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 • HISTORICO

Por Estambul, en busca de mezquitas cristianas

En la gran ciudad turca a orillas del Bósforo un recorrido para visitar las antiguas iglesias bizantinas de antes de la era islámica




Estambul es la voz del imán antes del amanecer. También donde se destacan las mezquitas de las mil y una cúpulas, que rasguñan el cielo con sus minaretes.
Es el olor a castañas quemadas en los carritos de Sirkesi..., el trajinar de catamaranes por el Bósforo, el tranvía chirriando sus frenos en la bajada de Sultanahmet.
Estambul es Asia y Europa, Oriente y Occidente, velos y minifaldas, mezquitas cristianas e iglesias musulmanas, Santa Sofía con minaretes y Santa Irene con la media luna de Mahoma. Crisol de pueblos, crisol de historias, seducción y ensueño.
Estambul es la voz del imán descendiendo desde los minaretes. Antes de siquiera insinuarse el alba, el canto corta el silencio de la madrugada con alabanzas a Dios.
Desde Sultanahmet, en la punta del Cuerno de Oro, resuena el llamado que a la distancia otro imán responde. Las mezquitas están tan próximas unas de otras que es imposible saber de cuál viene el rezo, incluso si de la propia Santa Sofía, la primera gran iglesia de la cristiandad, devenida nuevamente en mezquita.
El canto quiebra el silencio de la noche y el bullicio del día: todo lo invade, lo atraviesa, lo abraza y lo abrasa. Es imposible abstraerse o no escucharlo. Su presencia es poderosa como su voz.
Bajo los últimos 500 años de vida musulmana, Estambul esconde una historia cristiana de 1200 años, iniciada cuando el emperador Constantino trasladó la capital del imperio romano a Bizancio en 324. La ciudad ya tenía 1000 años de plácida historia helénica para ese momento y había tomado su nombre del griego fundador, Bizas. Con Constantino pasó a ser Constantinopla y cuando los turcos acabaron con el imperio bizantino en 1453 ya sonaba Estambul entre su gente.
Descubrí Estambul buscando iglesias bizantinas. Iglesias que hoy son mezquitas o museos, a las que les cambiaron sus nombres, les sumaron minaretes a su construcción original, o que se transfirieron, en mínimo número, a la Iglesia Ortodoxa. Iglesias que están allí, al alcance de la mano, pero mimetizadas en nombre y geografía y difíciles de encontrar.
En esa búsqueda me perdí en los barrios, recorrí callejuelas estrechas y tortuosas, de casas descuidadas y despintadas, para volver en círculo al mismo punto de partida. Y a intentar, nuevamente de cero, otro camino.
Lo mismo pasa en Trebizonda, sobre el mar Negro. La intrincada geografía de estas ciudades antiguas o medievales, construidas en terrenos que sólo saben de planos inclinados, contribuye a ocultarlas al forastero.

Bienaventurada Madre de Dios

Fethiye no está tan lejos de Sultanahmet, el lugar más visitado de Estambul. Está en un barrio, hacia el Oeste, y ya nadie la reconoce como la antigua iglesia de la Theotokos Pammakaristos (Bienaventurada Madre de Dios).
Llegué a ella después de un peregrinaje de preguntas. En Turismo me indicaron mal el colectivo, no tenía la tarjeta magnética para pagar el pasaje, no sabía dónde bajarme y de mi afinado turco... sólo buenos días y gracias. Pero finalmente llegué al barrio y empecé a deambular por calles estrechas y en eses, con pendientes y subidas, con las casas tan abigarradas que no dejaban ver en el horizonte las agujas de los minaretes que supuse que le habían impuesto al antiguo edificio.
Tampoco el nombre turco ayudaba. Y mucha gente me indicaba el camino hacia otra gran mezquita otomana, Fatih. Pero finalmente, después de repetir 25 veces el nombre Fethiye, ahí estaba, al final de una calleja. Circunspecta y cerrada, consagrada al Islam y con la tabla de horarios de rezo titilando en una pared.
Fethiye perdió su nombre original en 1591 pero al conquistador turco le gustó la construcción y en vez de derruirla le quitó ábsides y arcadas, le agregó el mihrab orientado hacia La Meca y una madrasa para educar en la oración. Y la dejó en pie, ahorrándole los minaretes pero coronándola con la media luna musulmana.
Así, la iglesia de la Theotokos, consagrada al cristianismo en 1292, trescientos años más tarde se convirtió en mezquita. Pero su fina arquitectura y mosaicos del período bizantino tardío la salvaron de un injusto final.
No obstante, el miércoles no era el día. La iglesia-mezquita estaba cerrada, así que, con desilusión, el Pantocrátor de la cúpula principal y los mosaicos por los que los artistas bizantinos se hicieron célebres hasta en los confines del imperio, quedaron para otro viaje.

Segundo intento

Reanudé mi peregrinaje en busca de otra antigua iglesia, doscientos años más antigua, del 1085, más pequeña y difícil de encontrar. Otra obra maestra sobreviviente de la época en que esta tierra era cristiana.
Venciendo lentamente la inquietud de caminar por el hormiguero humano que es un bazar, me metí en la corriente. El primero era una feria de alimentos, con pilas de verduras desplegadas con esmero sobre tablones y mesas. Parvas de perejil y de chauchas conviviendo con castañas y pescados mientras la frescura de tomates y pepinos perfumaba el aire. Cuadras y cuadras de un mercado vibrante, lleno de velos y pañuelos, con hombres atareados que salen de los barcitos llevando sus bandejas con el infaltable té.
Al mercado de alimentos le sigue, por ahí cerca, uno de ropa y accesorios. Todo lo que el humano puede imaginar está ahí. No es necesario ir al Gran Bazar o al de las Especias para encontrar lo que se busca. Las parvas de alimentos se convierten en parvas de ropa, carteras, bolsos, alfombras, pañuelos, cacerolas, jarras... la oferta completa de lo que el hombre produce sobre la faz entera de la tierra.
Deambulé curiosa entre colores y olores y seguí sin rumbo. El objetivo del día era Fethiye, el resto de la jornada no tenía destino. No tenía GPS, mis mapas eran poco detallados y las calles siguen siendo tortuosas y en sube y baja, así que la posibilidad de que encuentre a Esqui Imaret eran nulas. Me dejé llevar primero por la marea humana y después simplemente por la calle en bajada. Sé que no estaba lejos, pero si tan difícil fue llegar a una construcción enorme como Fethiye ¿qué posibilidades tenía de encontrar Imaret sin siquiera la dirección precisa?
Ya no pregunté más. Sabía que es una iglesia/mezquita chica. Intenté por un par de calles sin resultado. Seguí caminando. Los nombres no me decían absolutamente nada y no se correlacionaban con los del mapa. Me deslicé en la profundidad de un barrio que parecía en un domingo por lo desierto.
De pronto, la calle se volvió curva y se produjo el milagro. Ahí estaba, Tenía que ser Esqui Imaret. Sus muros de ladrillos son muy antiguos, ese edificio no nació mezquita. Es. No lo podía creer. La antigua iglesia de Christos Ho Pantepoptes, el Cristo que Todo lo Ve, ante mis ojos, contenida por rejas, en un espacio minúsculo y sin un atisbo de las glorias pasadas.
En el momento en que llegué, el rezo brotaba por los altoparlantes. ¿Sería una bienvenida para mí, cristiana? Crucé la reja y me deleité recorriéndola por fuera en detalle. Pero sólo la mitad del edificio. Encajonada como está entre las casas sólo se ve una parte, y no se puede tomar una foto que la muestre entera.
Me asomé al interior. Al fondo vi un grupo de hombres haciendo sus abluciones. Me quedé afuera, esperé unos minutos. En la primer salita había un chiquito, le hice seña si podía entrar. Se encogió de hombros y me contestó en turco que, obviamente, no entiendo. Me quité los zapatos a la usanza islámica, única posibilidad de entrar en el edificio, y me quedé absorta mirando los techos despojados y blancos e imaginando historias. El dintel de una primera puerta interior, de madera, denota su antigüedad. Tal vez no tenga los 1000 años de la iglesia, pero es muy antiguo.
Este edificio es considerado el único ejemplo en Estambul de una iglesia del siglo XI que sobrevivió intacta, a pesar del expolio de los cruzados que en 1204 la despojaron de todas sus reliquias y tesoros artísticos.
Esqui Imaret se ve antigua pero no milenaria, sin ninguna cruz que delate su pasado cristiano y con un minarete enorme injertado en un lateral.
El rezo islámico prosigue y no sabía cuánto duraría. Así que salí, todavía aturdida e incrédula ante el inesperado encuentro. Y en medio de mi ensoñación, sin darme tiempo a despertar, vislumbré la tercera, Zeyrek, otra joya del pasado bizantino convertida en mezquita, a la que también, curiosamente, la pienso con su nombre turco.

Tenía que buscarla

Afuera, ya en la calle, dos mujeres con sus clásicos pañuelos, muy mayores, una toda de negro y sentada en un escalón, conversaban animadamente. Me atreví y les pregunté, mostrándoles el mapa. "¿Zeyrek?". Es mi única forma de comunicación. La palabra clave, el mapa y una sonrisa. Una de ellas me indica el pasaje que ya había visto detrás de Esqui Imaret y más zigzagueos.
Volví a pasar por el patio y vi que el rezo había terminad. Salió todo el mundo. La tentación, enorme. Me cubrí la cabeza y entré nuevamente. Le hice seña a uno de los hombres si me permitía pasar. Primero me dijo que no, le insistí, que sólo quería ver. Accedió. Y ahí estaba. Bajo una cúpula austera de 1000 años. Con la barandita típica de tantas iglesias católicas en la altura, descascarado el techo, sin más adorno.
Es una mezquita pobre, de barrio. El mihrab de madera, sin ningún tallado para admirar. Nada que la destaque como uno de los edificios cúlmines de la arquitectura bizantina del medioevo tardío, sólo un mínimo cartel: Esqui Imaretiatik Camii 1085-1090 (la vieja mezquita del comedor)
¡Cuánta historia pasó ante estos muros! ¡Cuánta sangre se vio correr desde este lugar! De cristianos entre cristianos y luego de cristianos a manos de musulmanes cuando cayó la ciudad.
Me quedé unos momentos, absorta ante estas paredes blanqueadas y viejas, sin mosaicos dorados ni frescos vívidos. Sólo la luz de la media tarde que blanquea el blanco.
Los hombres se olvidan de esta presencia extraña. Pero no prolongué mi permanencia en demasía. Agradecí la gentileza y seguí camino. Embriaguez extraña de historia y de cultura tras años de contemplar esos mismos muros en los libros.
Esqui Imaret fue una emoción, un sentimiento, un recuerdo de otras vidas. Como la primera vez que atravesé la puerta de Santa Sofía, por el mismo lugar por el que durante mil años pasaron los emperadores rumbo a su coronación.

El Cristo Pantocrátor

Caminé pero absorta en mi realidad de ensueño bizantino, perdida en mis pensamientos. Tomé el pasadizo que me indicaron en busca del Monasterio del Cristo Pantocrátor, consagrado en 1136 y transformado posteriormente en mezquita y madrasa, en Zeyrek.
Hace años llegué hasta por allí, pero estaba cerrado y en restauración. Pasan los años y los viajes y sigue en restauración... Unas pocas fotos de afuera esquivando andamios, y la maravillosa terraza con vista a la colosal mezquita de Suleimainiye en la colina de en frente, destinada a opacar todo a su alrededor.
Zeyrek, el antiguo monasterio, desde afuera se ve más joven que Esqui Imaret pero no lo es por mucho. Son tres las iglesias que integraban el complejo, y estaban decoradas con mosaicos y mármoles de vetas poco comunes. Luego dos de ellas se unieron a través de un mausoleo que se construyó en el medio, para eterno descanso de los emperadores que la consagraron.
Pero setenta años después de su apertura llegaron los guerreros franceses, alemanes e italianos que iban a liberar el Santo Sepulcro en Jerusalén y apenas el edificio dejaron en pie. Fue la audacia de los venecianos la que arrancó los paneles de la parte más sagrada de este templo, el iconostasio, y se los llevaron para adornar su iglesia, San Marcos de Venecia. Allí están y los admiramos como la Pala de Oro sin saber que su origen fue esta monumental iglesia de Estambul.
El día se terminó con cierta melancolía por el glorioso pasado sepultado.
Caminé abstraída del bullicioso entorno de las 6 de la tarde con mis pensamientos deambulando un milenio atrás. Le había arrancado varios secretos a Estambul, pero quedan muchos más. Esta ciudad que todo lo envuelve con su exotismo, también envuelve a las viejas iglesias y apenas las seguirá mostrando a los perseverantes que se empeñen en sumergirse en un viaje al pasado por los laberintos de sus calles y de su historia.

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