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 • HISTORICO

Rasguños en la piedra

El Barrio Histórico de Colonia es un paseo obligado




COLONIA DEL SACRAMENTO, Uruguay.- Diversas tonadas, idiomas lejanos, actitudes distintas. El mundo de los ciclomotores, de las bicicletas, de los vehículos más extraños. Son algo más de 27 manzanas irregulares que durante los fines de semana y feriados concentran una multitud.
Es el Barrio Histórico. Fotografiado hasta el cansancio. Modelo irrenunciable de los estudiantes de fotografía; telón de fondo para el retrato de los enamorados, de las familias.
Es archiconocido. Todos transitan por la puerta de campo y el puente que se erige sobre el foso; trastabillan subiendo y bajando la calle De los Suspiros; se pierden entre las ruinas del convento de San Francisco, que desde 1857 tiene, como agregado, la torre del actual faro, y terminan visitando la iglesia matriz.
Cada uno de los museos (Portugués, Español, Municipal, del Azulejo, por ejemplo) ubica y alecciona al visitante nutriéndolo de tal forma que le saca más provecho a su tránsito por las calles adoquinadas.
Son más de veinte los lugares de interés, pero muchos pasan inadvertidos, justamente por el carácter de turismo de fin de semana que tiene Colonia, como si fuera la inescrupulosa visita a un familiar lejano.

Lejos del olvido

Está sólo a 5 kilómetros del Barrio Histórico, pero es el otro extremo de la ciudad. Es el Real de San Carlos, el lugar que empezó a levantarse a principios de este siglo como complejo turístico gracias a la mirada del argentino Nicolás Mihanovich. Allí están agrupados el frontón de pelota Euskaro, inaugurado en noviembre de 1910; la morisca figura de la Plaza de Toros, del mismo año y cerrada en 1912 por decreto del gobierno; el hipódromo, de 1942, y el anexo del hotel, que funcionó hasta 1917 y que hoy está prácticamente reciclado para otros fines.
Por la avenida Lorenzo Latorre está la pequeñísima iglesia de San Benito, de mediados del siglo XVIII.
Conserva partes de su estructura original, de 1761, de piedras, ladrillo de adobe y barro. Su techo es un encofrado de madera que cubre los 22 metros de largo por 8 de ancho.
Tiene sólo lo necesario para que el pueblo profese su fe. El Vía Crucis es el mejor ejemplo: cruces de madera con imágenes que parecen surgidas de las estampitas. Con eso alcanza.
Una cruz hecha con dos ramas de madera clara sostiene a Jesús.
En el púlpito, toda la bonanza de San Benito, el santo negro, puede apreciarse en una imagen despojada de ornamentaciones lujosas.
No sólo vale la pena visitarla, es bueno dejar una ofrenda para las reparaciones que se encaran.

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