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Una modelo para los tiburones

En la soñada isla de Bora Bora, una excursión de buceo muy segura, pero no para corazones débiles,En la soñada isla de Bora Bora, una excursión de buceo muy segura, pero no para corazones débiles


Créditos: Ohlalá



Hace cuatro años fui a la Polinesia en viaje de placer. Viajé con Sebastián Estevanez y desde que llegamos al lugar todo me pareció increíble. Estuvimos en dos islitas, Bora Bora y Morea.
Apenas llegamos a Bora Bora nos impactó el paisaje, la arena blanca, la transparencia y calidez del agua. Estábamos en una cabaña en la playa, muy relajados. El lugar era soñado y la comida, increíble. Y como a nosotros nos gusta mucho hacer deporte, contratamos un montón de excursiones para conocer el lugar. Incluso nos propusieron hacer un curso de buceo y nos sumergimos entre corales. Fue una experiencia increíble. Sobre todo un día que salimos a bucear a treinta metros para dar de comer a los tiburones.
Yo había buceado anteriormente un montón de veces y me hacía la canchera, y todavía no sé cómo terminamos ahí. En principio imaginé que tal vez veríamos sólo uno. Pero no, el mar estaba lleno de tiburones que te pasaban por al lado. ¡Y había de todos los tamaños! Los más chiquitos medían un metro, metro y medio. Estaba repleto de ellos.
Después de bucear un rato, los guías submarinos nos propusieron acercarnos a una roca y permanecer allí, quietos. Los guías llevaban una cabeza de atún, que enseguida echaron en medio de una olla, y muchos peces se acercaron a comerla. Entonces los guías nos explicaron que todos esos peces, al comer, emanaban vibraciones que atraerían a los grandes. Así aparecieron dos tiburones inmensos, que medían, aproximadamente, tres metros, a no más de cuatro metros de nosotros. Al comienzo me sentí muy segura porque fuimos en grupo.

Bien alimentados

Disfrutaba de la excursión sin poder creer lo que estaba viviendo. Y definitivamente fue un momento muy loco. Impresionante. Los tiburones estaban en la suya y nos explicaron que estaban muy bien alimentados. Igual, cuando terminó la experiencia dije que no lo haría nunca más.
Después fuimos a Moorea. Nos encanta la playa y siempre que viajamos para nuestras vacaciones tratamos de elegir destinos cerca del mar para relajarnos. Pero sin duda, en la isla de Morea encontré la mejor playa que jamás conocí.
Además, desde allí salen muchas excursiones a islitas desiertas, de arena muy blanca, donde no hay nada de nada. A la tarde encienden fogones y comés a la nochecita bajo las estrellas.
El agua es transparente hasta el punto que te ves completa, y por todos lados hay peces de colores. También había algunas piedras y debajo de ellas encontrabas cardúmenes enteros que parecían salidos de un cuento.
Como las cabañas estaban sobre el agua, en el piso tenían una gran ventana de vidrio que te permitía ver el fondo del mar. Teníamos una gran vista. Y la gente, muy buena onda.
En fin, me encanta viajar, es una de las cosas de mi trabajo que siempre me gustó y disfruté mucho. Por eso siempre estamos planificando cuál será el próximo viaje. Conservo recuerdos increíbles de esos lugares que visitamos.
Por Ivana Saccani
Para LA NACION
La autora es modelo

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