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Un hotel de Miami donde se descubren las estrellas

La sofisticación del Mandarín, un gusto de Mick Jagger


Créditos: Ohlalá



Lo reconocí por el estuche de la guitarra, porque las celebridades en jeans suelen pasar inadvertidas. Incluso a los botones que no le prestaron demasiada atención cuando bajó del auto. A los 58 cumpleaños (los cumple el 26 de este mes) es más un dinosaurio del rock que una estrella fulminante de un reality show.
Estaba solo. Sin la ex Jerry Hall, madre de cuatro de sus hijos, ni el cortejo de modelos que lo acompañan en sus infatigables infidelidades: Luciana Morad, Vanesa Neuman, Jane Rajlinch, Carla Bruni, etcétera. Nadie se enteró de su viaje, no había fotógrafos para recibirlo. Era un pasajero anónimo que se hospedaba en el flamante Mandarín Oriental de Miami y, como el resto de los huéspedes, buscaba relax. Se recluyó en la suite Presidencial del piso 20, el último. La misma que habían ocupado el rey Juan Carlos de España y antes Luciano Pavarotti cuando se inauguró en marzo último. La cama principal es tan grande que ni siquiera el tenor tuvo que pedir que le trajeran una especial para su medida.
Aunque el clima sea siempre tropical, hay un hogar con leños en el centro del enorme living con ventanales a la bahía de Biscayne, el mismo panorama, pero más alto que las casas cercanas que a veces ocupan Madonna o Sylvester Stallone. Una bañera profunda con vista al Atlántico y todo haciendo juego con el lujo asiático tan despojado como exquisito.
Lo que se refleja en cada uno de los 800 metros cuadrados de la suite principal -reservados a la aristocracia de la fama y el dinero- es que son para personas conocidas. Tienen que serlo si pueden pagar 4 mil dólares la noche.
Miami es tierra de fusión. Sajona y latina, occidental y cada vez más oriental en sus niveles ultrasofisticados. Los pisos son de madera de bambú, los muebles del diseñador Tony Chi (chino-americano), el televisor gigante (home theater) por supuesto japonés, y sobre todo la iluminación y el silencio matizado por música incidental apta para meditar. Lo mismo que las separaciones de las habitaciones con los shoji, tabiques móviles con bastidores de madera sobre los que se pega un papel blanco espeso (preferiblemente de arroz) que deja pasar la luz, pero no la vista. En Occidente, explica el novelista Junichiro Tanizaki, la más poderosa aliada de la belleza fue siempre la luz. En la estética tradicional oriental lo esencial está en captar el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí, sino un juego de claroscuros con el juego sutil de las modulaciones de la sombra.

Todo en armonía

Este clima se irradia en todos lados, no sólo en la suite del solitario Mick. En los pasillos, las luces son indirectas, en las habitaciones hay paneles de papel para cerrar el placard, las maderas claras armonizan con las oscuras cubiertas por tatamis, los baños miran hacia el mar con floreros sobre el vano.
Al abrir la cama a la noche, en lugar de chocolates, las camareras dejan tarjetas con pensamientos de grandes escritores con una pequeña orquídea haciendo juego. El spa es igualmente suntuoso, con suites para un masaje con vistas al horizonte marino.
En la tienda, además de diarios, revistas o aspirinas, se venden las robes y libros de erótica japonesa que son una nota aparte.
En el restaurante Azul, la chef Michelle Bernstein que, como buena mujer, no rechaza nada en su mezcla de sabores, pero elige lo que más le conviene, por ejemplo mollejas con langostinos en un plato que de sólo verlo agudiza los sentidos. Que de eso se trata. Uno puede pensar cualquier cosa de los ricos, menos que no saben vivir.
Por Horacio de Dios

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por Redacción OHLALÁ!

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