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 • HISTORICO

Un lujo de bajo precio




Los barcos siempre evocan una vida placentera. Hasta el punto que se convierten en hoteles exclusivos, aunque estén anclados permanentemente como el Queen Mary en Long Beach, cerca de Los Angeles. El éxito del tema Titanic no sólo se debe a su accidente inexplicable a la luz de la actual tecnología, sino al clima de fiesta continua. El Queen Elizabeth II, que es mucho más grande (y seguro) continúa dando la vuelta al mundo para ricos y famosos en un barco con las jerarquías de antes, de clases separadas, cada una con su propia cubierta para pocos pasajeros y muchos tripulantes a su servicio.
Todo el encanto del viaje por mar que nos llega desde la época de los millonarios excéntricos, los galanes del cine mudo y los duques de Windsor (cuando eran Eduardo y Wally Simpson), no se ha perdido ahora que los cruceros se han democratizado. Es una industria en continua expansión y por lo tanto tiene que mantener la calidad ampliando el mercado, haciéndolo accesible a gente como uno. Igual que lo que pasa con los autos, la moda, el turismo.Los barcos no compiten con los aviones en rapidez, pero les llevan una ventaja enorme en el confort. La gracia no está en llegar, sino en la travesía. Son resorts flotantes que permiten conocer lugares de ensueño y seguir durmiendo a bordo. Una alfombra mágica que navega en lugar de volar.
Donde el cliente arma el programa a su conveniencia. Podemos tomar el barco donde se nos antoje y luego bajarnos cuando se nos ocurra. El aéreo hace las veces de chinchorro servicial porque nos lleva al punto de embarque y nos recoge al desembarcar. En todo el mundo, porque si bien lo asociamos con el Caribe no hay mares que no recorran en Europa, Oriente, Oceanía, Alaska o la Antártida. Lo increíble es el precio. Lo que antes era privilegio de unos pocos, hoy está al alcance de la mayoría sin otro límite que las cuotas de la tarjeta.
El costo de un crucero típico de una semana no supera en mucho los 100 dólares por día y por persona. Incluyendo el avión de ida y vuelta a casa. Es un secreto bien guardado, que suele pasar inadvertido como todo lo que no nos resulta familiar. Un telón invisible nos separa. Al principio supuse que no eran para mí porque no me sobraba el tiempo ni la plata. Y entonces me enteré de lo que muchos todavía ignoran: que los viajes son cortos (una o dos semanas y hasta de sólo 3 y 4 días) y el costo es muy accesible.
El problema no son los pesos (convertibles), sino los pesos en kilos porque se come muy, pero muy bien y a cualquier hora, desde el desayuno hasta la trasnoche. Las bebidas, las excursiones en tierra y sus compras son un gasto aparte, no incluido. Hay que tener cuidado, porque los gastos extras pueden salir más que el viaje.
Si bien los cruceros son lujosos, no existen divisiones por clase ni menú o atención diferenciada como en los aviones. Los camarotes tienen precios distintos según su ubicación y vista al mar, pero los restaurantes, shows y películas, la piscina y deportes, las salas de juego, son para todos por igual. Tienen temporadas de alta y baja, al compás de la demanda estacional. Y son una alternativa para tomar en cuenta, incluso en la época de huracanes en el Caribe (agosto a octubre) porque no corren ningún riesgo. El capitán, con mucha anticipación, determina el rumbo con el radar y la información satelital para no encontrarse con los temporales. Los barcos no salen en los diarios, salvo en los avisos, y el Titanic fue una película.

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