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 • HISTORICO

Rosana Fuertes en León




La adrenalina no ha escaseado en la última década de Rosana Fuertes. En los años noventa se fue de su Mar del Plata natal y se instaló en Buenos Aires. En 1997 ganó uno de los subsidios de la Fundación Antorchas y un año antes, cuando todavía no se podía ir del hospital porque acababa de tener un hijo, le llegó la carta que le anunciaba que había ganado la beca Guggenheim.
Dos de las tres obras que presentó como proyecto fueron expuestas en la Fundación Banco Patricios y en la Galería Ruth Benzacar. Hoy, Rosana F. trabaja en la tercera, una instalación llamada Un décimo de treinta mil que consiste en tres mil piezas pintadas a mano en las que el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo es figura central.
En el principio de toda esa serie, a fines de los años ochenta, hubo uno de esos viajes pensados como acertijo: la vuelta al lugar de los ancestros que indefectiblemente aporta claves, sugiere pistas en la quimérica tarea de develar las intrigas familiares.
Rosana F. viajó a la provincia de León a buscar el pueblo del que su abuelo se había ido para siempre a los 18 años.

La pesquisa

"España y toda su mística siempre estuvieron muy presentes en mi vida, siempre fue alto el componente español. Aun así, inexplicablemente, nadie de mi familia volvió al lugar del que vino mi abuelo -que tuvo once hijos en la Argentina- y, lo que es más, todos sabían que había venido de algún lugar de León, pero nadie podía proporcionar el nombre exacto del pueblo."
La pesquisa inicial partió de un documento borroso y de una carta vieja que terminaron coincidiendo en un nombre -Veguellina de Orbigo-, y se inició en la ciudad de León. Rosana F. y su marido, que también estaban en viaje de bodas, llegaron a la estación de tren cuando empezaba a amanecer. Lo primero que percibieron, además de la impresión de desmesura que provoca la combinación de estaciones desconocidas, fue un negocio al otro lado de la calle en el que se leía Almacenes Fuertes . Lo que parecía una señal demostró ser una pista falsa: Rosana F. supo entonces que su apellido es uno de los más populares en León.
"Vimos un poco de ciudad, visitamos esa catedral gótica increíble y pronto estuvimos listos para seguir. Decidimos tomar un micro hasta Veguellina de Orbigo, mi único dato concreto. Había un solo micro que hacía ese trayecto en el día y ni bien nos sentamos nos dimos cuenta de que estábamos sumidos en una escena de lo más familiar.
Todo el mundo conocía a todo el mundo y rápidamente nos incorporaron. Hacia el final del viaje el resto de la gente estaba tan compenetrada como nosotros en la búsqueda; nos daban datos, suposiciones, nombres.
"Cuando llegamos al pueblo localizamos rápidamente a una familia Fuertes. Nos recibieron muy bien, pero con el correr de las horas todo lazo de parentesco había sido borrado por las constataciones. Nos dieron un dato, sin embargo. Creían que en Seisón de la Vega, un pueblo que quedaba a seis kilómetros de ahí, había un Fuertes que podría tener relación conmigo."
Estos parientes apócrifos llamaron por teléfono a uno de los tres taxistas con que contaba el pueblo para que los llevara hasta Seisón, y a partir de allí la mujer del taxista hizo una de esas reconstrucciones genealógicas que sólo la memoria gestada en largas siestas pueblerinas puede llegar a almacenar. "Llegamos a Seisón de la Vega y descubrí que se trataba de cuarenta casas ubicadas a los lados de una gran calle central y a la vera del río Orbigo. Cuando el taxista se detuvo donde todo le indicaba que vivían mis parientes, me dio una extraña mezcla de incógnita y de miedo, de encontrar algo tan propio y ajeno a la vez. Por otra parte, el hecho de que yo quisiera encontrarme con ellos no tenía por qué implicar lo mismo al revés.
"Abrió la puerta una señora y el taxista se encargó de las presentaciones. Vi que detrás de ella había un señor con lágrimas en los ojos y supe pronto que se trataba de uno de los sobrinos de mi abuelo. A partir de ahí empezaron a sucederse un montón de cosas.
"La hospitalidad con que me recibieron no tuvo límites. Empecé a ver por allí fotos de mi familia argentina, y entonces me contaron que mi abuelo solía mandar cartas y cajas con ropa y comida.
Este hombre me contó que su padre, hermano de mi abuelo, se encerraba solo en un cuarto cada vez que recibía una de esas cajas. Hay siempre un trasfondo doloroso en todas estas historias, y creo que fundamentalmente por eso mi abuelo no volvió nunca, ni tampoco sus hijos.
"Todos allí siguen trabajando en el campo -en los alrededores hay sobre todo grandes plantaciones de lúpulo- y las casas siguen respondiendo a un diseño típico de estos pueblos: el galpón abajo con heno y gallinas rondando, y la vivienda arriba. Una vez por semana pasan el verdulero y el carnicero.
"Ellos preparan cosas deliciosas que no dejaron de ofrecernos: chorizos caseros y vino patero. Con lo único que no pudimos comulgar fue con la sopa de ajo que preparan para el desayuno, aunque se veía tan bonita en esos tazones de barro." Para recibir el 2000, Rosana F. piensa volver a Seisón de la Vega; esta vez también con padre y madre. Aunque el viaje ya no prometa funciones reveladoras, hay algo de tranquilizador en convertir un lugar velado para la historia familiar en un lugar revisitado.

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