
Créditos: Ohlalá
A fines de los 60, Chapelco era un cerro virgen con tres refugios y sin ningún medio de elevación más que las dos piernas. Por la noche, quienes lo frecuentaban encendían un fueguito en el refugio que había construido un tal Manolo. Después de eso, fulminados, se iban a dormir para aprovechar al máximo el día siguiente. Entonces, hacían sólo unas tres o cuatro bajadas, y se quedaban semanas enteras. El tiempo pasó y el lugar devino en uno de los paradores del complejo, rebautizado como El Rancho de Manolo. Hace un par de años tuvo que ser demolido porque la madera estaba tan podrida que el lugar, casi histórico, corría peligro de derrumbarse. Pero esta temporada, el Rancho de Manolo revivió.
Emplazado a sólo unos metros del anterior, el nuevo lugar abrió sus puertas para que la gente de Chapelco vuelva a respirar ese aroma tibio y ahumado de refugio que había quedado ausente en el aire del bosque. También, para que los visitantes sientan en carne propia de qué se trata eso de pasar un rato en un refugio a 1500 metros de altura.
Construido con cipreses, pinos y lengas, con su estilo rústico de montaña, alberga hasta 170 personas en sus 20 mesas hechas con una sola secuoya nativa. El calor lo ponen un tambor de hierro y dos tanques de cocina económica, transformados en tres enormes salamandras. Todos lo dicen: el espíritu de Manolo flota en el aire y recibe a quienes buscan la magia de la montaña.
CUANTO : el almuerzo cuesta entre $20 y $25. Las cenas, con el ascenso incluido, oscilan entre $50 y $60.
DONDE : en la cota 1550, en diagonal a la estación intermedia de la silla doble. Se llega por la Brava y Pioneros.
Ayer, hoy y siempre
Manolo no era ni el protagonista de un chiste de gallegos ni el amigo de Mafalda. Era un sodero de San Martín de los Andes, cuando era una aldea. En la sodería donde además se manufacturaban esquís con madera de fresno se reunían los amigos con sus familias y partían hacia el cerro Chapelco. Equipos al hombro, empezaban la caminata cuesta arriba por un camino de carretas, atravesando los 11 kilómetros de montañas nevadas. Cuando la nieve se ponía muy pesada, forraban sus tablas con sogas, a falta de piel de foca, para que se adhirieran al suelo resbaladizo. Llegaban cuatro horas después, mojados y cansados, pero llegaban.
Para probar
La oferta gastronómica consiste en comidas rápidas y un plato del día. Lo fuerte son las pizzas: La "Brava" es picantita, a base de ají y vegetales, levanta la temperatura y predispone para salir cuesta abajo por la pista homónima. La "Gran Manolo" lleva queso de cabra, ciervo ahumado, rúcula y tomate.
Durante las noches de julio y agosto, las motos de nieve subirán hasta la base a quienes se decidan por cenas con platos más elaborados, como ojo de bife, lomo de ciervo y trucha, entre otros. Los viernes por la tarde habrá jazz y blues en vivo, con el Lácar y el Lanín de trasfondo entre las lengas nevadas. Los jueves, bajada de antorchas de hasta 50 personas.
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