
Créditos: Ohlalá
Hay viajes con niños que no son viajes para niños. Por ejemplo, los viajes de trabajo donde el programa está dispuesto para que no haya rastros infantiles ni en la foto de la billetera.
No obstante, alguna vez he podido llevar a algún hijo a un viaje laboral previsto exclusivamente para adultos. Fueron pocas oportunidades, pero lamento la escasez porque, a pesar de la tensión y el esfuerzo que demandaba mantener dos frentes de batalla abiertos en forma simultánea (el profesional y el de madre), también es cierto que la circunstancia abrió vetas inesperadas tanto en uno como en otro sentido.
Pruebas al canto. Hace tiempo asistí a una reunión de prensa de British Airways en Londres con mi hija Luisa, de entonces 5 años. Formábamos parte de un grupo de periodistas y ella nos acompañaba en las comidas y las excursiones. Durante las reuniones de trabajo, Luisa esperaba en una sala contigua, dibujando y pintando. Sólo con la producción de esos días pudo haber llenado la Tate Gallery. Pero a cambio de su paciencia, cuando la tarea estaba cumplida nos dedicábamos a recorrer juntas lo que Londres ofreciera para los chicos, sin concesiones. Jugueterías y no boutiques; en las librerías, sólo sección infantil; el zoológico, y, en los museos, las visitas guiadas para chicos. Usamos ese criterio hasta para la elección de los restaurantes, siempre y cuando no fueran de comida rápida norteamericana. Ese era el límite.
Los ingleses le resultaban a Luisa tan familiares como su abuelo, un hijo de irlandeses al que no lo hizo muy feliz la comparación con sus tradicionales rivales. La Londres histórica, la Londres cultural, la académica, todas se engarzaban en una rima infantil, pícara y desopilante.
En silencio, casi siempre
Años después viajé a Puerto Madryn con otra hija, Teresa, que tenía en ese momento menos de 10 años. Fuimos en el vuelo inaugural de una aerolínea que ya no existe. Si bien no pudimos seguir el programa grupal, hubo momentos geniales. Uno fue durante la obligada excursión naval de las ballenas. Estábamos todos muy serios, con esa emoción contenida que brinda participar de situaciones espiritualmente movilizantes entre perfectos desconocidos, cuando apareció una ballena al lado de la embarcación. El grito de júbilo de Teresa casi nos mata de un susto y sólo supimos que no se la había engullido el cetáceo porque no paraba de reírse. Nos contagió a todos. Una salpicada de espontaneidad que, en un instante, pulverizó el apresto que el compromiso laboral nos imponía.
Ya no por trabajo, en otra oportunidad viajé con Pedro de pocos meses a la entrega de una medalla conmemorativa en Mendoza. Fue dócil y silencioso la mayor parte del tiempo, excepto en el momento en que debí pasar al escenario con él. Y luego volvió a ser una dulzura. No mucho después, es decir, todavía chiquito, mi marido y yo lo llevamos a Córdoba, a una reunión de ex alumnos donde no había otros chicos. Entre tantos reencuentros y recuerdos, con días frescos y casi sin sol, el pobre Pedro volvió con quemaduras de segundo grado. Y para colmo, en ese caso no emitió ni un sonido de protesta, tal vez conmovido por esa rara sensación de sentirse por un rato hijo único.
Geniales recuerdos para el álbum familiar. ¿Lo serán para mis involuntarios compañeros de viaje? ¿Cómo lo serían para mí si los niños fueran ajenos? Las respuestas, en otra nota.
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