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 • HISTORICO

Taganga, al ritmo de cumbia

Un lugar de danzas constantes cerca de Santa Marta, en el Caribe colombiano, donde se disfruta tanto del sol como del espectáculo que dan los pescadores.




TAGANGA, Colombia.- "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados...", dice Gabriel García Márquez en El amor en los tiempos del cólera .
Está de pie y mira el Caribe sin barcos. La vista firme como si aún fuera joven, o como si esperara por algo que el agua turquesa pudiera traerle en cualquier momento, enredado entre las caracolas que arrima, suave, hasta la orilla casi blanca. Vino de lejos y por algo no se va... Trabaja en el restaurante de la playa. Vive en paz con la vejez y con un secreto que guarda desde hace tiempo; desde que llegó, dicen; y eso es como decir desde siempre.
Porque en Taganga, rincón de redes y pescadores, a diez minutos de la ciudad de Santa Marta -costa norte de Colombia-, el tiempo se aquieta entre el mar y la bahía y parecería que no pasa. Los días, lentos, se mecen a ritmo de lunas.

De redes, gaviotas y barcos

Las rutinas comienzan temprano, cuando el sol tremendo del Caribe todavía perdona. A las 6, ya se ve a los pescadores. Manos grandes, ojos enormes, cargan al hombro bloques de hielo. Piel morena, risa atroz, izan los bloques a los barcos.
Son pocos, pero suficientes para hacer de la playa una acuarela portuaria. Alguien corre desde la orilla. Con un solo salto, preciso, certero, trepa al barquito azul que se va lento, Caribe adentro.
A las 18, Taganga se llena de gaviotas. Como una mancha de barriletes vienen remontadas sobre la proa de los barcos. Vuelan en círculos, rondan, merodean las redes, suben, bajan. De pronto planean, enseguida toman velocidad; parece que chocan y sólo se cruzan. En un radio diminuto, acechan y, abruptas, caen en picada. Uno, dos, tres aletazos violentos. Con un golpe seco, de cabeza hienden el mar... Parece que se matan.
El está de pie. Siempre mira cuando vuelven los barcos. Pero nunca dice nada.
En la orilla, los canastos ya están listos. llegan los barcos cargados de pescado. Las gaviotas enloquecen y la gente de Taganga se vuelve como gaviotas: rondan, merodean, acechan los botes.
Un montón de manos morenas que revuelven los canastos. Los pescadores, cuchilla en mano siempre, reparten y cobran rápido.
Los canastos quedan vacíos; cada uno, a su puesto y a su casa.
Entonces, es buen momento para cenar. Cuatro dólares alcanzan.
En cualquier puesto de la playa, techo de palma, parrilla a la vista, una bandeja con banana frita, frijoles negros, una porción carnosa y enorme del pez que acaban de robarle al Caribe lavanda, o al Caribe esmeralda, o al Caribe dorado de la tarde.
Pero sea cual fuere la hora en que se lo arrebataron al mar, siempre es fresco y sabroso. Muy sabroso.
La bandeja trae un poco de arroz de coco, tiene un aroma intenso. José, el viejo, dice que el arroz de coco tiene el olor de las almendras amargas.
Cae la noche. La brisa tibia alborota, apenas, el agua de la orilla que, con un murmullo constante, arrulla el sueño de los que duermen en las hamacas atadas a las palmeras o en los hospedajes que están sobre la arena a pocos metros del mar.

Domingo, cumbia y alcohol

Quien quiera vivir a fondo el Caribe colombiano, debe llegar en domingo. Como si se tratara de un precepto religioso, en el séptimo día, el Caribe se religa con su espíritu de selva y mar.
Taganga es una fiesta que dura toda la tarde. Música y baile hasta que el cuerpo aguante y se acabe el aguardiente. Los puestos de la playa están abiertos, y todo el pueblo, bailando. Cuando el calor del mediodía parte al medio la playa, ellos ya tienen la sangre llena de alcohol y de música que les pulsa fuerte en las sienes.
El acordeón de José escarba el pecho. José le arranca acordes blandos que se van metiendo bien adentro. Suena a mar, a mar bueno y a mar bravo. A mar abierto y a mar revuelto. A mareas atroces y a mareos sofocantes... Hay que parar. Hay que sentarse y respirar hondo. Ellos siguen bailando.
La gente del Caribe aguanta y goza: ellas menean las caderas y dibujan olas en el aire, que se va poniendo cada vez más caliente. Ellos, manos anchas, bien abiertas para poseerlo todo, toman firmes las caderas de mujer que parece que se escapan, que se escapan, pero que al fin se dejan tomar. Es la cumbia que sube desde los pies y les alborota el caudal de selva y mar abierto que llevan en la sangre.
Les late rápido y pulsa fuerte... Hay que bailar, hay que tomar para seguir bailando, hay que seguir hasta que el cuerpo aguante. Ese es el precepto del Caribe que se cumple, religiosamente, cada domingo.

De poetas y corsarios

Dicen que en el fondo del mar todavía hay tesoros escondidos del tiempo de piratas y corsarios. Puede ser. Aunque así no fuera, igual hay que salir a buscarlos: algo tiene el aire de Taganga que vuelve tan intensos los deseos que no hay forma de contenerlos. Cuando la fuerza del Caribe se mete en la sangre no para, nunca para.
Alguien dijo alguna vez: "En el Caribe se vive como se escribe, se escribe como se vive", y es verdad. El espíritu de las novelas de García Márquez ronda la playa de Taganga. Por eso, no es extraño que José diga que el arroz de coco tiene "el olor de las almendras amargas".
Tampoco parece extraño que aún espere, de pie, día tras día, la vuelta de los barcos. Aguarda por uno que jamás regresa. Nadie sabe más...
En tierra de poetas, hay que creer en lo imposible: tal vez, aquel barco encontró una ruta de novela y la siguió derecho, derecho, derecho..., quizás aún la esté siguiendo.
Y si así fuera, ojalá no vuelva nunca... El capitán contestó que sólo traían tres pasajeros, y todos tenían el cólera.
-Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta la Dorada.
-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?-le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
-Toda la vida, dijo.
Soledad Pita Romero

Datos útiles

Cómo llegar

  • El pasaje aéreo desde BuenosAires hasta Santa Marta, ida y vuelta, con impuestos incluidos, por Avianca, cuesta alrededor de 623 pesos, con escala en Bogotá. Desde Santa Marta salen micros a cada momento, que cuestan 0,30 dólares, y el viaje dura diez minutos.
A Santa Marta se puede llegar en ómnibus desde Bogotá, que vale 41,50, y el viaje dura veintidós horas. También se puede ir desde Cartagena en micro, con un pasaje por 7,20; este trayecto dura cuatro horas.
Dónde dormir

  • La Ballena Azul: es el hotel más atractivo y confortable. Está situado frente a la playa. Tiene muy buen restaurante.
  • Hotel Bahía: C2, Nº 1-35. Tel: 217620. Con vista a la playa y servicio de desayuno en los balcones.
  • Hotel El Delfín: es el más frecuentado por los viajeros de mochila. Muy básico, pero limpio y económico. Cuesta alrededor de 4 dólares por persona. Para llegar sólo hay que preguntar en la playa por Joselito Guerra.
  • Además hay dos hospedajes muy básicos, pero limpios sobre la playa, que están pasando el hotel Bahía, casi donde comienza el cerro.
Recaudos

  • Siempre es más seguro viajar de día.
  • Es recomendable tener el pasaporte a mano todo el tiempo, ya que frecuentemente la policía exige ver los documentos.
  • Antes de elegir una ruta, conviene asesorarse; las empresas de transporte están al tanto sobre cuáles son los caminos más seguros.

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