
De chica fui bastante Susanita.
Tenía amigas que soñaban con recorrer Europa, de mochileras.
Tenía otras abocadas a sus orientaciones profesionales. Esas que desde los 5 años saben que quieren ser veterinarias, ponele.
Estaba también las deportistas, que se ponían contentas cuando había educación física y se federaban en hockey, voley o tenis.
Yo no, yo siempre supe ciertos asuntos, como que no quería ser ama de casa. Cosas así.
Nunca concebí el cocepto del hombre como proveedor de dinero y la mujer como ebcargada del orden y la limpieza.
Pero los hijos siempre estuvieron en la foto a la hora de imaginarme el porvenir.
Y el marido, claro.
Siempre dije que lo primero que le miro a un hombre, son las manos y la forma de su mandíbula.
Pero claro, llegó Nicolás con un par de faroles y no pude más que elegirlos.
A veces, ya lo saben ustedes, lejos estoy de idolatrarlo.
Otra, lo odoro.
Pero de lo que me di cuenta últimamente, es: Este hombre, además de trabajador, buenmozo y simpático, tiene una virtud impagable:
ME SOPORTA A MÍ.
Y eso, amados lectores, NO ES POCA COSA.
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