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 • HISTORICO

Topkapi, dueño de los tesoros de Estambul

Botines de guerra, trofeos, regalos, colecciones de joyas o piezas pertenecientes a los antiguos emperadores reviven el esplendor del Imperio Otomano; el legendario palacio es uno de los mayores atractivos de la capital turca




Para los extranjeros, el Palacio Museo de Topkapi es una de las principales atracciones de Estambul. Las fabulosas colecciones de joyas, porcelanas europeas y chinas, armas, vestimentas históricas y vajilla confirman el esplendor que siempre se asocia con el Imperio Otomano.
Conviene reservar todo un día para una visita detallada del museo y hasta se puede almorzar en él. Hay un restaurante y una cafetería desde los que se tiene una magnífica vista del Bósforo.
Asimismo, es conveniente referirse a las distintas secciones del palacio en sendas notas. La parte más célebre de Topkapi, aquella a la que se precipitan todos los visitantes, es el legendario tesoro.
Los objetos que se encuentran en él consisten en botines de guerra, trofeos, regalos, piezas que pertenecieron a los grandes dignatarios, a los visires, a los emperadores, muchas de ellas realizadas por los orfebres del palacio.
Después de la derrota infligida al sha Ismail por Yavuz Selim I y de la conquista de Egipto llegaron a Estambul los gobeletes y brazales de oro de Ismail, así como los candelabros de los mamelucos del siglo XIV y los espejos de la época seldjukide. Entre las reliquias religiosas se halla el supuesto cráneo de San Juan Bautista guardado en un relicario de oro.

Obsequios fabulosos

De los regalos, ofrecidos a los sultanes, se destaca el trono que le envió Mahmut I (1730-1754) al sha Nadir de Irán. Cuatro pies, en verdad casi columnas de balaustrada, en forma de floreros soportan el asiento alargado; los lados son redondeados y salientes. El trono está hecho en oro y adornado con piedras preciosas (rubíes, esmeraldas, diamantes) y delicados detalles de esmaltes.
Hay más tronos notables en exhibición. El visir Ibrahim Pacha le hizo hacer al bey Misirli Dervis uno para que se lo regalara al sultán Murad II. Está hecho en madera de nogal y recubierto de diez placas de oro que pesan en conjunto 250 kilos y están incrustadas con 954 olivinos.
Una de las piezas más importantes de Topkapi es el diamante Ksikci Elmasi. Tiene forma de pera, pesa 86 carates y está apresado en una doble hilera de 49 brillantes. El diamante mide 7 centímetros por 6 y está protegido por una placa de plata recubierta de oro.
El emblema del palacio es el magnífico puñal, conocido precisamente como Topkai . Fue hecho por Mahmud I en 1741 para regalárselo al sha Nadir de Irán. Pero como hubo problemas entre los dos países, la magnífica joya quedó en el palacio. Una de las caras de la daga tiene tres impresionantes esmeraldas ovales de 3 a 4 centímetros, mientras que el reverso del arma está decorada con motivos florales esmaltados y perlas.
La empuñadura está coronada por una tapa redonda formada por una esmeralda octogonal de 3 centímetros de diámetro, se halla bordeada de diamantes y si se la levanta se descubre un reloj que lleva la marca Londres.
La vaina de oro, decorada con motivos florales esmaltados, lleva diamantes incrustados en los dos extremos. Las tres esmeraldas de la empuñadura sorprenden por el tamaño y, en verdad, parecen ser una sola gema de forma irregular, pero muy bella.

Una cuna exclusiva

El público se asombra y hasta se escandaliza cuando se ve frente a una cuna de oro, destinada a los hijos de los sultanes, incrustada con piedras preciosas. Es un mueble tan excepcional por el material precioso con que ha sido realizado como por su función.
Los pendentifs con sus borlas de gemas se cuentan entre las piezas más llamativas del tesoro. Las esmeraldas y los rubíes que componen estas joyas tienen un tamaño descomunal. Uno podría creer que se trata de trozos de mármol, no sólo por las dimensiones y por su aspecto macizo, sino también porque su espesor y su tallado hace que la luz no brille tanto como en las piedras más facetadas.
Las esmeraldas por momentos pueden parecer negras, precisamente por el grosor. De algunos de estos pendientes cuelgan largas hileras de perlas finas. Un hermoso pendentif imperial (nunca se supo quién fue su propietario) está compuesto por una placa de oro, adornada de esmeraldas, rubíes y diamantes, cuyo madroño está trabajado con diferentes piedras.
Hay también un bol de jade firmado por Fabergé y regalado por el zar Nicolás II. En una vitrina se exhibe un estupendo carcaj de oro. Está cubierto de flores en relieve dibujadas con diamantes, rubíes y esmeraldas. Las gemas más grandes son las esmeraldas que forman figuras regulares cuyo centro es la esmeralda mayor del conjunto. Junto a esta pieza excepcional, hay otro carcaj, relativamente más modesto, de terciopelo verde, bordado con diamantes, rubíes y esmeraldas.
Este carcaj fue enviado al sha Nadir en 1746 por Mahmut I y, a la muerte del monarca persa, fue devuelto al soberano otomano. Las exclamaciones de los visitantes en el tesoro merecerían grabarse. Sólo las fabulosas descripciones de las riquezas en los relatos de Las mil y una noches pueden parangonarse con estas joyas que representan a la perfección el refinamiento de la cultura otomana.
Hugo Beccacece

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