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 • HISTORICO

Un continente, múltiples destinos

De la Patagonia chilena a las tradicionales haciendas de Yucatán; de la Amazonia venezolana a las sierras uruguayas, en un informe especial preparado por los integrantes del Grupo de Diarios América




Venezuela

Autana, la montaña sagrada

Cuatro días bastan para penetrar en la Amazonia venezolana y llegar al pie de este mítico cerro en busca del árbol de la vida. Pero habrá que sumergirse en la selva, visitar nidos de tarántulasy disfrutar de la fauna salvaje en estado natural
CARACAS (El Nacional).- Al principio de los tiempos, el dios Wahari dispuso que los hombres no debían trabajar. Nadie tenía que esforzarse para conseguir alimentos, agua o hierbas; todo se encontraba en el Wahari-Kawa (el árbol de la vida).
Así vivieron los hombres antiguos, sin mayores preocupaciones, hasta que una ardilla glotona, antepasado de los hombres actuales, se empeñó en tumbar el inmenso árbol porque quería todos los frutos para ella.
Llamó a un tucán de pico largo y a un pájaro carpintero para que la ayudaran a cortarlo. Después de muchos días, lograron voltearlo, pero se arrepintieron de inmediato: todos los frutos se pudrieron y las gigantescas ramas bloquearon los ríos y provocaron inundaciones. Se acabó la abundancia y llegó el tiempo de la escasez.
Para recordarles a los hombres sus pecados, Wahari mantuvo la base del árbol en pie y los piaroas lo consideran hoy su montaña sagrada: el cerro Autana, enclavado en el norte de la selva amazónica venezolana, declarada zona protegida desde 1979.
Para visitarlo sólo hacen falta cuatro días de excursión, que comienza cuando uno sube a una curiara (canoa) en el embarcadero de Samariapo, en Puerto Ayacucho, para penetrar en la selva a través del río Orinoco.
Para transitar este trayecto completo se puede tardar, con buen clima, poco más de ocho horas. Sin embargo, para recorrer más cómodo el camino de agua se cubre en dos días.

Río negro

Durante el recorrido, la selva cambia. Mientras se remonta la corriente, el Orinoco se hace más estrecho. De pronto, el agua cambia de marrón a negro, para entrar en el río Sipapo. La selva se hace más densa y queda atrás el tráfico de embarcaciones, para dar paso al sonido de los pájaros y monos.
A orillas del río hay varias comunidades indígenas que ofrecen comida y comodidades básicas: hamacas con mosquitero, letrinas, y churuatas (las construcciones típicas) para cocinar y protegerse del rocío nocturno. La más concurrida es Boca de Autana.
El segundo día no hace falta madrugar. Uno toma el desayuno y embarca de nuevo para remontar el río Autana. En pocos minutos, el cerro sagrado se muestra en el horizonte.
Después del mediodía se llega a la estación final: el campamento Ceguera, frente al cerro Autana y donde el río se ensancha para crear un inmenso ojo de agua, que amansa las corrientes y forma una pequeña playa de piedra, perfecta para refrescarse después del viaje. En ese punto, no hay nada que se interponga entre los visitantes y el árbol de la vida: una torre de piedra arenisca y cuarzo de 1300 metros de altura.

Caminata en la selva

Como todo los tepuyes del Escudo Guayanés, el Autana es una formación rocosa aislada, con paredes escarpadas y tope casi plano. Es imposible subirlo caminando y, además, está prohibido por los piaroas: no ven nada bien que los turistas pisen su montaña sagrada.
Sin embargo, para los que quieran desafiar la leyenda indígena y remontar los muros verticales hay dos rutas: la sencilla, que es posarse en su lomo con un helicóptero, y la difícil, escalarlo con profesionales. Y hay una tercera opción, menos riesgosa y más económica: subir al cerro Wahari y alcanzar un mirador privilegiado, que muestra la cara oeste del cerro Autana y el fondo interminable de la Amazonia.
El paseo comienza después del desembarco en Ceguera. Las primeras dos horas hay que caminar en terreno poco inclinado, entre árboles de 10 metros de altura, muchas raíces y lianas colgando. Sólo un guía puede reconocer el camino.
Las últimas dos horas se despeja más la vía, pero la pendiente se hace más intensa. El último paso es una pared de unos 20 metros que hay que subir por una escalera de piedra empinada. Al final, el premio vale el esfuerzo: el mirador muestra la selva y todo el esplendor de la cara oeste del árbol de la vida, que les recuerda a los piaroas que la avaricia fue el mayor pecado de sus antepasados.

Datos útiles

  • Cómo llegar: hay que volar una hora de Caracas a la ciudad de Puerto Ayacucho, y de allí seguir por tierra 60 km hasta el puerto de Samariapo
  • Clima: la temperatura en el Autana oscila entre 12 y 26 grados
  • Excursión: operadores locales, como Akanan Travel( www.akanan.com ), organizan el paseo y toda su logística a cargo de guías especializados
Javier Pereira

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