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 • HISTORICO

Silencio: los caminos de la Puna

La Ruta 40 concluye en esta provincia norteña su largo rumbo de casi 5100 kilómetros. Completamente de ripio, atraviesa paisajes muy áridos y llega hasta La Quiaca, en la frontera con Bolivia.




Junto al ripio de la ruta 40, Elvira vende unas empanadas calientes como el sol de un mediodía de verano. Sonríe con la boca casi huérfana de dientes, cobra apenas cuatro pesos por cada una y las sirve envueltas en hojas de papel de diarios con noticias que ya a nadie le importan. Dice tener setenta años y, sentada en una enclenque banqueta de madera, aprovecha la sombra de los hierros del colosal Viaducto de la Polvorilla sobre el que corren los vagones del Tren a las Nubes.
"¡Ahí llega, ahí llega!", grita un hombre que acaba de comprar cinco empanadas. Su mujer mira entonces hacia arriba y ve pasar al tren sobre esas vías que se levantan a sesenta y tres metros de altura sobre la carretera. Ambos han llegado hasta allí desde Tucumán en una camioneta repleta de bultos que llevan hasta Susques, un pueblo jujeño en el corazón de la aridez puneña. "Son pilchas y herramientas para mi hermano. Y muchos juguetes para mis tres sobrinos", le dice el hombre a Elvira mientras le paga los veinte pesos por las cinco empanadas. El tren ya pasó y no volverá a las vías de La Polvorilla hasta dentro de un par de días.
Tras haber atravesado diez provincias desde su inicio en el sudeste de Santa Cruz, la ruta 40 ingresa en Jujuy para el último tramo de su recorrido de 5100 kilómetros. Desde Cabo Vírgenes, un promontorio rocoso ubicado en la boca oriental del Estrecho de Magallanes, la carretera ha trepado hacia el Norte siguiendo un rumbo paralelo a la Cordillera de los Andes, primero por la Patagonia, luego por Cuyo y finalmente por la región del Noroeste en la que ha dejado atrás las geografías de Tucumán y Salta antes de entrar en tierras jujeñas.
Como si se tratara de un enorme mojón tendido sobre el camino de la 40, el Viaducto de la Polvorilla prologa la frontera interprovincial entre Salta y Jujuy, que las celosas cartografías trazan apenas unos kilómetros más adelante. "Desde acá son cinco minutitos por la ruta y ya se está en Jujuy", le dice Elvira a su cliente, ya en a la camioneta para seguir su camino a Susques. "Vaya con cuidado, porque la ruta está medio mala, con mucha piedra y mucha arena", le aconseja la vendedora de empanadas.
Apenas entrada en Jujuy, la ruta 40 se sumerge en un paisaje de soledades. Montañas de tonos ocres acentuados por el sol de las tardes, polvo agitado por un viento que casi siempre sopla fuerte, alguna llama trepada a una ladera de rocas desnudas, algún arriero llevando un puñado de cabras, mucha ausencia y mucho silencio.
Recién a la media hora de andar, la carretera atraviesa un paraje minúsculo llamado Puesto Sey, con una escuela de paredes descascaradas, un destacamento policial, un puesto de salud, tres calles sin nombre y gente de rostros con el color de la tierra. El último censo de 2010 ha dicho que viven allí unas ciento cincuenta personas, casi los mismos habitantes que en Pastos Chicos, otro paraje ubicado apenas veinte kilómetros más al norte, también sobre las márgenes de la ruta 40 y al amparo de las cumbres de la Sierra del Cobre que hacia el oriente marca los límites con Salta. Esas cumbres, asegura la gente de Pastos Chicos, son el mejor lugar para ver cóndores de toda la Puna.
Desde Pastos Chicos el ripio se hace más desparejo. El viento lo ha serruchado y los autos sufren la irregularidad de una ruta que parece tener muy poco mantenimiento.
En las cercanías de un pueblo llamado Huancar, un cartel avisa de una bifurcación hacia el poniente que lleva al Paso de Jama, en la frontera con Chile. Desde el cruce con la Ruta 40, son poco más de 120 kilómetros hasta el país trasandino. El asfalto de ese rumbo internacional, por el que pasan muchísimos camiones, contrasta notablemente con el desatendido ripio de la 40.
"A veces vienen con una máquina a arreglarlo un poco, pero eso no alcanza porque enseguida se pone áspero", se queja María, una mujer de unos 50 años que atiende un pequeño almacén en Huancar. No tiene mucho para ofrecer, más allá de gaseosas, algunas galletitas, caramelos sueltos, harina, fideos, café y un frasco repleto de aspirinas, que siempre vienen bien para combatir los dolores de cabeza que puede producir la altura, ya que la Puna se levanta aquí a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar.

A Susques y más allá

Tras Huancar, la ruta 40 lleva hasta Susques, la localidad más grande de la zona que es además cabecera del departamento homónimo. Se dice que el pueblo tiene un origen remoto, que viene de los tiempos de los Linkai Antai, una cultura que habitaba en esta zona y sobrevivió primero a la invasión de los incas, luego a la de los españoles, hasta que en tiempos del Virreinato del Río de la Plata su gente fue desapareciendo lenta y misteriosamente, como tragada por la historia.
En el corazón de Susques, orillada a una avenida profusamente arbolada, hay una capilla pequeña, con una sola nave, el techo sostenido por vigas de cardón y una torre de baja altura en la que a cada hora suenan unas viejas campanas que fueran traídas de Chuquisaca a principios del siglo XVIII, cuando los jesuitas levantaron el templo con la ayuda de aborígenes locales. En los alrededores de esta capilla hay varios hospedajes que ofrecen habitaciones sencillas por cien o ciento cincuenta pesos, con un desayuno incluido de café y tostadas. Constituyen la única opción de la zona para alojarse, por lo que muchos de los viajeros que recorren este tramo de la Ruta 40 suelen quedarse allí a pasar la noche.
En uno de esos hospedajes se aloja la pareja venida en camioneta de Tucumán. Ya dejó las pilchas, las herramientas y los juguetes en lo de sus familiares, pero prefirieron pagar una habitación para no molestar en la casa, demasiado pequeña como para agregar otras dos camas.
A partir de Susques el camino se hace aún más solitario. Ya ni siquiera se ven llamas o arrieros, tan sólo vastas distancias sin nada que no sean piedras, viento, pastos bajos y algún arroyo por el que sólo en verano corre agua, durante la temporada de lluvias. El silencio abruma, incluso cuando la ruta pasa rápido por la orilla de Lever y Coranzuli, dos pueblos que son como fantasmas, sin gente en las calles. Luego, el camino serpentea y asciende hasta el Abra Grande, un paso carretero ubicado a más de 4430 metros de altitud sobre el nivel del mar. En lo más alto, vale la pena detener la marcha para mirar la inmensidad que se extiende hacia uno y otro lado, una geografía árida y teñida de los tonos rojizos, amarillentos y verdosos que le dan los minerales.

Hasta Bolivia

Luego del Abra Grande, la ruta desciende levemente hasta Mina Pirquitas, un pueblo de seiscientos habitantes que en su mayoría trabajan en una cercana mina de la que se extrae la casiterita, un extraño mineral que contiene importantes proporciones de plata, estaño y zinc. Ubicado a 4271 metros sobre el nivel del mar, Mina Pirquitas es considerada la localidad más alta de la Argentina. A un costado de la ruta, un cartel verde y oxidado señala el particular dato que es motivo de orgullo para la gente del pueblo. "Nadie está por arriba de nosotros", bromea un chico muy joven llamado Marcos. Trabaja en la mina desde hace dos años y tiene una gorra de lana con los colores de Boca. Sueña con ir alguna vez a Buenos Aires y ver un partido en la Bombonera.
Desde Mina Pirquitas, la carretera sigue subiendo aún más hacia el norte por el mapa jujeño, primero hasta el hermoso paisaje de geoformas rojizas del Valle de la Luna y luego hasta un pueblito llamado Santa Catalina. Allí, apenas atravesado un río que corre en las afueras del pueblo, se encuentra el punto más septentrional de la ruta 40, a 22° 05’ 13" de Latitud Sur.
Desde ese lugar el ripio cambia su dirección hacia el Sudeste, siguiendo un rumbo paralelo al límite con Bolivia que ya no abandonará hasta el final. El camino se hace entonces más sinuoso, trepa luego de decenas de curvas a lo más alto de la Cuesta del Taquero y desciende luego hasta Tafna, otro pueblo diminuto con una hermosa iglesia del siglo XVIII, con dos torres coronadas por campanarios y una pintura del Señor de los Temblores que casi todos los viajeros se detienen a ver. "A la pintura no se le pueden sacar fotos con flash, porque se daña", alerta Manuel, un sexagenario de ojos bien negros que monta guardia en la entrada de la iglesia.
Cuando Tafna y su iglesia quedan atrás, la ruta 40 ya sólo tiene por delante la ciudad de La Quiaca, el punto final de la larga carretera. El ripio bordea unas laderas, atraviesa un llano y se mete luego por una calle de asfalto que conduce directo al centro urbano. El camino pasa primero junto a la vieja estación de trenes que hace años ha quedado abandonada y luego ladea un arroyo maloliente hasta un puente que marca la frontera misma entre la Argentina y Bolivia.
Un cartel indica que allí, en ese confín septentrional del país, hay 5121 kilómetros de distancia hasta Ushuaia, el otro confín, muy lejos en el sur. Junto al cartel, los turistas se sacan selfies con sus celulares. Uno de ellos, un brasileño grandote, abraza a su novia y sonríe de manera desmedida mientras saca la foto. Ambos llegaron hasta allí en dos motos de alta cilindrada. "Hemos terminado la 40", dice el brasileño, orgulloso. Y pasa su mano sobre el cartel, como acariciándolo. Como reverenciándolo.

Una prueba de 438 km

La Ruta 40 recorre en Jujuy un total de 438 kilómetros. El recorrido es completamente de ripio y en algunos tramos puede tornarse intransitable en época de lluvias, durante el comienzo del verano, cuando los ríos crecen en su caudal y pueden inundar partes de la carretera.
Sólo en las localidades de Susques y La Quiaca puede encontrarse alojamiento. En Susques hay una decena de hospedajes básicos que ofrecen habitaciones por 100 o 150 pesos. En La Quiaca hay muchas más opciones, de las que puede destacarse la muy buena hostería Munay, ubicada en la calle Belgrano 51, en la zona céntrica. Ofrece singles a 350 pesos, dobles a 500 y triples a 640. Reservas e informes enwww.munayhotel.com.ar.

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