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¿Quién dijo que Darwin y Fitz Roy lo pasaron bien?

Un argentino indagó la vida en la Patagonia de estos dos exploradores




Desde hace tres años, Gerardo Bartolomé viaja al pasado. Sin pócimas ni palabras mágicas, este ingeniero civil de 43 años descubrió que para hacerlo sólo hay que buscar una buena historia y salir a su encuentro.
Transcurría fines de 1831 cuando el H.M.S. Beagle, barco exploratorio de la flota inglesa, zarpó en lo que fue su segundo viaje alrededor del mundo. Con el capitán Robert Fitz Roy al mando relevó, durante cuatro años, puertos comerciales y lugares nunca visitados, que luego fueron inmortalizados en mapas.
En el bergantín viajaba un joven que, décadas después, revolucionaría al mundo con su concepción científica sobre la evolución de las especies: el naturalista Charles Darwin, que durante el recorrido recolectó gran parte de lo que fueron las pruebas fundamentales de su teoría.
Bartolomé se apropió de esa historia. Mientras devoraba los libros con las crónicas de viaje de los tripulantes, cada detalle acrecentaba su necesidad de revivirla. "Me seduce reconstruir e imaginar las situaciones, y para eso empecé a ir a todos los lugares donde estuvieron -dice a LA NACION-. La expedición del Beagle está tan documentada que hace más fácil imaginar y revivir los hechos."
Por medio de una familia amiga que tiene una biblioteca digital de libros antiguos accedió a la información de las coordenadas donde el barco inglés realizó sus escalas, las cargó en su GPS y salió en su búsqueda.

Margen de error

Si bien la mayoría de los datos tienen un error de medición de un 1,5 kilómetros de promedio, los dibujos y detalles de los relatos lo guiaron para encontrar los sitios. Así llegó al primer lugar en el que Darwin descubrió fósiles de animales extintos: en Punta Alta, cerca de Bahía Blanca, mientras el barco descansaba en lo que hoy es la base militar Puerto Belgrano; y en Pehuan-Có, donde quedó varado por tres días a causa de una tormenta que lo obligó a comer gaviotas para subsistir.
Allí estuvo Bartolomé, aunque su menú haya sido otro. Sabe cada detalle de aquellos viajes y con amigos o familiares que lo acompañan juega a reconstruirlos. Saca fotos que, digitalizadas, reproducen los dibujos que en aquella expedición realizaba el artista Conrad Martens para entregar al almirantazgo inglés como prueba de haber pasado por allí.
"Es genial ver los lugares descriptos y dibujados por gente hace 200 años y ver cómo están ahora", dice Bartolomé, mientras muestra las fotos que tomó, entre otros sitios, de las islas Galápagos, en Ecuador, o de Punta Quilla, donde el Beagle debió ser arreglado. "Algunas fotos están iguales que los dibujos, como el Basalt Glen, en Santa Cruz, mientras otras, como en Puerto Belgrano, son muy diferentes", cuenta.
Durante los dos años que duró el recorrido de los expedicionistas por el territorio argentino, uno de los viajes más interesantes fue el que hicieron, cuesta arriba, en 1834 por el río Santa Cruz, en la Patagonia. Por tres semanas, la tripulación se dirigió hacia sus nacientes, pero por falta de alimentos debió volver sin descubrirla y sin saber que estuvo a sólo una hora y media de caminata.
En una especie de homenaje a aquellos viajeros, 169 años después, Bartolomé, con cinco amigos entre los que se encontraba su suegro, el escritor Aníbal Ford, recorrió durante seis días los 300 kilómetros de agua. La isla de los Leones Marinos, el Condor Cliff, el Basalt Glen, como cada uno de los altos realizados por la vieja tripulación fueron fotografiados. E incluso en el último Western Station dejaron una placa en su honor.

Descubrimientos y debates

Desde ese último lugar, con la ayuda de un teodolito, Fitz Roy había bautizado a algunos de los cerros de los Andes que aún mantienen sus nombres: el Castillo; un poco más al Sur, una montaña triangular con un pico levemente torcido a la izquierda, el Hobbler Hill, y más al Sur, el Stokes, en honor a su asistente cartográfico.
Un año después de su expedición por el río, Gerardo volvió al lugar con su amigo Fabián Zamponi, otro apasionado por la historia. Allí descubrieron que luego del Beagle algo debió haber pasado: el actual monte Stokes no era aquel que Fitz Roy había denominado.
Bartolomé regresó a su casa y se puso a bocetar un libro que contiene las respuestas: la novela histórica La traición de Darwin , editada por Zagier & Urruty en noviembre último. Pero también surgieron más preguntas que generaron un debate acerca de la veracidad de los hechos en el foro de su página de Internet ( www.latraiciondedarwin.com ).
"Hago las cosas a medida que me van gustando. Ahora quiero escribir otro libro con la historia del peritaje que hizo Moreno -cuenta Gerardo, que descubrió la escritura literaria después de estos viajes-. Además, quisiera encontrar algunas de las botellas o placas que dejaban los del Beagle. En el Cabo de Hornos hallaron una hace tres años", dice esperanzado y con ganas de superar los 25.000 kilómetros que lleva recorridos en este juego.
Por Alicia Beltrami

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