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 • HISTORICO

Valencia: otra vez regresaron los gigantes

La ciudad celebró la fiesta para mostrar las tradicionales fallas ante miles de turistas




VALENCIA.-- "La pólvora la inventaron los chinos, pero la perfeccionaron los valencianos", dicen con orgullo en esta ciudad de la España mediterránea. Y no pierden ocasión de demostrarlo. Cada vez que el calendario se los permite, prenden un fósforo, disparan castillos de fuego (fuegos artificiales) y queman petardos que convierten a Valencia en una suerte de volcán en erupción.
Anteayer , día de San José, llegó a su fin la ceremonia cumbre de esa ciudad milenaria, las fallas.
Una falla es un muñeco o una escenografía de grandes proporciones, que satiriza hechos y personajes de la vida cotidiana, tanto valenciana como internacional.
La celebración de las fallas es una descomunal fiesta cívica, satírica y pagana que consiste en plantar 370 puestas escenográficas en el cruce de calles, caminos y plazas, hasta que en esa fresca medianoche de la primavera hispánica las llamas ardientes de una hoguera convierten en lava esas obras de arte valuadas en 253.000 euros cada una.
Pese al dato, en esas latitudes las fallas son como un ejemplo del arte pobre, construido con materiales tan efímeros e inflamables como cera, cartón, poliéster y poliestireno.
Este año, los atentados terroristas del 11 de marzo en la estación de trenes de Atocha, en Madrid, partieron en dos la clásica celebración de la comunidad: obedeciendo al luto de tres días decretado por el gobierno nacional, las autoridades comunales suspendieron todos los actos previstos para el 11,12 y 13 de este mes.
"Todos aquí en Valencia estamos consternados por la salvajada de Madrid. Realmente afecta nuestros valores más sólidos, como personas y como sociedad, comprobar que existe gente capaz de cometer atrocidades de este calibre", se lamentaba Ignacio García, desde el Departamento de Marketing de Turismo Valencia Convention Bureau.

Respuesta a los asesinos

Con todo, el 14 reforzaron el control policial en todos los accesos a la ciudad, y se reanudó el cronograma el viernes. "Hay que continuar con nuestra vida y nuestro espíritu fallero, porque es la respuesta que hay que dar a los asesinos", declaró el consejero de Cultura, Educación y Deportes de la Generalitat de Valencia, Esteban González Pons. No obstante, agregó: "Nunca olvidaremos a las víctimas de estos atentados ni a sus familiares".
De todos modos, el plato fuerte de las fallas siempre se sirve a partir del 15 de marzo, y el terrorismo salvaje no pudo destruir la paella. Desde entonces, cada noche, en el antiguo cauce del río Turia, a la altura del paseo de la Alameda, se quemó una generosa pirotecnia ante los ojos maravillados de miles de personas. La cereza del postre apareció la madrugada del jueves último: una espectacular cascada de fuegos artificiales conocida como la Nit del foc (Noche del fuego).
Todos los años, a su vez, desde el 1° de marzo estallan a diario 120 kg de pólvora en mascletàs casi musicales.
Las detonaciones duran quince minutos y siguen un ritmo in crescendo. Comienzan como truenos de una tormenta, siguen como volcanes en erupción, y terminan como un terremoto que deja algunos cristales rotos.
En toda la ciudad, el día que le toca en suerte, cada falla barrial enciende su mascletà pasadas las 13. A su vez, sobre la plaza de la Virgen, el Ayuntamiento de la Comuna de Valencia obsequia a los vecinos una estruendosa serie de explosiones cada veinticuatro horas.
Este año, entre el 11 y el 14, todo Valencia se llamó a silencio. Sin embargo, las detonaciones suspendidas por el luto pasaron automáticamente para el siguiente fin de semana.
La mañana del martes último, como es usual, la ciudad amaneció con todas los monumentos escultóricos instalados. Algunos de ellos medían casi 25 metros de altura, y su emplazamiento callejero necesitó del trabajo de grúas, aparejos, cables de acero y falleros andinistas durante varios días.
Habitualmente, el Ayuntamiento construye su propia falla, valuada en 170.000 euros, la ubica en la plaza de la Virgen, y siempre es la última en ser quemada.
Esta vez, pagando tres euros, se pudo ver por dentro y darle el adiós antes de que el fuego la consumiera.

Hoguera de vanidades

A lo largo de la historia, los maestros falleros retrataron satíricamente en sus obras todo aquello que, según ellos, merecía ser expuesto a la vergüenza pública: los vicios, los prejuicios, los políticos corruptos, los pecados. Una gran pira popular acabaría con ellos.
Desde 1934, las autoridades permitieron que el voto popular eximiera del fuego a un solo ninot o muñeco de las escenografías. El ninot exceptuado se conserva desde entonces en el Museo Fallero, junto con el que también se excluye por escrutinio popular en las Fallas Infantiles, que se celebran simultáneamente con las de los adultos, pero tratan temas más cercanos a su mundo.

Días de flores, perfumes y fuego

A la veneración por la Virgen se sumó la quema de figuras
Amantes del ruido a ultranza, durante la semana de los festejos mayores, los maestros falleros se encargaron de que ningún vecino siguiera durmiendo después de las 7. Con la Despertá, recorrieron las calles del barrio y tiraron petardos de dos tipos, trons y mascletàs, acompañados de una ruidosa fanfarria, melodía metálica de tubas, trombones, trompetas y saxofones capaz de devolver la vida a los dinosaurios.
Aunque en su esencia sean una celebración profana, las fallas no ignoran la religión y también exaltan la figura femenina. De enero a marzo, todos los teatros y salones de Valencia estuvieron reservados por las comisiones falleras: cada una eligió una reina que las representara, y entre ellas surgió la Fallera Mayor.
Estas mujeres entraron en escena el miércoles y el jueves, cuando las magnolias, las rosas y los claveles que llevaron unieron su perfume en la Ofrenda de Flores a la Virgen de los Desamparados, la patrona de la ciudad. Buñuelos de chocolate y deliciosas paellas valencianas al paso.
El último día, esta fiesta intensa estuvo coronada por la cremà. Con la ayuda de los bomberos, que controlaron el fuego y mojaron las fachadas de los edificios próximos, las llaman devoraron todas las fallas --primero las infantiles--, excepto las dos que fueron excluidas. Todo ha desaparecido y no hay tiempo que perder.
Ayer, los falleros tomaron lápiz y papel, golpearon a la puerta de sus vecinos y les pidieron los primeros euros para financiar las fallas del año próximo.
Más de una, qué duda cabe, armará un gigantesco muñeco para terminar simbólicamente con el terrorismo internacional.
Mónica Martin

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