

BELEN.- El minibús número 124 se detiene a unos 50 metros de la Puerta de Damasco, en la parte oeste de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Modesto y confortable, está pintado de blanco y negro, colores que identifican a los aquí llamados ómnibus árabes, y sus asientos están casi todos ocupados por mujeres cubiertas con el tradicional hiyab y hombres que llevan en las manos el tasbith (el mal llamado rosario islámico).
En medio de este grupo tan particular alguien desentona por completo. Vestida con jeans y remera, es joven, bonita y tiene unos increíbles ojos azules que de tanto en tanto descubre detrás de enormes anteojos oscuros. Al advertir nuestras dificultades para comunicarnos con el conductor, en perfecto inglés nos interrumpe y nos pregunta nuestro destino. "Belén", le contestamos. Tras indicárselo al chofer y explicarnos la forma de pagar el boleto, nos dice que se llama Ailish y quiere saber nuestro origen. Al oír Argentina, sonríe y nos cuenta que conoce decenas de compatriotas que están viviendo aquí y que todos le resultan muy amables y amistosos.
El ómnibus arranca y comienza a desandar los escasos 8 kilómetros que separan Jerusalén de Belén. Mientras se va alejando de la ciudad, la charla fluye y Ailish nos interioriza un poco sobre la vida en esta parte del mundo. Dice que es judía, que vive en Jerusalén y que desde hace un tiempo trabaja en una de las misiones de la ONU en Ramallah. Agrega que, si bien le gusta su ciudad, ama Belén y su sueño es juntar dinero para mudarse. De hecho, se dirige a Belén para pasar el día con su novio, un joven palestino que está terminando sus estudios. Ante nuestra sorpresa, admite que si bien puede parecer una situación complicada, para ellos es normal, y agrega que muchos jóvenes están empezando a ver el conflicto con otros ojos.
Tras unos 20 minutos de marcha, el minibús se detiene en una especie de puesto fronterizo improvisado en medio de una autopista. Dos soldados vestidos de azul suben y echan una rápida mirada. Sin mostrar demasiado entusiasmo, y mucho menos intenciones de controlar los pasaportes, le indican al chofer que siga su camino. "Son controles de rutina", nos dice Ailish.
Pocos minutos después, el coche vuelve a detenerse y nuestra acompañante nos dice que debemos bajar. La parada está en la entrada a la ciudad y al costado de un bullicioso mercado al aire libre en el que centenares de palestinos realizan las compras diarias.
Nuestra guía improvisada entra con nosotros en ese laberinto de colores y olores que es el mercado y, tras indicarnos el camino y desearnos un buen viaje, se pierde entre el gentío. Comenzamos así a recorrer por las callecitas empedradas que suben, bajan y tejen el complejo entramado de esta ciudad sagrada. Con poco más de 50.000 habitantes, Belén o Beit Lejem es una de las tres urbes más importantes de ese pedazo de tierra indefinido llamado Cisjordania, junto con Ramallah y Jericó, y a diferencia de lo que ocurre en otros polos turísticos de la región, aquí nadie molesta al viajero occidental.
El camino nos conduce a la avenida Paulo VI. La arteria, que cruza la ciudad de Este a Oeste, es una de las principales de Belén y desemboca en la plaza Manger (o del Portal), un amplio y moderno espacio de cemento y piedra rodeado de edificios entre los que se destaca, en el lado norte, el Centro por la Paz.
Inaugurado en diciembre de 1999, el centro, creado y administrado por palestinos, es "un espacio dedicado a promover la paz, la democracia, la diversidad racial y la tolerancia religiosa" mediante la realización de muestras artísticas, obras culturales, más competencias deportivas, entre otras actividades, además de funcionar como centro de información turística y pequeño museo local.
Del otro lado de la calle se alza la mezquita de Omar, que con su altísima torre coronada con la medialuna y la estrella parece vigilar lo que sucede en este centro neurálgico de la pequeña ciudad. En el costado oeste, finalmente, se halla el principal atractivo: la Basílica de la Natividad.
Mientras recorremos los casi 300 metros que nos separan del templo, un palestino correcto y formal sale a nuestro encuentro. Se llama Mahmoud y dice conocer a la perfección cada rincón de esta ciudad. Mostrando un respeto que asombra, se ofrece gentilmente a oficiar de guía a cambio de poder ejercitar su inglés.
Luego de aceptar el convite, presuroso nos conduce hasta la única entrada a la basílica. Mientras hacemos la cola para ingresar, nos comenta que la actual iglesia comenzó a reconstruirse en el año 540 por orden del emperador Justiniano sobre las ruinas de la que había sido levantada en el año 325 por Constantino y que fue incendiada y devastada en el 529.
Nos explica que en vista de esos antecedentes, los arquitectos de Justiniano no sólo cambiaron la disposición original, sino que introdujeron algunas reformas destinadas a proteger el templo. Por ejemplo, las tres entradas principales están tapiadas o disimuladas; las ventanas son pequeñas y están muy en lo alto, y las paredes son de piedra lisa, sin salientes, ya que se intentó convertir el sitio en una verdadera fortaleza. La única forma de entrar es por una pequeña apertura de poco más de un metro de alto por 80 centímetros de ancho, hoy conocida como Puerta de la Humildad.
Un poco por la construcción y otro por la suerte, si bien el templo sufrió muchos daños en estos siglos (por ejemplo, tenía una torre que ya no existe), varias veces se salvó de una destrucción segura. La más recordada fue en el año 614, cuando las hordas de Cosroes no la destruyeron pues interpretaron que los tres personajes que aparecen en el mosaico de la fachada (los Reyes Magos) eran sacerdotes de Zoroastro.
Mientras caminamos por la nave central de esta oscura y húmeda basílica, Mahmoud nos explica que lo que vemos es lo que se salvó de las decenas de pinturas con las que los artistas cruzados adornaron las 44 columnas del templo en el siglo XI, y que fueron deterioradas por varios incendios; también, los restos de nácar de los mosaicos del siglo XII que recubrían las paredes, y un trozo de la increíble cerámica original de los pisos, todo sobreviviente del deterioro y el abandono a los que fue sometido durante siglos el santuario.
Sin embargo, el tesoro más grande de la basílica se encuentra debajo del altar mayor. Es ahí donde se halla la gruta en la que nació Jesús. Nuestro guía nos comenta que si bien la tradición indica que el alumbramiento más venerado de la historia de la humanidad tuvo lugar en un establo, lo cierto es que se produjo dentro de una cueva que hacía las veces de depósito de alimentos. Allí dentro estaba tallado en piedra una especie de camastro que fue acondicionado con paja y otros elementos hasta hacerlo apto para un nacimiento. Pequeño y de techo muy bajo, el lugar está tapizado en mármol blanco y cubierto por decenas de lámparas de aceite que están encendidas permanentemente, y en el centro se halla una estrella de plata de 14 puntas en la que se puede leer la frase en latín "Aquí nació Jesucristo de María Virgen". Enfrente, otro gran trozo de piedra recuerda el lugar donde la Virgen acostó a Jesús por primera vez.
Mientras contemplamos el santuario en un silencio paradójicamente sepulcral, Mahmoud aprovecha para decirnos que debe dejarnos. Con una amplia sonrisa, agradece nuestra compañía y se retira con un gesto amistoso. Sabíamos que nuestra visita a la ciudad sagrada había terminado.
Diego Cúneo
Datos útiles
Cómo llegar
- Desde Jerusalén tomar los ómnibus árabes N° 124 o 21. El valor del ticket es de 5,5 shekkels (US$ 1,25)
Informes
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