
Pasadas las 8 de la mañana todavía estaba oscuro. Desde la ventana del cuarto apenas se dibujaba el contorno del glaciar Perito Moreno. Era un despertar sin dejar de soñar; nunca tuve un amanecer natural comparable desde un hotel. Al ratito, todavía restregándome los ojos, se hacía visible el largo frente blanco estriado sobre las aguas de azul profundo, color leche glaciar, del lago Argentino. Al fondo sobresalían los picos nevados bajo un cielo nublado con algunos toques rosados de un sol que quería colarse en escena.
Muy cerca, en el pequeño puerto tomé el barco para acercarme a la pared norte después de atravesar durante unos 20 minutos el Canal de los Témpanos, por los trozos que se van desprendiendo y quedan flotando. Sobre la ladera del camino la neblina se interrumpía por la masa vegetal de ocres, amarillos, dorados, enrojecido de las altas lengas y los más achatados ñires. Es difícil distinguir unos de otros, pero ambos están perdiendo sus hojas dejando las ramas perpendiculares y desnudas para que el peso de la nieve no las rompa. Al lado las coníferas siempre verdes completaban el recuerdo en technicolor.
Abrigado, el frío no es broma, disfrutaba de un safari náutico que no podía fotografiar porque la máquina se había quedado sin pila. Igual que los celulares que se agotan en el momento menos oportuno. Al mismo tiempo, otros viajeros mejor preparados o más corajudos cruzaban en otro barco desde el puerto Bajo la Sombra hasta el costado de la pared norte para iniciar una caminata moderada sobre el glaciar. Unas dos horas con grampones y observando grietas siempre custodiados por guías y celebrando con un whisky con hielo al pie, on the rocks porque todo es bilingüe.
Un minitrekking de media jornada. Hay otro aún más exigente, el Big Ice, que se prolonga hasta el atardecer, diseñado sólo para andinistas jóvenes con excelente estado físico y edad máxima de 45 años para recorrer formaciones glaciares incluyendo cavernas bien dentro del glaciar.
De todas maneras, o como efecto consuelo para los tímidos, es espectacular verlo desde las pasarelas justo enfrente con los rompimientos parciales que estremecen con la zambullida de los bloques. Uno puede balconear desde arriba, ir descendiendo al nivel medio y llegar hasta al más bajo, casi un primer plano porque parece que estuviéramos tocando el Perito Moreno. Es un teatro con pulman, mezzanine y platea. Con la ventaja de cambiarnos de un lado a otro mientras seguimos las informaciones de Parques Nacionales con gráficos sobre lo que estamos viendo y recibiendo un buen consejo: oiga el sonido de la naturaleza, no haga ruido. Hasta los más charlatanes nos quedamos callados. El silencio se impone.
En eso pensaba al oír en la 4x4 a Atahualpa Yupanqui en el estéreo ya camino desde Los Notros hasta el aeropuerto de El Calafate. Su voz y su guitarra hablaban con fundamento, al decir del hombre de campo que no habla por hablar. La neblina del amanecer se fue transformando en una lluvia hasta culminar en copos de nieve, los primeros del otoño. Era el sueño del pibe, despedirme con nieve de la Patagonia, con ganas de hacer muñequitos como los chicos.
Por Horacio de Dios
horaciodedios@fibertel.com.ar
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