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 • HISTORICO

Vértigo en extremo

La milenaria capital nipona se inclina hacia la modernidad y el consumo a pasos agigantados




TOKIO.- Por paradójico que parezca, Tokio es una ciudad en la que cualquier occidental puede encontrar un sinfín de significados. Indudablemente, la capital de uno de los mayores imperios económicos del mundo es dueña de un enorme cosmopolitismo y atesora, a la vez, la síntesis de la milenaria cultura nipona, clave en el espectacular desarrollo alcanzado por el país en la segunda mitad de este siglo.
Hoy, los productos y la tecnología japoneses son verdaderos iconos y forman parte de la vida diaria de millones de personas en el mundo.
Los símbolos del pasado y del presente integran la vida de Tokio, y sólo basta dar una ojeada a las cifras de la ciudad para darse una idea de las razones de su liderazgo en los niveles asiático y mundial como centro financiero y comercial.
Tokio está dividida en 23 distritos asentados en un territorio de 50 kilómetros cuadrados, que se abren en abanico en torno de la bahía de Tokio, al este de Honshu o Nippon, la mayor de las cuatro islas principales que integran el archipiélago: allí viven y trabajan alrededor de 30 millones de personas.
Japón, no resulta ocioso recordarlo, tiene uno de los índices de densidad poblacional más altos del mundo (330 habitantes por kilómetro cuadrado) y una extensión territorial exigua que, combinada con la geografía montañosa que domina casi todo el territorio -el 75 por ciento-, da lugar a la conocida y problemática falta de espacio que sufren el país, la capital y las principales ciudades.
Con más de 120 millones de habitantes, Japón es casi doce veces más pequeño en extensión que la República Argentina.

Lucha contra el espacio

A cualquier visitante, sin embargo, lo maravillará ver cómo ese fenomenal enclave urbano cuenta con sistemas de funcionamiento equiparables a mecanismos de relojería, en los que el ingenio y los recursos llevados al límite de lo posible permiten la convivencia organizada de sus habitantes.
Tokio es a un mismo tiempo eficiente y vertiginosa, y para aquellos que no estén acostumbrados a las limitaciones de espacio, puede resultar un tanto asfixiante, saturada. Esas características se contrarrestan con la amabilidad y el respeto de su gente, y también con la belleza y tranquilidad que ofrecen los parques y paseos públicos.
El abigarramiento es una constante en cualquiera de los distritos de la ciudad. En las afueras es posible observar enormes edificios de pequeñísimos departamentos que dan la idea de gigantescos palomares; también es frecuente ver pequeñas fábricas que se levantan vecinas a diminutas parcelas sembradas. La consigna, está claro, es aprovechar cada centímetro de tierra al máximo posible.
La ciudad es dueña de un complejo sistema vial que conecta, mediante una red de autopistas elevadas, los distintos distritos y, a la vez, posee una de las redes de trenes y subterráneos más complejas del mundo.
Los símbolos de la vida moderna están presentes en cada rincón, en los rascacielos de vértigo, en la informatización de los servicios, en los implementos de navegación satelital que utilizan los conductores para moverse dentro de la red vial de la ciudad. Por momentos Tokio puede dar al viajero la sensación de que ha hecho un viaje al futuro.
Claro que la modernidad que adquirió la ciudad durante la segunda mitad de este siglo y su carácter oriental le confieren un ambiente fascinante, que invita a una interminable aventura de safari urbano. Tokio tiene una oferta generosa de lugares para visitar, actividades, cultura, espectáculos, vida nocturna y entretenimientos. Es la capital mundial con mayor cantidad de restaurantes y un centro en el que la palabra consumo adquiere mil formas.

Ayer y hoy

Tokio cuenta con un perfil arquitectónico ecléctico y vanguardista, en el que las diversas tendencias del diseño se amalgaman con los símbolos tradicionales de la cultura japonesa. Sin embargo, debió ser reconstruida luego del terremoto que prácticamente la destruyó en 1923, y de los bombardeos que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial. Estos hechos hacen que la ciudad -fundada en 1180 y capital del imperio desde 1868- no pueda ofrecer hoy todo el espíritu de antigüedad de su milenaria cultura que sí puede encontrarse en ciudades como Kyoto, aunque, claro, muchas de las edificaciones que corresponden a los diferentes períodos de su historia, y los santuarios y templos de las religiones sintoísta y budista, las mayores de Japón, fueron puestos en pie tras la devastación.
Las décadas del setenta y el ochenta, que marcaron el gran boom de la industria japonesa, le dieron un rostro moderno a la ciudad y están reflejadas en una gran cantidad de construcciones y diseños que abrevan en la estética japonesa y occidental.
La metrópoli de hoy es vertiginosa y cosmopolita; las avenidas, los transportes y las comunicaciones laten al ritmo apresurado de una de las naciones más ricas de la Tierra.
El tokiota responde a esas condiciones y su hospitalidad es todo lo amplia que la escasez de lugar lo permite. El respeto, la pulcritud y la educación del hombre y la mujer japoneses se descubren a cada paso y facilitan enormemente la estada de cualquier visitante.
Respecto del comportamiento que debe observar el occidental que visite Japón es conveniente aclarar que allí no se espera que el extranjero devuelva la inclinación con la que ellos saludan: pueden interpretarlo como una imitación, aunque parece no molestarlos.
En las visitas a cualquier hogar es requisito descalzarse, igual que en los templos, y es visto como un acto de mala educación limpiarse la nariz en público. A los japoneses no los ha alcanzado la lucha tenaz contra el cigarrillo que se da en otras latitudes, pero se debe respetar a rajatabla su prohibición en ciertos ámbitos. En las estaciones de trenes y del metro es frecuente encontrar zonas demarcadas para los fumadores y no es conveniente fumar fuera de ellas: cualquiera puede hacerle notar la falta a quien no acate la norma.

Datos útiles

Hotelería

  • El costo de una habitación simple en Tokio varía dependiendo de las comodidades que ésta tenga.
Los precios son estándar en los alojamientos que pertenecen a las cadena intenacionales o que tienen marcadas características occidentales, y están en un rango amplio, que va de los 80-100 dólares hasta los 250-300.
Los alojamientos puramente japoneses o ryokan, son más costosos y en la mayoría de los casos superan los 350 dólares por noche, pero muchos de estos establecimientos no admiten pasajeros extranjeros; los que si lo hacen, ofrecen habitaciones decoradas con las típicas esterillas (tatami) y los cuartos suelen tener vistas a jardines que guardan la más pura estética nipona; la cocina que ofrecen los ryokan es exclusivamente japonesa y muchos disponen de baños termales (onsen)

Comidas

  • El valor promedio del cubierto en los restaurantes japoneses es de 20 dólares, aunque las casa de comidas que están situadas en las zonas comerciales y de oficinas ofrecen menús desde 10 dólares.
En los restaurantes lujosos, el valor del cubierto puede superar tranquilamente los 300 por comensal.

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