
La presencia de turistas extranjeros en la Patagonia es insoslayable. Los carteles de los comercios, las cartas de los restaurantes, los folletos de todo tipo, la arquitectura y hasta algunas palabras que se cuelan inocentes en el vocabulario cotidiano en parte lo demuestran.
En Puerto Natales, plena Patagonia chilena, cientos de hostels albergan a los más intrépidos de esos turistas que tienen la mirada puesta en el Parque Nacional Torres del Paine, a 150 km de la ciudad. Hacia allí nos dirigimos con mi compañera para recorrer el famoso circuito W de esa reserva del país vecino, y ni bien comenzada la travesía constatamos que la variedad de idiomas hace las veces de música de fondo en las caminatas interminables.
Pocas veces se comparte el idioma y por eso la comunicación pierde toda naturalidad. Una muchacha alemana nos explica con algunas palabras en inglés y un zapato roto en sus manos que necesita un par nuevo. Un israelí asiste a los que intentan cruzar un arroyo sonriendo y señalando con un palo las piedras que hay que pisar. Los intercambios de cámaras de fotos, en el catamarán que cruza el lago Pehoe, se realizan con monosílabos. El conductor de un autobús le explica con señas estrambóticas a un testarudo austríaco que no puede llevar su bicicleta si antes no la desarma. Un muchacho chileno conversa en inglés con una pareja de argentinos sobre la correcta ubicación de su carpa hasta que un insulto pone al descubierto las procedencias y desata las risas...
En la noche y en cada uno de los refugios, el aroma de los platos en preparación reemplaza por unas horas cualquier palabra, hasta que el sol reaparezca y el parque vuelva a convertirse en una especie de Torre de Babel. Pero para los visitantes no hay castigo alguno, por el contrario, las manifestaciones de la naturaleza son la mayor recompensa: el glaciar Grey y el infinito campo de hielo sur, la abrasadora vista del Paine Grande y sus glaciares, las increíbles formaciones de los Cuernos, los lagos de colores imposibles y, por supuesto, las Torres.
Al llegar a la base de las Torres del Paine, después de cuatro horas de ascenso, se produce una drástica reducción del sentido y el valor de las palabras. Lo sublime de estas formaciones, combinación inusitada de violencia y belleza, oblitera el valor de nuestras voces. El sonido del agua, pero sobre todo del viento, no deja otra opción más que el silencio.
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