Argentino Hotel, frente a la Rambla de los Argentinos. Esta lujosa construcción fue inaugurada en 1930, y fue considerado el hotel más suntuoso en todo América del Sur.
A la izquierda del hotel, cruzando la calle, se levanta la colonia de vacaciones Dr. Emilio Oribe. Allí funcionó, inaugurado en 1905, y administrado por el propio Piria, el hotel Piriápolis. Detrás de este edificio de grandes proporciones está el museo La Asociación de Ferromodelistas Piriápolis, fundado en 1992, tristemente abandonado a su suerte por el intendente de Maldonado. Sobrevive con las contribuciones que los turistas dejan en una alcancía, y es atendido por la señora Azucena, con un profundo conocimiento de la historia de la ciudad. Vi exactamente la misma actitud, o peor incluso, con el antiguo hotel Suizo, en la base del cerro San Antonio. Un olvido más, y van? A este antiguo tesoro se le está volando el techo y el edificio está a merced de todas las alimañas conocidas.
A pesar de todo, siempre vuelvo a Uruguay, invitado por mis amigos del alma, los Toloza, los Valiente, los Quintana y los Piniero, gente más buena que el pan. En realidad, muchos argentinos y brasileños recalamos en las playas orientales porque no tienen comparación, en cuanto a belleza y tranquilidad. Hasta el día de hoy, no conozco a nadie que haya regresado a casa y le haya faltado alguno de sus bártulos. Es una buena señal no contaminarse con vicios argentinos.
Con respecto a los cerros, ya es la segunda vez -no creo que haya una más- que escalo el Pan de Azúcar con mis amigos. Recomiendo a los turistas jóvenes el ascenso a pie de este cerro singular, el más notable de Piriápolis. Un cerro menos importante en altura es el cerro del Toro, al que se puede acceder en auto. Luego de estacionar en un descanso, uno se encuentra frente a una escultura hecha en París por un discípulo de Rodin, La fuente del toro .
Pero a mí me atrapa el otro, el Pan de Azúcar, porque además del desafío de escalar entre grandes piedras y árboles se llega a la enorme cruz que estuvo a cargo de los arquitectos Alberico Izzola (hijo de Adela Piria) y De Armas, en 1933. El propósito es evidente: que la ciudad tuviera un mirador que abarque la observación de todos los cerros vecinos, la población, la playa en su totalidad y, a lo lejos, el blanquecino color de los edificios de Punta del Este. Esto no tiene mantenimiento alguno. Mi interpretación es que, desde que se terminó de construir, nadie jamás ha barrido este sitio. Queridos amigos, ¡Hasta la esfinge de Gizeh y la torre Eiffel necesitan mantenimiento!
Vuelvo a mi recorrido por la rambla, al minipuerto, a los pescadores que se toman el tiempo para explicar cómo y cuándo quitar las espinas, o en qué momento poner el ajo y las cebollas...
Me resta destacar el refinado gusto de Piria en la construcción de su castillo. A primera vista, la impecable fachada transporta a cualquier desprevenido turista a la antigua Bagdad. El castillo tiene ventanales enrejados, torres arábigas, modillones y matacanes blancos y marrones, con antiquísimas palmeras que lo acercan aún más al tema de Las mil y una noches . Inaugurado en 1897, desde 1979 se permite hacer visitas guiadas. El esplendor del castillo se mantiene intacto, como si su antiguo dueño se encargara personalmente de su mantenimiento. Don Piria fue, entre muchas otras cosas, un auténtico exquisito.
Por Huadi
De la Redacción de LA NACION

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