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 • HISTORICO

Viaje en tren por recónditos y antiguos laberintos

El transporte público es la mejor opción para moverse en la ciudad




LONDRES.- Aterricé en Londres un lunes, tipo 6 de la mañana. Las colas de Migraciones en Gatwick eran interminables y avanzaban lentamente.
Cansada después de un viaje de 12 horas, confié en las flechas, que me guiaron -por cintas transportadoras, escaleras mecánicas y pasillos- hasta la ventanilla donde saqué el ticket del Gatwick Express, que en sólo media hora me dejaría en Victoria Station.
Unos amigos me habían contado sobre la travel card , una tarjeta para usar los medios de transporte por una semana. Permite tomar no sólo el tube (subte), sino también los clásicos double decker buses (ómnibus de dos pisos) y es más barata que pagando por viaje.
Así, cuando llegué a la ventanilla le pedí a la empleada india un boleto para el tren hasta Londres y una travelcard para una semana. ¿Tiene una foto? , me preguntó amablemente. Eso no me lo habían dicho y ni bien empezaba a lamentarme, la mujer me señaló una máquina en la que en menos de 3 minutos tuve 4 fotos. Soluciones, pensé, qué fácil.
Otra vez a la ventanilla y, ahora sí, después de pagar 18 pounds, me entregaron la tarjeta magnética y otra, identificatoria, con mi foto.
Entre un trámite y otro caminé bastante por el aeropuerto, por suerte las valijas modernas tienen rueditas y uno casi no se entera que tiene que cargarlas.
Llegué al andén y un cartel luminoso anunciaba que el próximo tren partiría en 5 minutos. Subí y me hundí en una butaca aterciopelada, cerca de la ventana. Con suavidad, la máquina arrancó y pronto, los suburbios me mostraban sus casas iguales, con fondos largos y verdes, llenos de ropa colgada. Cada tanto algún juguete en el pasto, y en el aire, el color del verano. Nada de lluvia ni nubes: desde que llegué Londres me soltó su sol más brillante.
Acunada por la marcha del tren, no registré al moreno que se acercó: Your ticket, madam? Ni bien vio mi boleto me dijo que no me servía hasta Victoria Station, aunque tenía el mismo valor. Yo le expliqué que lo acababa de sacar, que tal vez hubo una confusión.
Inmediatamente buscó un remedio: ahora tiene que comprar el boleto correspondiente y cuando lleguemos a Victoria va a la oficina, explica lo que le pasó y le devolverán el dinero del otro pasaje.
Confieso que me atreví a desconfiar y pensé que no volvería a ver esos 25 pesos. Tanto que pasaron con un carrito vendiendo té y café y ni los miré, refunfuñando porque el viaje desde el aeropuerto me saldría el doble de lo normal. Pero estaba en Londres, ¿cómo me había olvidado de eso? En Victoria conté el episodio, me pidieron disculpas y me devolvieron mis pounds sin chistar. Soluciones, pensé, qué fácil.
Con 86 millones de pasajeros por año, Victoria es la estación con más tránsito del subte londinense. Algunos viajeros llegaban y otros partían, la gente corría, compraba, preguntaba, esperaba y seguía su camino.
Antes de entrar en el tube, la herramienta fundamental para una óptima estada: el mapa de colores de las líneas.
Lista para encarar el sistema de transporte subterráneo más antiguo del mundo (1863), el más largo (408 kilómetros) y el que más viajes realiza (785 millones por año), bajé hacia las profundidades de Londres.
La comodidad y calma de mi viaje en tren habían quedado atrás y la fiebre de un lunes en una gran capital estaba en su apogeo. Casi no me esforzaba en caminar, me dejaba llevar por una marea humana que parecía ir en mi dirección o yo en la de ellos.
En la rush hour (hora pico) hay tanta gente que es difícil subir en el vagón. No hay que desesperarse: los coches vienen cada minuto y siempre un cartel informa qué pasa, la demora o si alguna línea está clausurada.
Una vez en el vagón, volví a prestar atención a mi entorno... y sentí que el mundo me rodeaba. Una mamá africana, gorda y con vestido amarillo estridente le arreglaba el peinado a su hija; un inglés muy viejo, con la cara blanca como la nieve y los ojos azules como el mar, dormitaba, ajeno al trajín de la semana; el sik de turbante verde no sacaba sus inmensos ojos oscuros del Hindu Times; un chico de no más de 13 años tenía el pelo rojo y más aros que Madonna en su época de Like a Virgin yla española de enfrente estaba concentrada en Cien años de soledad. La lista de países seguía, seguro, pero mi vista no alcanzaba más allá.
Desde que me bajé en Holborn, donde me hospedaría, tardé varios minutos en llegar a la superficie. Me acomodé del lado derecho de la escalera mecánica -el izquierdo es el carril rápido- y me dediqué a mirar las ingeniosas publicidades que entretienen el viajecito.
Afuera, me alegré de respirar aire puro, pero también festejé que apenas era el primer día y que todavía me quedaban seis para explorar los recónditos laberintos de Londres.

Un símbolo

  • El mapa del underground es tan conocido que ya es un símbolo de Londres. Su diseño estuvo a cargo del ingeniero Harry Beck (1902-1974), en 1931. Por su trabajo le pagaron cerca de 6 pounds, y hasta 1960 cada mapa que se imprimía llevaba su nombre. Salvo por el agregado de nuevas líneas y estaciones, el diseño se conserva. Y, además, inspiró la gráfica de muchos subtes del mundo.

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