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Tono Martínez en el Camino de Santiago


Créditos: Ohlalá



Desde que el exilio de un padre vasco lo hizo nacer en Guatemala, Tono Martínez se ha acostumbrado a vivir la vida como un puro tránsito. Ha residido en distintas ciudades europeas, en Washington, y ahora en Buenos Aires, donde dirige el Instituto de Cooperación Iberoamericana.
"Tengo siempre incorporada la actitud del viajero de la que habla Paul Bowles en un ensayo, que para mí es de cabecera, la curiosidad y el movimiento incesante, el espíritu de apertura y la real disposición a que ocurra cualquier cosa. Buenos Aires, por ejemplo, no es para mí una ciudad a la que haya llegado a instalarme, a encerrarme entre otras paredes distintas. Yo tomo la ciudad como un micromundo sobre el que sigo viajando; los fines de semana tomo mis libros, mi libreta de apuntes, mi bicicleta y parto." Dice Tono M. que los libros y los viajes son para él una unidad indivisible, y que en sus andares ha producido sus libros de relatos y los de poemas. "Para mi reciente doctorado en filosofía, en cambio, me vi obligado a doblegarme a un escritorio, a rendirme frente al encierro de las bibliotecas."

Otro viaje, otro libro

Pocos días antes de que empezara uno de los veranos de la década del noventa, Tono M. partió para recorrer a pie los 700 kilómetros que constituyen el Camino de Santiago, la ruta que desde el siglo IX siguen los peregrinos que van al encuentro de la figura del apóstol Santiago, patrono de España. Un peregrinaje que después fue libro, Cántigas de andar , de próxima presentación en Buenos Aires.
"Partí desde Jaca, uno de los tres puntos posibles donde se puede empezar este camino, y lo que más recuerdo de ese trayecto inicial es una inmensa soledad. Al contrario de lo que suele pasar más adelante, cuando uno no deja de encontrar a otros caminantes o a lugareños expansivos, en esta primera zona de pueblos desperdigados, de terrenos pantanosos, no encontré a nadie.
"Punto fundamental del camino. Si uno lo hace a conciencia, y no por una mera atracción deportiva, el Camino de Santiago tiene mucho para enseñar, y una de las cosas más importantes es justamente el ejercicio de la soledad, algo que nuestra cultura nos enseña a ver como cosa mala y, como si eso no fuera poco, nos sugiere modos de ahuyentarla que sólo nos aturden.
"En esa primera parte del camino me perdí varias veces, en un momento me encontré dando vueltas en círculos vanos, tratando de encontrar una fuente donde yo sabía que había estado San Francisco de Asís; en otro momento me vi solo, caminando, sobrevolado por buitres; en otro, vigilado desde lejos por unos zorros brillosos.
"Otra de las cosas con las que uno se reencuentra en el camino es con el ritmo propio: se avanza según lo dictan los pies y las ganas propias, y de pronto uno puede detenerse en un pueblo porque le gustó mucho, o aceptar algunos de los oficios que le ofrecen -cosechar ajíes, por ejemplo- y quedarse días en ese sitio."
Uno de los lugares donde Tono M. eligió descansar fue Astorga, y de él dice en su libro: "En Astorga hay un castillo que tiene cielo e infierno, no es catedral ni palacio, sino una enorme mansión encantada que ha salido de la mano de un maestro de la juguetería: es un ingenio de tiempo con mecanismo de autómata que nos acoge junto a dragones y ángeles que crecen entre amapolas rojas, y el camino allí hace un alto para susurrar un misterio: es más la ilusión que el hacerlo".

Tesoro de peregrinos

"El camino nos vuelve, también, más conscientes de las cosas mínimas, más aptos para una gratitud bien entendida: después de caminar horas bajo el sol, un riachuelo con agua puede cobrar una dimensión oceánica. Lo mismo ocurre con las compañías, que se disfrutan realmente después de haber estado horas en soledad.
"Un sentimiento así también tuve en Leyre, un pueblito maravilloso que está junto al Monasterio de Nuestra Señora de Leyre, donde llegué agotado y encontré una de esas tabernas típicas de estos pueblos medievales, y tomé un vino con quesos que me resultaron manjar.
"En toda la zona de La Rioja, la gente del lugar ofrece su vino a los peregrinos, a los que se trata con suma hospitalidad. Existe incluso la creencia de que los peregrinos traen suerte a aquel que los encuentra, por eso en Lugo alguien me pidió que bendijera el camino.
"Después de un mes, que es el tiempo promedio en que se suele hacer este trayecto, llegué a Santiago de Compostela, y puedo asegurar que aunque uno no practique ninguna religión, algo de religiosidad se percibe en ese encuentro con la Ciudad Santa. Llegué solo, porque la tradición indica que todo peregrino llega solo a Santiago.
Hice un alto en el Monte del Gozo, desde donde por fin ves la ciudad que venías buscando, y no pude dejar de pensar en los viajeros medievales que se detenían ahí después de haber viajado cuatro meses desde algún país remoto. La impresión es cautivante.
"Cuando pude recuperarme, fui atravesando el Santiago moderno hasta internarme en el medieval, en esos callejones intrincados, en las arcadas, la piedra pura, y llegué hasta la Plaza del Obradoiro, donde está la catedral que alberga el féretro donde se supone que están los restos del apóstol Santiago. Llovía, y me quedé media hora ahí sentado, sin entrar, empapado, con la sensación inevitable de que había llegado a algo."
Después Tono M. cumplió con el rito final: entró en la catedral, donde pudo solicitar la bula con el perdón universal de todos los pecados, y donde le ofrecieron el plato de comida que aguarda a todos los peregrinos. El 1999, cuando el 25 de julio -día de Santiago- coincida con un domingo, será Año Santo, ocasión en la que la bula perdonará todos los pecados pasados y también futuros de todas las personas, sin distinción de credos.
Una fecha en la que daría gusto comprobar lo que promete uno de los pasajes más atractivos de Cantigas de andar : "Para cada uno de nosotros el camino guarda un tesoro escondido en el hueco de la bocamanga, un tesoro que no se anuncia y que hemos de saber hallar y reconocer en el más humilde de los teatros, el más perro de los días".

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por Redacción OHLALÁ!


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