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 • HISTORICO

Primer turista




Mi auto no tiene aire acondicionado. Lo recuerdo con hastío y resignación cuando los 50 grados de sensación térmica me ahogan en plena ruta 2, a las tres de la tarde. Arrepentido de salir a los caminos un 31 de diciembre, sobre todo en el momento en que, pasando Etcheverry, el mecánico me recomienda no ir a más de 60 kilómetros por hora. "Te va a seguir calentando...", vaticina con una media sonrisa casi perversa, tanto o más que los 73 pesos que me exige por el arreglo. "Es un robo", protesto. "No se caliente -ironiza-; bastante tiene con la temperatura del auto. Je"
El camino está despejado y suena por tercera vez "New York, New York" en mi estéreo. La voz de Sinatra suena gastada ya desde el único cassette que llevo encima. "Quiero despertar en la ciudad que nunca duerme", se va ralentando la voz del viejo Frank. Es lo último que dice. La cinta frena y queda enganchada en el reproductor. El tironeo es infructuoso. Al sacar el cassette, la cinta se ve como un spaghetti que sale del agua hirviendo. Es el final de La Voz.
Unos amigos me esperan para cenar en Mar del Plata, pasar el fin de año en Playa Grande y luego comenzar las vacaciones. Quiero avisar que llegaré a una hora incierta. Que tal vez la transición del calendario la afronte sobre el asfalto. No puedo: el teléfono celular no tiene señal.
Me siento un poco tenso. El sol va desapareciendo y mi malhumor intenta encontrar bálsamos en pensamientos positivos: "Cuando llegue todo será distensión"; "cuando llegue, sólo mar y arena"; "cuando llegue..., ¿llegaré?"
La noche es profunda. Tengo la pierna derecha acalambrada por sostener el acelerador en la misma posición: no puedo pasar de 60. Entonces bajo la velocidad, para descansar las articulaciones: voy a 40, a 35, a 20, subo a 50. Me deprimo pensando en la soledad de los camioneros, que deben transitar horas sobre el vehículo; me entusiasmo al compararme con Kerouac y su delirante periplo por las rutas de Estados Unidos. ¡Me siento un beatnik! Pero... estoy yendo de Buenos Aires a Mar del Plata, uno de los viajes más simples y menos aventureros del mundo.

Sin batería

Necesito escuchar música. Empiezo a susurrar alguna canción, de pronto me encuentro vociferando un estribillo. Me avergüenzo y callo. Me detengo en Camet, cargo 20 pesos de común y le echo agua al radiador por decimoséptima vez.
Miro la hora en mi celular, pero se quedó sin batería. Me imagino que la medianoche está al caer. Mar del Plata está a unos pasos. De pronto, una camioneta se pega atrás mío, me hace señas frenéticamente con las luces para que me haga a un lado y me rebasa de mala manera, entre gestos descalificadores. Cansado, fastidioso, exasperado, olvido las recomendaciones del mecánico y acelero para alcanzarla y recriminarle su acción al conductor.
Casi llego, pero el tipo vuelve a encerrarme y me deja atrás. No por mucho, pues un control policial lo detiene a los pocos metros. Llego detrás suyo y freno con vehemencia. Tanta, que bajo con la palanca del freno de mano... en la mano.
Al acercarme para reforzar el argumento de los oficiales, un policía le dice al conductor de la camioneta:

-Felicitaciones, amigo, felicitaciones.

Detrás del agente, aparecen dos señores de traje, más policías y una señorita en traje de baño, con una corona y una banda.
"¿Usted viene con él?", pregunta el agente, un sujeto de gestos exagerados y manos gordas. "No, yo..." "Entonces felicítelo, amigo -interrumpe exaltado, y empuñando una botella de ananá fizz-. Es la cero hora, cuatro minutos. ¡El hombre es el primer turista del año!"
Entre abrazos y brindis el tipo de la camioneta recibe una gran canasta con productos comestibles, entradas para el cine y el teatro y otros beneficios.
"Bueno, amigo, no se amargue", me dice el oficial, tras la ceremonia, y vocifera: "¡Che, acá está el segundo turista del año!" "¡Ja! Decile que la próxima vez salga más temprano", contestó un gracioso al que no pude identificar.
"Bueno, amigo, no se amargue", insiste la voz del policía detrás mío, mientras una rafaga de vapor del radiador me quemaba el brazo. "Qué va cer, la próxima calcule mejor. Mire, yo tenía un amigo, el Rengo Lito, flor de atorrante. Creo que fue para el fin de año del 87, salió de la ciudad poco antes de las 12 de la noche. Pegó la vuelta y se quedó con el auto, medio escondido. Cuando dieron las 12, se mandó y llegó primero. El vivía en Mar del Plata, pero tenía domicilio en Adrogué. Las autoridades se enteraron del fraude tres días después, pero no pudieron hacer nada. ¿Cómo hacían para encontrar al que entró segundo y darle los premios? Por las dudas, déjeme sus datos. Vamos a investigar al tipo este, a ver si resulta que es un piola que vive a dos cuadras de la Bristol."
"Tome, amigo", dice, y me entrega un volante. Publicitaba un parripollo en Mar Chiquita. "Es de mi cuñado. Si anda por ahí, no lo dude: vaya de parte mía. Cabo Jorge Godoy. Que siga bien, amigo."

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