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Recorrer Europa sin euros, una tentación

En los países que aún mantienen su moneda, los precios no sufrieron el efecto alcista




Uno no puede dar una propina en pesetas, francos, liras o marcos en un hotel o un bar de Europa occidental. No se la aceptan ni por casualidad. Hasta lo podrían tomar mal.
Nos indican, de buena y a veces de mala manera, que llevemos las monedas a un banco porque desde 2002 lo único que ahí se acepta es el euro. Las viejas monedas ahora son poco más que una curiosidad numismática. Por lo menos en la mitad de los países que pertenece a la Unión Europea, aunque la otra mitad todavía conserva sus monedas nacionales.
Sin embargo, la nostalgia de aquel dinero en desuso es tan fuerte que, en cada adición o ticket del supermercado en Madrid o París tienen que agregar el equivalente en la ex cotización. Es una manera de ayudar a sus compatriotas, sobre todo la gente mayor, a hacer sus cuentas sin caer en la abstracción de la moneda común que, insisto, es la única de curso legal.
Mucha gente, a pesar de la excluyente vigencia del euro desde hace cinco años, sigue pensando en pesetas. Todavía algunos son capaces de hablar en duros (equivalente a cinco pesetas) y no se olvidan de las perras gordas , los centavos, que se nombraban en las zarzuelas o las viejas películas españolas.
Basta apelar a nuestras experiencias no tan lejanas cuando desaparecieron los canarios del peso moneda nacional. Y surgió el peso ley 18.188, y hablamos de lucas o fragatas antes de llegar al billete récord de un millón de pesos. Pasando después por el efímero austral, que nació valiendo más que un dólar hasta llegar a la convertibilidad perdiendo muchos ceros.
Era difícil manejarse con ese lío. Por eso los chicos la hacían corta y hablaban de "un marrón" y no aceptaban patacones.
Las cosas tienen un ligero parentesco en el resto de Europa, en los países que defienden su estabilidad y respetan las paridades cambiarias, pero aún no terminaron sus deberes presupuestarios para ingresar en la zona del euro.
Este es uno de los ingredientes que me incentiva a aprender de la nueva Europa: Croacia, Eslovenia, Polonia, Eslovaquia, etcétera. Ahí todavía podemos convivir con un sorprendente popurrí de billetes y monedas más débiles.
Recorrer Europa sin euros es una tentación para viajar disfrutando el doble y gastando lo menos posible, aunque sin soñar en la quimera de ese hotel bien ubicado, cómodo, simpático y barato.
Hay que pensar poniendo en segundo plano el euro o el dólar, los que predominan en el circuito hotelero internacional, y buscar el mundo de los residentes. Igual a lo que hacen los viajeros de menores recursos en Buenos Aires, o el resto del país. Una cosa son los valores en la feria del barrio y otra en una boutique bilingüe. No es una tarea simple, pero no hay nada fácil que valga la pena. Por algo las mujeres fáciles, en el caso de que existan, tienen mala fama...
Con el euro los precios se redondearon hacia arriba. Nadie, salvo los santos, que no abundan, redondea para abajo. Los mismos residentes sufrieron en los rubros donde compiten con los visitantes un aumento de un 15 o 20 por ciento. En cambio, en los países que aún se manejan en su moneda (kunas, tolar, dinar, sloty, coruna, kroon, coronas, etcétera), hay que calcular ese descuento a favor, siempre que uno no ande disfrazado de turista rico.
Al tomar un ómnibus, comer en una fonda del pueblo, ir a un concierto, recorrer un mercado, hay que aprender el valor de las monedas de metal, no sólo de los billetes. De paso vamos a convivir en su salsa con la propia gente en un universo tan fascinante como es la otra Europa , la que está creciendo a su propia manera.
Por Horacio de Dios
almadevalija@gmail.com

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