

TEL AVIV.- Más allá de sorprender con su historia, Israel también lo hace con su presente. Si bien puede pensarse que cuando uno llega aquí se va a encontrar con una especie de desierto poblado por camellos y beduinos que viven según antiquísimas costumbres orientales, lo cierto es que esa visión dista mucho de la realidad. Y eso salta a la vista desde el momento en que uno pisa el modernísimo aeropuerto Ben Gurion, cuando uno se da cuenta de que, en realidad, se está entrando a un pedazo de Occidente enclavado en pleno corazón de Medio Oriente. Modernas autopistas, rutas perfectamente señalizadas, sevicios públicos que funcionan a la perfección, un sistema de salud de los más avanzados del mundo, hacen que sus habitantes gocen de un nivel de vida que puede ser la envidia de cualquier otro país occidental.
También es errónea la idea de que las ciudades están convertidas en campos de batalla o que recorrer las diferentes provincias puede ser un peligro. Si bien hay que tomar ciertos recaudos, lo cierto es que fuera de la conflictiva Franja de Gaza en el resto del territorio no se siente esa tensión.
Es que este Estado -surgido de la tenacidad de un grupo de judíos agrupados bajo la corriente política conocida como sionismo- es un mosaico de culturas y orígenes que engloba a casi 10 millones de personas en un territorio pequeño, de poco más de 20.300 kilómetros cuadrados (casi tan grande como nuestra provincia de Tucumán), y en el que intentan convivir en paz tanto los descendientes de los judíos europeos (españoles, rusos, alemanes, polacos y dempás) como los recién llegados judíos de Etiopía, junto a los árabes israelíes, los beduinos nómadas, palestinos y cristianos.
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