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 • HISTORICO

Una extraña mirada desde el fondo del mar

Formas diversas que se diluyen en el océano; cardúmenes de colores brillantes; un mundo ajeno que se visita por poco tiempo y genera sensaciones perdurables; en tierra esperan la fauna autóctona y los pueblos de la selva




CAIRNS.- Esta ciudad es el punto crucial para partir en viaje hacia los corales: estos ganan en belleza a medida que se extienden hacia el Norte. Las formas de llegar hasta la Gran Barrera de Coral -Great Barrier Reef- son variadas. En este caso se trata de un barco inmenso, de esos que llevan gran cantidad de turistas, de tripulación y de ese conjunto de sorpresas que genéricamente se llama entretenimiento.
El barco zarpa, temprano, del puerto de Cairns. Hay trámites previos, una lucha encarnizada con visos de civilización por agarrar las mejores colchonetas para viajar en cubierta, y finalmente algo indica que el barco está por zarpar. Entonces, cuando uno se dispone a concientizar que está en pleno Pacífico, con rumbo hacia los corales tan codiciados, suena por los altoparlantes Sailing, I´m sailing. "¿Era Rod Stewart?", dice alguien. "¿Era necesario?", dice otro.
Siguen cosas que algunos pocos miran de lejos: chicos y chicas bonitos y bonitas toman el micrófono y los turistas ríen. Luego ya no, escuchan: los chicos y chicas enseñan algo; tal vez algún método de supervivencia en caso de accidente. Después sale alguien de una puerta que se abre a ras del suelo con un gorro de cocinero y un pollo de plástico en la mano. Los turistas vuelven a reír.
Luego todo termina y la navegación es inmejorable. El agua es turquesa, algunos leen, otros callan. Un par de niñitos japoneses hace lo imposible por destruir ese mito occidental que sostiene la existencia de un gran respeto por los mayores en la isla nipona: berrean por todo y maltratan a un par de padres muy flacos.
Dos horas más tarde se divisa la silueta de Michaelmas Cay, la isla donde se baja para practicar buceo entre los corales. A medida que uno se va acercando se siente una especie de intruso: el cayo está completamente copado por distintos tipos de pájaros que van ahí a comer, porque no en todas las islas de la región encuentran alimento. El estruendo que provocan tal vez exprese algún tipo de satisfacción. Un residente dice que a veces llega a haber hasta dieciséis mil juntos. Una turista confiesa que prefiere volverse porque ella vio Los pájaros, de Hitchcock, cuando era chica y no soporta ver más de cinco aves chillando juntas. Hay gaviotines y distintos tipos de golondrinas de mar, y todos logran generar una atmósfera inquietante frente a la nada que los rodea.
Zambullirse a ver los corales es algo que puede hacer olvidar toda pena, toda gloria, toda sesión de entretenimiento previa. Al principio se ven como formas bellas que uno trata de adaptar al mundo conocido -un alcaucil, una puntilla, una peluca al viento, una lechuga-. Cada una de esas formas constituye una colonia de corales, animales que se alimentan de las plantas microscópicas que se asientan sobre ellos. Luego aparecen los peces, que muchos habrán conocido antes en las casas de artesanías que venden productos de Bali: rayados, coloridos; un cardumen de un azul brillante, violento; un tipo de tiburón amistoso; una tortuga acuática inmensa. Entonces uno deja de buscar similitudes con lo conocido y como pocas otras veces disfruta de ser el único bicho raro en un mundo ajeno.
Los peces tienen relaciones muy distintas con los corales: algunos son aliados, se comen las algas que crecen encima de las colonias y amenazan su vida; otros son depredadores, se alimentan de ellos, aunque por lo general matan un solo coral por vez, nunca devoran toda una colonia. Las estrellas de mar figuran entre las especies más peligrosas para la vida coralina.
La navegación de vuelta tiene el encanto adicional de lo ya visto. Con suerte uno recupera la colchoneta tan preciada, pasa por el bar a buscar el cóctel que se prepara para la excursión de ese día, toma el trago y, con vista al océano, agradece a quien tenga que agradecer. Un rato más tarde, cuando esa calma se interrumpe para dar lugar al coro de turistas entusiastas que se forma alrededor de un cantante country y desafinado, tal vez alguien piense que el fondo del mar no es el único lugar donde uno puede sentirse un bicho raro.

Un pueblo en las alturas

Kuranda es un buen sitio para ingresar en la selva: un pueblo perdido en la cima, a 27 kilómetros de Cairns. Tiene 400 habitantes y una calle principal en la que se hace evidente que depende hoy del turismo.
"Antes, en los años setenta, era un punto de congregación hippie", dice Sam, que tiene 25 años y vive ahí desde que nació. Es dueño de un negocio de marcos para cuadros, pero a esta hora no trabaja. Son las 15 y sólo vuelve a abrir a eso de las 17. Está sentado en la barra del Kuranda Botton Pub, una reliquia lugareña que funciona en el hotel del mismo nombre, fundado en 1880. Sam saluda a todos, con comentario incluido.
Los turistas no entran en este bar, prefieren otro que el hotel tiene en el patio al que dan muchas de las habitaciones: un lugar más abierto, con menos humo y ruido. Acá, en cambio, todos fuman y comentan a los gritos lo que pasa en la pantalla que hipnotiza las miradas: corren caballos y los presentes hacen sus apuestas. Se nota que la conversación y la cerveza son secundarios: sólo se concentran verdaderamente en la carrera. La barra tiene forma de herradura y está llena de botellas y publicidades añejas. En el poster de Cerveza 4 X se ve a tres hombres jugando a las cartas, sentados sobre cajones de fruta, y se también cómo dos se las arreglan para engañar al tercero. "La gente puede dejar su sueldo acá", dice Sam.
Los turistas que vienen desde Cairns suelen usar la aerosilla -el skyrail- para llegar hasta Kuranda, y un tren que recuerda la intrepidez de los colonos de fines del siglo XIX para volver. El viaje aéreo permite tener una visión del bosque lluvioso que conforma el Parque Nacional Barron Gorge y que alguna vez, hace 120 años, cubrió la superficie australiana. El viaje tiene paradas opcionales que permiten ver más de cerca el Barron River y la garganta profunda por la que se desliza, además de las distintas estrategias a que apelan las plantas en su lucha por la luz, que suele quedar trabada en las copas de los árboles más altos.
El bosque, de más está decirlo, es un tema carísimo a la gente de Kuranda. Todos tienen algo para decir al respecto. Liza también vive en la zona desde que nació, hace 75 años, y dice que cuando se construyó la aerosilla hubo un lugareño que inició una protesta privada instalado en uno de los árboles del bosque. La gente le llevaba comida y la policía le pedía que bajara. La protesta empezó a volverse intensa cuando pasaron 200 días de permanencia arbórea. A los 257, exactamente, una artimaña de dos policías disfrazados de periodistas dio resultado y el hombre tuvo que descender.
Kuranda tiene muchas curiosidades: el Parque Nocturno, en el que se puede ver cómo se alimentan varias especies locales bien entrada la noche; el Santuario de Mariposas, que alberga dos mil clases distintas; un hombre que hace helados artesanales sobre la base de sabores y productos únicamente locales y los vende en un trailer callejero. El slogan de los folletos turísticos dice que se necesita el día entero para conocer Kuranda, pero tal vez no sea suficiente.
El tren histórico que puede tomarse para volver sigue el trazado de la línea original, que empezó a construirse en 1886 para unir Cairns con la zona de las Atherton Tablelands. El trayecto dura una hora y media. Por momentos, el tren pasa entre desfiladeros de roca angostísimos, que apenas le hacen lugar, en otros bordea precipicios pronunciados, en algunos tramos el bosque se abre y se ven allá arriba las copas de los árboles, a veces no se ve nada porque la máquina atraviesa túneles estrechos y las personas que están sentadas frente a uno aparecen y desaparecen como proyectadas en una pantalla de diapositivas.

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