
Créditos: Ohlalá
El shock cultural no sólo ocurre cuando el viajero parte al exterior. Existe un shock interno, por ejemplo, cuando algunas familias deciden irse a vivir al interior.
Lucrecia y su familia son uno de esos casos. Habitaba en Rosario cuando decidió la mudanza a un pueblo chico del sur cordobés. Ella ya había estado, pero sus hijos no, y las noches los sorprendían durmiendo en la cama grande con un miedo atroz a que alguna cosa sucediera, especialmente las noches de tormenta, que en la pampa húmeda son bravas.
"No estaban acostumbrados a los ruidos de la noche ni al jardín ni a la pileta. Nosotros vivíamos en un edificio en pleno centro de Rosario, y ahora teníamos todo el espacio posible. Eso sí, cuando los llevo a la ciudad no saben muy bien qué hacer", cuenta esta profesora de inglés que, ahora, no quiere dejar el lugar.
Es que, con el tiempo y sin proponérselo, ella también fue factor de cambio. Con su pareja pusieron una vinería, Terruño, y no se cansan de vender novedades y de enseñarle a la gente del lugar a degustar el buen vino.
Los vecinos del pueblo comenzaron tímidamente a entrar en el local y a cambiar los gustos por sabores que nunca habían probado.
En la actualidad están por envasar un vino propio y no descartan ampliar su negocio. "Cuando las cosas se entienden bien, la gente cambia y se adapta a lo nuevo, aunque le cueste", finaliza.
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