
Ayer a la tarde busqué a los chicos por el colegio y los llevé a tomar el té.
Nos sentamos en una mesa en la vereda, porque el sol estaba espectacular. Me encanta sentir el calorcito de los primeros soles del año.
Pedimos una merienda como para 10 personas y nos dedicamos un buen rato a deglutirla.
En un momento, masticando una medialuna con jamón y queso y hablando de un juego buenísimo de de la Wii, Luján declara:
"Cuando vos y papá no estén más peleados y vuelvan a vivir juntos, podemos jugar todos".
Cómo les explico el frío que sentí. Fue como si, de golpe, el sol tibio del que estaba disfrutando, si hubiera transformado en el punto más helado de Islandia.
Marcos me miró como diciendo "a ver cómo salís de esta, eh, Ma?"
Le respondí: "Yo no creo que papá y yo volvamos a vivir juntos, pero igual, un día, podemos jugar a la Wii".
Se hizo la distraída o algo porque no me prestó mucha atención y siguió hablando de cualquier otra cosa.
Qué momento, qué triste me sentí. Qué malvada, quitándole la ilusión a mi hija de cinco.
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